River tiene la mesa servida como para poder soñar en grande en el Mundial de Clubes

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Gallardo, Maida y Ponzio, junto con la Copa Libertadores
Gallardo, Maida y Ponzio, junto con la Copa Libertadores Fuente: Reuters - Crédito: Juan Medina
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15 de diciembre de 2018  • 23:59

El Mundial de Clubes, último banquete futbolístico del año, presenta esta vez un menú diferente en relación a las últimas ediciones. Para empezar, porque la dimensión de la final de la Copa Libertadores fue tan grande que parece eclipsarlo hasta hacer que lo veamos con un valor menor al que generalmente se le ha dado.

Pero además, y sobre todo, su originalidad radica en que aparentemente la brecha entre el equipo europeo y el sudamericano parece más corta. Al tiempo que River ganó hace apenas una semana una definición estresante, atípica y con todos los condimentos posibles ante Boca; el Real Madrid ha vivido en los últimos meses una serie de hechos que llevan a pensar en un equipo con menos jerarquía, recursos y contundencia que sus anteriores versiones.

Un buen número de razones se atan para imaginar un torneo sin la abismal diferencia a favor de Europa que nos hemos acostumbrado a ver. En principio, el nuevo formato de la Copa Libertadores favorece a nuestros equipos. Es cierto que les acorta el período de preparación, pero a su vez el Mundial puede vivirse como una prolongación del esfuerzo físico y mental de jugar por un título grande.

Luego vienen las realidades de cada equipo. Para River, la victoria ante Boca debería ser un envión suficiente como para eliminar cualquier sensación de relajamiento. Podría ocurrir que los jugadores sientan que haber ganado esta final irrepetible los exime de todo lo que venga después, y estarían en su derecho. Será entonces tarea de Marcelo Gallardo tocar la tecla indicada para que los futbolistas no se queden en los laureles conseguidos y vayan por la próxima meta. Y hasta ahora ha demostrado que sabe cómo hacer para mantener la motivación, la ambición y todo lo que mueve a un equipo grande.

El Mundial de Clubes tiene el poder de convocatoria suficiente como para amplificar los sueños y poner en funcionamiento un mecanismo inherente al jugador: la capacidad para sintonizar rápidamente su cabeza en función del siguiente desafío. La medida de no retornar a Buenos Aires, aunque privara al equipo del festejo del título junto a sus hinchas, fue en ese sentido muy inteligente.

El Real Madrid atraviesa un proceso muy diferente. El fútbol es cíclico. El éxito continuo puede demorar más o menos el comienzo de la curva descendente que le llega a todos los equipos. El conjunto madrileño viene ganando Champions League y Mundiales consecutivos casi sin pestañear y cabe preguntarse qué les cambia a sus jugadores sumar un Mundial más. El éxito constante agota y obliga a renovar la motivación, un combustible fenomenal que se deja notar cuando existe o cuando falta.

No parece que el actual Real Madrid se encuentre en ese punto del camino. Nadie va a desconocer que Modric, Kroos o Benzema son enormes jugadores, pero sin Cristiano Ronaldo, el elemento principal de un equipo que siempre fue más reconocible por las cuestiones individuales que por el juego colectivo, el conjunto perdió jerarquía y consistencia. La simultánea marcha de Zinedine Zidane, con su dominio del vestuario, tuvo además una sucesión traumática, con Julen Lopetegui primero y ahora con Santiago Solari, un técnico inexperto que tal vez los jugadores continúen viendo como interino, más allá de su confirmación en el cargo.

Suponer una final Real Madrid-River es lo más lógico, aunque sepamos que a partido único toda sorpresa es posible. En ese caso, cabe esperar que River la afronte con las armas que lo condujeron hasta acá. Estas oportunidades son únicas, y aunque la sobredosis de audacia tiene mala prensa y el nivel de futbolistas que haya enfrente impone mucho respeto, me resulta inadmisible encararlas con miedo. No son partidos para "perder por poco".

Tampoco se trata de ser ingenuo o inocente, pero de antemano nadie garantiza que tratando de imponer su identidad un equipo consiga peores resultados que intentando minimizar los riesgos. Se llame como se llame el rival, al futbolista no le gusta que su técnico renuncie a la idea que viene sosteniendo porque lo hace sentir menos, incluso acomplejado. El exceso de respeto inhibe las virtudes propias, paraliza. Jugar "contranatura" no parece la mejor postura.

La mesa está servida para que River pueda afrontar este Mundial de Clubes con aspiraciones concretas. Por primera vez en mucho tiempo hay motivos para soñar.

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