River espera a Scocco y se enfoca en Al Ain, la ciudad donde la pelota es religión

Una vista del entrenamiento de River de este miércoles en Al Ain.
Una vista del entrenamiento de River de este miércoles en Al Ain. Fuente: AP
Pablo Lisotto
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13 de diciembre de 2018  • 14:42

AL AIN (Emiratos Árabes Unidos).- Aunque le cuesta, River de a poco va bajando la efervescencia del éxito eterno conseguido en Madrid ante Boca y se enfoca en lo que será su debut en el Mundial de Clubes , el próximo martes en esta ciudad.

El equipo de Marcelo Gallardo realizó una práctica abierta, en la que los futbolistas primero entraron en calor con un "loco", y luego hicieron trabajos de velocidad. Más tarde se dividieron en grupos de cinco para hacer una actividad vinculada con el pase rápido al compañero y la reacción. Los arqueros, en tanto, fueron exigidos en un arco dispuesto a un costado del campo de juego, junto al corner derecho.

El único que trabajó aparte fue Ignacio Scocco, que sigue en duda para el primer juego, aunque como su evolución se sigue de cerca, que llegue o no es algo que se irá determinando en el día a día. Se lo trata con cuidado, y una de las pocas cosas que hizo acompañado fue un trote liviano, junto a Quintero y Ponzio.

Precisamente el capitán fue uno de los que exhibió un nuevo look. El emblema de este equipo, y de esta era histórica del Millonario, se rapó y costó ser reconocido a la distancia. El otro es Pratto, quien decidió erradicar de su rostro la tupida barba que lo acompañó en los últimos meses.

Ponzio, rapado: cumplió una promesa.
Ponzio, rapado: cumplió una promesa. Fuente: AP

Al Ain no evidencia toda la fastuosidad que sí se respira en Abu Dhabi a cada paso. Aquí, las construcciones son bajas y hay muchísima más vegetación que en la sede de la gran final del Mundial de Clubes. "Una es Córdoba y la otra es Mar del Plata", graficó un ocurrente colega argentino. Lo que sí es sagrado en cualquier rincón de los Emiratos es rezar. Y para ello, a las horas señaladas se escucha desde la mezquita un particular cántico en árabe, a modo de convocatoria a que todos los religiosos se unan a la plegaria desde donde estén.

Existe un gran contraste entre sus más de 750 mil habitantes. Por un lado están los árabes, los dueños de todo, y por el otro la clase trabajadora, cuyas vidas son más sacrificadas. Un caso es el de Benjamín, que tiene 33 años y dejó su Etiopía natal hace cuatro meses para buscar mejor suerte para él y su familia, y que todavía se está acomodando a la gran ciudad. "Juego al fútbol desde que tengo uso de razón. Mínimo, una vez por semana hacemos un 7 contra 7", comparte. Y agrega: "Estoy organizándome con mi trabajo para ir a ver la final del Mundial. Juegue quien juegue, será una fiesta".

Armani, en el entrenamiento de River de este miércoles.
Armani, en el entrenamiento de River de este miércoles. Fuente: AP

Para Oumnia, Al Ain es una linda ciudad. Pero extraña mucho a su madre, que se quedó en Marruecos, donde ella nació hace poco más de 30 años. La adaptación a un nuevo lugar en el mundo es un asunto complicado cuando se tienen las raíces tan arraigadas al lugar donde uno nació. Pero en eso está, mientras recibe a los huéspedes con una sonrisa, y espera la llegada de varios fanáticos de River. Consciente de que el hospedaje donde ella trabaja no tiene el brillo de los cinco estrellas, ofrece la posibilidad de revisar la habitación antes de concretar el ingreso de cada huésped.

Limaar nació en Sri Lanka en 1971, precisamente el año en el que los Emiratos Árabes se independizaron del imperio británico. Pero en los últimos cinco años vendió diarios en Al Ain. Ante la consulta sobre el Mundial de Clubes, pregunta, ajeno a todo: "¿Y quiénes lo juegan?" Cuando se nombra al Real Madrid, de España, y a River, de la Argentina, se ubica y repite: "Messi, Messi, Messi".

Su caso es extraño. Porque esta ciudad es muy futbolera. De hecho, justo frente al moderno estadio Hazza Bin Zayed, donde el sábado el Al Ain FC y el Esperance Tunis definirán al rival de River, hay un gran parque, similar a los bosques de Palermo. Allí, al pie de una de las tantas mezquitas que hay, un grupo de adolescentes juega al fútbol. Ocho contra ocho, con arcos chicos y pecheras. Hablan en árabe, en etíope o en lo que sea. Allí no importa la cantidad de ceros que tenga la cuenta bancaria de cada uno. No es necesario saber qué dicen para comprender que uno de los delanteros no quedó conforme con el pase de su compañero. Porque el idioma del fútbol es universal, y desconoce de diferencias de clases sociales.

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