Sensaciones de una tierra especial

Cómo es la vida en Abu Dhabi, una cultura opuesta a la nuestra desde la comida, la seguridad y las construcciones edilicias
Francisco Schiavo
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18 de diciembre de 2009  

ABU DHABI.- Supongo que a todos debe pasarles lo mismo: cuando siento que empecé a acostumbrarme a un lugar, llega el momento de despedirse. Eso me ocurre hoy en la capital de los Emiratos Arabes. Y eso comenta mi compañero de ruta, Fernando Massobrio, después de casi dos semanas en este lugar. Algo parecido dicen los colegas con los que nos vemos a diario en los entrenamientos de los equipos, conferencias de prensa y en los partidos mismos del Mundial de Clubes. Sólo entonces empiezo a convencerme de que es una sensación compartida. Si bien extrañamos nuestras casas, los afectos y, paradójicamente, aquella rutina que muchas veces definimos como abrumadora en Buenos Aires, ahora se genera cierta nostalgia por dejar un lugar tan remoto y exótico; un lugar de vistas de postal al que, tal vez, nunca volveremos.

Aquel cosquilleo del principio se desvaneció con el transcurso de los días. Nos sentimos aliviados después de haber bajado del avión y ver que nuestro inglés -sobre todo el de Fernando- era perfectamente comprendido; creo que él llegó a esta etapa en la que ya piensa primero la frase en inglés antes que en español. Aquí casi todos lo hablan, aunque la inmigración es tan grande que los tonos y las palabras suenan bien distintas según quién las pronuncia. Cuesta mucho más entender lo que los lugareños nos dicen, pero nos las arreglamos bastante bien.

La comida es todo un tema. Abundan las especias y casi todo tiene un condimento? de más, por decirlo de alguna manera. La mayoría de los platos son a base de pollo, pescado y cordero, con una guarnición de arroz blanco o fideos. Algunos otros no sabemos bien de qué se tratan. Ordenamos por un par de ingredientes del menú. Y vaya experiencia. La carne de vaca es más cara y llega de Brasil y de Nueva Zelanda, según la góndola del hipermercado Carrefour. El corte más barato, ése que se usa para el estofado, sale alrededor de 15 dólares el kilo. Pero volviendo al tema de los sabores, nuestro paladar siente la picazón a cada bocado, incluso en aquellos que no incluyen el ají colorado, ícono de un alimento sazonado "al máximo". No encontramos la parrillada argentina, sólo carne a las brasas al estilo mexicano, con piezas más chicas y sin más achuras que unas salchichitas que parecían de copetín.

Los días se hacen largos por la diferencia horaria (son siete horas más que en Buenos Aires). En promedio, nos levantamos cerca de las 8.30 y, hasta que terminamos nuestro trabajo, nos acostamos de madrugada, a la una, a las dos, a las tres y hasta las cuatro, como después del primer partido de Estudiantes o del debut de Barcelona. Acá hay una ventaja: es una de las ciudades más seguras del mundo y se pueden caminar varias cuadras en busca de un taxi. No nos sentimos nunca en riesgo.

Los taxis son un tema aparte. Los choferes se pierden en la ciudad por más que les mostremos en un mapa el lugar a donde vamos. Estamos cerca de bajarnos, fastidiados, pero después de tres o cuatro vueltas de más, llegamos. Siempre pasa.

La gente nos trata bien y es servicial cuando no entendemos algo. Una vez, a falta de taxi, nos subimos a un colectivo para salir de una cancha; era tarde, y hasta dos mujeres filipinas se pelearon para decirnos dónde era más conveniente bajarnos. Por suerte les entendimos. Aunque es cierto que no vemos muchas personas caminando. Dicen que no acostumbran por el calor agobiante, aunque ahora es invierno y el clima está muy agradable, con una temperatura de entre 19 y 27 grados casi siempre. Algo también le llamó la atención a Fernando: no vimos un perro; ni por la calle ni con sus dueños. Parece que no es habitual tener mascotas y quienes las tienen no las sacan de sus casas.

También nos sorprende la policía: habla a los gritos y, a veces intimida; después caemos y pensamos que debe ser su estilo para imponer respeto. Una de las cosas que más nos cuesta es cruzar las avenidas, de doble mano y de tres o cuatro carriles por vía. Los semáforos están lejos uno de otro y los autos último modelo, Ferrari, Porsche, Mercedes-Benz, y las camionetas 4x4 andan muy rápido. Incluso en las rotondas y en los retornos nos pasan zumbando . Es llamativo: casi no se escuchan bocinazos.

Cada vez que podemos caminamos por una especie de rambla que hace de frontera con el Golfo Pérsico. Es una zona bastante parecida a Puerto Madero. La vista es increíble entre las torres construidas y las que se están levantando, la playa y un agua tan verde que parece sacada de un lienzo. Sobre todo en los amaneceres, cerca de las 6, y cuando se pone el sol, alrededor de las 17.30. En horas de desvelo, la lectura invita al sueño. La TV queda encendida para que haya algo de ruido. Casi no hay películas ni programas con traducciones y el árabe "martillea" nuestra cabeza.

Ya casi estamos con un pie en el avión. Fernando, que mide cerca de dos metros, se inquieta para conseguir un lugar en el que pueda estirar las piernas. Está ansioso por encontrar en el otro lado del mundo a Ileana, su esposa, y a Malena y a Violeta, sus hijas, a las que puntualmente veía a las 2 AM por la pantalla de la computadora. Aunque no lo dice, se nota que Abu Dhabi sigue dando vueltas en su cabeza. Esa que nos imaginamos sólo por los cuentos con alfombras voladoras y lámparas mágicas. En la mía también.

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