Siempre hay un motivo para festejar

Sin muchedumbres de millones, pero sí con el entusiasmo de miles en cada ciudad, los alemanes disfrutaron su llegada a la final; para los coreanos tampoco fue cuestión de amargarse mucho, porque ya tienen otro objetivo vital: quedarse con el tercer puesto en su propio país
Sin muchedumbres de millones, pero sí con el entusiasmo de miles en cada ciudad, los alemanes disfrutaron su llegada a la final; para los coreanos tampoco fue cuestión de amargarse mucho, porque ya tienen otro objetivo vital: quedarse con el tercer puesto en su propio país
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26 de junio de 2002  

Alemania

BERLIN.– “Final, final”, fue el grito más escuchado en las calles de Alemania, después del triunfo ante Corea del Sur. Apenas finalizado el partido, los alemanes vivieron momentos de euforia futbolística sólo comparables con aquellos que se vivieron con el título del 90.

Como ya ocurrió tras los cuartos de final, contra Estados Unidos el pasado viernes, instantes después del final del encuentro el silencio se rompió en numerosas ciudades alemanas.

Los coches empezaron a hacer sonar sus bocinas y las calles se inundaron con la camiseta blanca de la selección y la bandera tricolor nacional.

La principal concentración festiva tuvo lugar en Hamburgo, donde, según estimaciones de la policía, unos 50.000 aficionados se reunieron para ver el partido ante una gran pantalla de televisión colocada en el centro de la ciudad.

En el barrio de Sankt Pauli llegaron a juntarse 20.000 personas. El grito de alegría tras el gol de Ballack se derramó a kilómetros de distancia.

En Berlín, el epicentro de la celebración fue de nuevo Potsdamer Platz, donde unas 3000 personas, entre ellas el alcalde Klaus Wowereit, siguieron el partido también ante una pantalla gigante.

Aún horas después del final, los bares más próximos a la plaza seguían llenos de hinchas, en medio de un despliegue policial comparable con el de multitudinarias manifestaciones.

Muchos fanáticos berlineses se paseaban llevando en la mano un póster que regaló un diario local y en el que ponía en letras grandes “¡Final!”

En algunos de ellos, los hinchas tacharon esta palabra y escribieron encima directamente “¡Campeones!” Para muchos, que no pueden creer todavía que el conjunto nacional haya llegado tan lejos, su país “ya ganó” la Copa del Mundo.

De hecho, la Federación Alemana de Fútbol ya anunció un gran recibimiento a sus jugadores para cuando regresen. Poco después de su llegada al aeropuerto, serán trasladados al ayuntamiento, donde recibirán el aplauso del público, ya sea como campeón del mundo o subcampeón.

Por más que buscó disimularlo, el canciller alemán Gerhard Schroeder, se sumó en la ola triunfal al anunciar que viajará directamente de Canadá, donde se realiza la reunión del G-8, a Japón para estar presente en la final.

En la ciudad alemana de Ulm también se vivió una jornada de festejos especiales, tal como contó a La Nacion la argentina Gabriela Magadan, de 32 años. “Acá son muy rígidos, pero permitieron flexibilizar algunas normas para celebrar, como tocar bocina o ir parados en los automóviles”. Magadan también comentó que muchos alemanes esperan definir el Mundial con Brasil, aunque sea un rival más fuerte que Turquía. Es que en Alemania viven más de 4.000.000 de turcos y se teme algún enfrentamiento de implicancias raciales si esos equipos juegan la final.

Ese es un peligro no menor, pues ayer hubo choques entre aficionados relacionados con la ultraderecha alemana y policías, en la ciudad de Mannheim.

Mesura alemana en la Argentina

En el bar Locos por el Fútbol, en Recoleta, unos 70 alemanes pusieron su mesurada cuota de festejo. No hubo gritos ni abrazos. Tal vez por la sensación de que el lugar en la final les correspondía por historia y tomaron este partido con Corea como un necesario trámite rumbo a la Copa. El director del instituto cultural Goethe, Rudolf Barth, hincha del Borussia Dortmund, contó que espera ver campeón a su seleccionado venciendo a Brasil. Otro punto de reunión, especialmente para los alemanes que están aquí como turistas, fue el bar irlandés Kilkenny’s. Allí, Oliver Linke usaba la camiseta con el nombre de Rumenigge y festejaba con su cábala: no llamar a su familia hasta el final del partido. “Ahora sí quiero hablar con ellos, deben estar muy felices”, dijo.

