Así se gestó la séptima victoria consecutiva de San Lorenzo, que sigue cabeza a cabeza con Godoy Cruz

Argentina Primera (Transición) Fase de grupos
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Colón Santa Fe

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San Lorenzo

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Derrotó 2-0 a Colón como visitante y llega a la última fecha con chances, pero sigue sin depender de sí mismo; recibirá a Banfield y necesita que el Tomba no gane en San Juan ante San Martín
Gustavo Ronzano
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14 de mayo de 2016  • 15:00

Fuente: FotoBAIRES

SANTA FE.- En cualquier cancha de la vida, el peor partido es aquel que no se juega. Sin embargo, el solo hecho de jugar no garantiza felicidades. Por eso, para evitar catástrofes, siempre hace falta un buen diagnóstico. "Con Colón nos podemos encontrar con el peor partido de la temporada. Es un rival muy duro que juega en casa y no la está pasando bien en varios ámbitos. No será un trámite y tenemos la experiencia de Quilmes". El análisis previo de Pablo Guede venía con un puñado de argumentos irrefutables.

Después de aquel tremendo golpe con formato de goleada por 3-0 sufrido ante Quilmes, San Lorenzo sólo encadenó triunfos. Y en busca de su séptima victoria al hilo llegó a Santa Fe para visitar a un rival herido por donde se lo viese. Desde lo institucional hasta lo deportivo, desde lo anímico hasta lo político, la crisis de su anfitrión no podía tomarse como un elemento a favor. La historia está repleta de corazones rotos que lo reconstruyeron todo.

Allá en Mendoza estaba el encumbrado Godoy Cruz dispuesto a no ceder un ápice de su condición de líder. Pero San Lorenzo sabía que no podía manejar los destinos de aquella otra cita futbolera. Debía hacer lo suyo. Con la misma formación inicial que había despachado a River; con atención, despliegues y buenos retrocesos; y con esa carta goleadora llamada Nicolás Blandi, por el que se viene un banderazo apenas termine el torneo como para meter presión para que siga en el club. Y Blandi seguramente continuará en San Lorenzo si todo sucede como se espera: se mantendrá la sociedad entre la entidad de Boedo y Boca. Y como para martillar sobre esa idea que lo sostiene como el autor material de los goles que abren victorias (sino, que lo digan Olimpo y Vélez, o Huracán, Independiente y River, nada menos), Blandi puso el 1-0 a los dos minutos de cabeza después de un centro de Buffarini que hizo escala en Caruzzo.

El silencio, de pronto, se expandió como un virus en la inmensidad de un estadio despojado del aura singular que padecían los grandes y por el que alguna vez se lo bautizó como Cementerio de los Elefantes. Claro, un club como Colón que en un puñado de meses perdió dos veces el clásico con Unión, perdió a su técnico, perdió a un jugador (Alan Ruiz, apretado por la barra, que se fue espantando), perdió con Almagro por la Copa Argentina, perdió y perdió hasta perder a su dirigencia (renunciaron todos, hoy está en manos de tres síndicos que llamaron a elecciones para el 12 de junio y aún no hay listas definidas), también pareció perder gran parte de su autoestima.

De todos modos, los dos primeros minutos de juego no tuvieron su correlato en el resto del desarrollo. Presión, circulación, pelota dominada, un rival dormido, centro, un cabezazo, dos, y dos cabezazos en el área suelen ser gol. Así empezó la película. Pero unos sacaron fuerzas desde lo más profundo para equilibrar el tablero y los otros perdieron un bastión: el control de la pelota. Entonces, aún con un sistema precario, con sólo dos jugadores que hacían la banda derecha (Clemente Rodríguez y Mauricio Sperdutti), con Gerónimo Poblete delante de los cuatro del fondo y a la izquierda de Bastía, con un Pablo Ledesma intrascendente moviéndose del medio hacia la izquierda, Colón le planteó una pulseada digna al candidato al título. Con eso y claro, con el alma por sobre todas las cosas. Incluso hubo un penal de Caruzzo a Leguizamón que Rapallini no sancionó.

San Lorenzo, sostenido por la ubicuidad de Juan Mercier, pudo disimular la tarde gris que tuvo y ahora encarará la última fecha ante Banfield sin Caruzzo y sin Mas, que llegaron a las cinco amarillas (el primero la buscó a propósito). Cuando Martín Cauteruccio selló el 2-0 sobre el final emergieron algunas certezas en toda su dimensión. La diferencia de jerarquía para resolver en los metros finales, por ejemplo. Y la calidad de un diagnóstico que al menos sirvió para espantar sorpresas.

El gol de cabeza de Blandi

El gol de Cauteruccio

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