Samba não tem fim

Entre maquillajes multicolores, batucadas y gestos fraternales, y guiados por la pasión futbolística, los hinchas brasileños y japoneses se unieron en una fiesta interminable
Hugo Caligaris
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27 de junio de 2002  

SAITAMA.- La contenida expresividad del pueblo japonés se está comenzando a alterar con el samba. Ayer la batucada fue imparable, y ni siquiera funcionó el truco de hacer llover, imaginado por los funcionarios para enfriar los ánimos. Fue un buen intento, pero se sabe que para apagar el carnaval, sea éste carioca o bahiano, hacen falta baldes, ríos, lagunas, y aun así es probable que los brasileños sigan bailando y tocando sus pitos y matracas bajo el agua.

El estadio de Saitama es de extraordinaria belleza arquitectónica: los gigantescos cuernos que lo adornan se ven muy bien desde cualquier punto, y le dan una perspectiva puntiaguda. La gente que lo colmó ayer no tuvo tiempo de reparar en esas líneas: era una tromba de camisetas amarillas y verdes, consagrada en todo momento a su jolgorio, desde que llegó, presintiendo lo que vendría, hasta que salió, habiéndolo comprobado con toda felicidad.

No era una noche para andar con el ombligo al aire, pero las mulatas no habían traído como protección otra cosa que no fuera su piel y su movimiento ininterrumpido. Tanta cadencia y musicalidad actuaban con su sabor festivo como un poderoso estímulo para los sentidos del observador neutral.

Eran pocos los que podían ostentar tal condición. La fiebre se contagió incluso a ciertos hombres de prensa del hermano país sudamericano, quienes lejos de mantener la mente fría se abrazaron en gritos de entusiasmo y alaridos de terror, emitidos de acuerdo con las circunstancias del encuentro.

La batucada los contagiaba a todos. La reina de la fiesta, indiscutidamente, era Zezé, una morocha espectacular, por decirlo de alguna manera, que se había introducido a fuerza de buena voluntad en unos ajustadísimos pantalones de cuero, abrochados bastante por debajo de la cintura. En las piernas de esos pantalones había inscripto los nombres de sus héroes: Rivaldo, Cafú, Marcos, Denilson, Emerson. Su brevísimo corpiño estuvo varias veces a punto de saltar, dada la energía que Zezé ponía en sus frenéticos balanceos.

La rodeaban garotas con los labios pintados con los colores de su patria y muchachos con el pelo teñido de verde. Zezé hechizó a todos y con su simbólica exuberancia ocultó un detalle que, sin embargo, estaba a la vista de todos: quienes tocaban tambores y tumbadoras con auténtico swing brasileño eran, sin embargo, japoneses.

Guiados por la simpatía que despierta la gracia y la soltura de la patria de Chico Buarque, tal vez por un instinto que les sugiere ponerse siempre del lado de los ganadores, los japoneses dieron otra vez la nota por el entusiasmo con que, de modo masivo, dejaron todo en la cancha por Brasil, del mismo modo que antes lo habían hecho por la Argentina, por Francia, por Italia y por todos los restantes favoritos que, de una manera u otra, perdieron.

Después de haber cambiado tanto ellos, ayer cambió su suerte. Tres orientales abrasileñados se quedaron con el liderazgo, gracias a sus imaginativos trajes de samuráis hechos también en amarillo y verde. Dentro de unos días, cuando vuelvan a casa, todos los hinchas del vecino país que estuvieron aquí mostrarán con orgullo a sus familiares la misma foto al lado de los mismos falsos samuráis: ninguno se resistió a pedirles que posaran con ellos, y los disfrazados estaban, por supuesto, más que deseosos de hacerlo.

En tanto, los turcos pasaban en medio de la multitud con aire prematuramente resignado. Portaban sus banderas, y algunos de ellos se mostraban con sus atuendos típicos, pero en el fondo de su expresión se leía con nitidez la frase: "Sabemos que nos espera el matadero".

Pese a esa impresión de tener que bailar con la más fea (frase nunca menos ajustada a la realidad que en este caso), los simpatizantes turcos fueron fieles a su divisa y exhibieron un filosófico orgullo por haberse transformado en la sorpresa del Mundial. Pisar otras arenas que no sean las del desierto cruel es mérito que va más allá de las minucias del fracaso o del éxito.

Saben tocar, saben picar al vacío y fabrican situaciones de peligro. El día que los turcos tomen conciencia de que existe una cosa llamada arco adversario y de que allí debe ser depositada la pelota para que la acción, en su conjunto, se cuente como un gol a su favor, serán más allá de toda duda un conjunto temible.

Nuevas tendencias

Un fenómeno que se ha visto en todos estos partidos por la Copa y que amenaza con transformarse en tendencia es la constitución de pequeñas salas de maquillaje al aire libre, en las inmediaciones de los accesos. Unos a otros se decoran la cara con el cuidado que pondría un experto del mundo de la moda al embellecer a sus modelos. Algunos maquilladores futbolísticos, seguramente los más cotizados, reclaman a cambio de sus servicios pequeños emolumentos, que pueden reducirse al valor de una lata de cerveza. Creemos que con el tiempo podrán aumentar sus tarifas. El negocio prosperará y se difundirá como antes se han difundido otros, y es probable que rápidamente lo tengamos entre nosotros. Es más: nos imaginamos a esos artistas del pancake instalados en sus tiendas a la vera de la cancha de Boca. Practicarán sus fantasiosas creaciones sobre los rostros rudos de los miembros de la así llamada "doce".

Atípica también para nuestras costumbres quizás obsoletas resultó la kermesse por la que pasaban todos los espectadores en el minuto antes de comenzar a serlo. Grandes marcas locales (Toshiba, Hyundai) habían instalado sus puestos, con clásicos juegos de feria. Por supuesto, no faltaba el tiro al arco, pero tampoco el martillo que debe ser golpeado con fuerza para hacer sonar una campana, ni la tómbola, en estos tiempos ya no manual, sino eléctrica.

Se formaban largas filas para jugar, puesto que los ganadores recibían pequeñas recompensas, tales como camisetas, llaveros y relojes con la firma de la compañía: un precioso recuerdo del Mundial. También había un stand de la FIFA en el que se podía votar por el posible ganador del encuentro. Al momento de pasar por allí, el cronista apuntó el siguiente resultado: Brasil, 304; Turquía, 146.

También en este caso había cola, puesto que se entregaba a cada votante una lámina recordatoria de este torneo de la FIFA. El gran interés por acumular esta clase de objetos (recuérdese que los japoneses viven en casas pequeñas) va más allá de los inconvenientes que ocasiona su almacenamiento.

Estos juegos y actos recreativos podrían transformarse, en el fondo, en un modo de hacer la competencia más participativa, y también en una manera fresca de atraer a la cancha a los niños. Claro: aquí, en Japón, la sensación de riesgo potencial no existe. En nuestro país, entre el momento de levantar el martillo y el de descargarlo es probable que le desaparezca a uno la billetera.

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