Corea

SEUL, Corea del Sur (De nuestros enviados especiales).– Había un sueño, y no dependía de lo que ocurriera en la noche de la semifinal ante Alemania. Tenía que ver con sentirse el orgullo asiático, con llegar más allá de lo que parecían imponer los presuntos límites y permitirse desafiar la historia. Entonces, cuando la realidad les cerró definitivamente el paso a los idolatrados “Reds”, era hora de agradecerles a quienes lo hicieron posible: sesenta y cinco mil mujeres y hombres uniformados de rojo se pusieron de pie y dieron comienzo a un aplauso largo, conmovedor, agradecido. En el campo, los que encarnaron esa ilusión comprendieron el mensaje, se unieron mano contra mano y dedicaron una reverencia a cada costado del imponente estadio de Seúl. Como dicen las banderas, aquel sueño ya era realidad.

Los huecos que fueron una marca registrada en los estadios de la Copa del Mundo no tuvieron lugar esta vez. No se divisó un asiento libre en esa caldera colorada. ¿Cómo iba a haber espacios libres si afuera eran siete millones los que acompañaban, apretujados delante de las decenas de pantallas gigantes esparcidas por todo el país? Imposible, si se recorría cualquier calle céntrica por la tarde y se veían las filas de muchachas y jóvenes esperando su turno para pintarse las mejillas con los colores del “taegukki”, el círculo azul y rojo de la bandera nacional. De tan contagiosa, la marea roja no distinguió entre propios y extraños: igualados en el aliento, en el entusiasmo, en la vestimenta y en el maquillaje, muchos extranjeros se sumaron a la fiebre alegre.

Ya está dicho que el mayor destinatario de la idolatría no es un jugador, sin embargo. El hombre del momento, aquí, es Guus Hiddink, cuya mención desde el impactante sistema de sonido hizo detonar un alarido colectivo ensordecedor. La veneración hacia el entrenador excede las fronteras de lo futbolístico: “Hiddink presidente”, pedía una bandera.

Los que ya habían visto alguno de los partidos anteriores de Corea sabían de qué se trataba: el aliento no se detiene nunca. Los tambores suenan sin pausa. En las dos pantallas sobre las cabeceras los hinchas podían medir los decibeles de su apoyo con los “potenciómetros” que aparecían a los costados de la imagen. Lo que asombraba, entre tanto fervor, era el grado de sincronización para recortar, sobre el inmenso tapiz rojo de las tribunas y al mismo tiempo en ambas bandejas, esas inscripciones armadas con la suma de pequeñas pancartas blancas. “Los sueños se hicieron realidad”, fue la consigna desde allí.

Y en el final, el agradecimiento le ganó a la tristeza. No había ya motivos para la euforia de otras noches, pero el deseo de seguir festejando pudo más y se volvió a ganar la calle. Hubo lágrimas; imposible evitarlas. Pero ya es hora de pensar en el último capítulo de la larga fiesta, en Daejeon, el sábado próximo.

Sin la yapa, pero conformes

Para los coreanos en la Argentina la final habría sido una yapa, por lo que no hubo sensación de fracaso en la derrota frente a Alemania. “La victoria alemana fue justa y quedó demostrado que no teníamos ningún acuerdo con los árbitros”, comentó Ki Jae Kim, presidente de la Asociación Coreana. Fueron cerca de seiscientos miembros de la colectividad los que siguieron el partido en el Instituto Coreano Argentino, en la zona del Bajo Flores. En ese barrio y en Once muchos comercios abrieron recién al finalizar el match, pasadas las 10.30. “Nos habría gustado salir a festejar al Obelisco, como el sábado, cuando le ganamos a España”, dijo Damián Cho, en el centro comercial de la avenida Avellaneda, en Flores. No pudo ser.

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