Sangre de campeón

Con el peso de la tradición, Alemania volverá a jugar la final de un Mundial; paso a paso, la historia de seleccionados acostumbrados al sabor del triunfo
Con el peso de la tradición, Alemania volverá a jugar la final de un Mundial; paso a paso, la historia de seleccionados acostumbrados al sabor del triunfo
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26 de junio de 2002  

SEUL.- Hora de despertar en el sueño dorado de los emergentes. Tiempo para ponerle freno a las sorpresas y dejarle los duelos en la cumbre a quienes ya saben de qué se trata. Un coloso apareció para encarrilar el camino de un Mundial extraño y ajustarlo a lo que pide la historia, aún cuando no se parezca demasiado a tantos grandes equipos predecesores. Alemania, a despecho de quienes jamás creyeron en lo que podía dar en Corea-Japón, más allá de las críticas, revive una vieja costumbre: jugar la final de un Mundial.

Con el triunfo ante Corea en la semifinal de ayer, Alemania hizo algo más: subrayó su perfil de exterminador de anfitriones . Quizá su frialdad para no dejarse influir por el ambiente; quizá el peso de una tradición; quizá el oficio que, aunque a veces parezca dormido, siempre está.

Si hay que detener a una selección local envalentonada, déjenle ese trabajo a Alemania. Como en 1982, cuando el equipo que entre otros tenía a Littbarski, a Fischer y a Kaltz dejó mudos a 90.000 españoles en el Santiago Bernabeu; o en 1986, cuando en Monterrey hombres como Rummenigge, Briegel, Allofs y Matthaeus hicieron trizas la ilusión mexicana. La eficacia para desairar dueños de casa traía antecedentes ya desde 1962, en Santiago, con el 2-0 sobre Chile en la primera rueda de ese Mundial.

Estos jugadores alemanes recogen el llamado de viejas generaciones que convirtieron a la camiseta blanca en un monstruo de las Copas del Mundo. La leyenda comenzó a escribirse casi en el amanecer del máximo certamen, allá por 1934; por entonces fueron nombres como Lehner, Muenzenberg o Zielinski los que colocaron a Alemania en el tercer puesto, después de caer ante Checoslovaquia en las semifinales (3-1) y vencer a Austria por 3 a 2.

Una actuación sin brillo en Francia 1938 y la no participación en Brasil 1950 precedieron al primer gran golpe alemán. Fue en 1954, en Suiza, cuando el equipo hizo su camino en el torneo al amparo de la sombra que proyectaba un conjunto de estrellas, Hungría. En silencio, los alemanes, con jugadores como Helmut Rahn o el recientemente fallecido Fritz Walter, hicieron lo suyo hasta encontrarse con el mágico equipo de Puskas y Kocsis en la final. El temple de hierro dio su primera gran prueba: dos goles de Rahn y uno de Max Morlock revirtieron una derrota parcial de 2 a 0. El primer título para una vitrina hoy abarrotada.

Un cuarto puesto en Suecia 58 (derrota con Francia por 6 a 3) y la eliminación en cuartos de final a manos de Yugoslavia (1-0) en Chile 62 fueron el germen de grandes equipos, que, sin embargo, no llegaron a alcanzar la gloria. De 1966, en el Mundial de Inglaterra, quedó para siempre el gran debate sobre el gol de Geoff Hurst, que terminó de volcar el cotejo decisivo para los locales.Ese equipo dirigido por Helmut Schoen rebosaba de apellidos ilustres: Seller, Overath, Hoettges, un novato que se llamaba Beckenbauer...

Cuatro años más tarde, en México, la derrota ante Italia por 4 a 3 en el tiempo suplementario de una semifinal inolvidable, los privó de jugar otra final, aunque el tercer puesto quedó para ellos con la victoria ante Uruguay por 1 a 0 con gol de Overath. El título en casa de 1974, el segundo, quedará en la historia por haberse logrado ante el equipo que marcó una época: fue un 2 a 1 (Paul Breitner, de penal, y Gerd Muller) ante Holanda, la Naranja Mecánica.

La década del 80 fue una película que siempre mostró a los alemanes en el papel protagónico: tres finales consecutivas, con dos derrotas y, por fin, el tercer título. Primero, España 82 los vio caer ante una Italia que creció partido tras partido hasta cobrar estatura de campeón; después, en México 86, ante una Argentina iluminada por la versión más brillante de Diego Maradona, no les alcanzó la arremetida con los goles de Rummenigge y Všller. Fue derrota por 3 a 2. Y en Italia 90 llegó la hora de la venganza, con el 1 a 0 ante el mismo rival que los había hecho rendirse en el estadio Azteca. Tres copas en casa.

Lo de 1994 y 1998, dos eliminaciones en cuartos de final, ahora parece sólo una pausa. Alemania va por más festejos. Se lo reclama su linaje.

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