Todo lo que arriesga Gallardo

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
Marcelo Gallardo, entrenador de River
Marcelo Gallardo, entrenador de River Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Lima
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31 de octubre de 2018  • 23:59

Marcelo Gallardo es hoy Napoleón y Alejandro Magno juntos. Él, la única persona que logra doblegar en River la fortísima personalidad de Rodolfo D’Onofrio, tiene ahora espaldas infinitas. Puede ser presidente eterno, si un día se lo propusiera, o rebautizar con su nombre el Monumental. Lo que hizo en la noche del martes, desafiando a la Conmebol para demostrarle a todos que el pase a la final de la Copa Libertadores no se lo iban a quitar tan fácil, es ya memoria indeleble de toda una generación de hinchas. Muy pocos saben lo que dijo Gallardo en ese vestuario brasileño al que ingresó pese a la prohibición, pero dos cosas están claras. No le avisó ni pidió permiso a ningún dirigente del club, según confirmaron a LA NACION fuentes de alta solvencia de River, y, una vez allí, el silencio y la atención fueron totales: "Cuando Marcelo habla, no vuela ni una mosca".

Sí, Gallardo exuda hoy carisma, poder y popularidad. Y la pregunta, así y todo, es: ¿valió la pena?

Fue en febrero de este año que el técnico de River se instaló como el personaje más antipático del club para el presidente Mauricio Macri. El jefe del Estado le dedicaba elogios a D’Onofrio y un enojo glacial a Gallardo, que venía de largar días antes una frase irresistible para cualquier hincha millonario: "Que (Mauricio) Macri haya sido presidente de Boca o (Claudio) Tapia sea hincha de Boca nos hace tener que estar con la guardia alta siempre". Macri venía acumulando antipatía por el técnico desde la nefasta noche del gas pimienta en La Bombonera, que en conversaciones fuera de micrófono analizaba con la pasión desbordada del hincha de Boca que sobre todo es. Fue tras aquella noche que Rodolfo "el Vasco" Arruabarrena dejó una frase tremenda sobre River: "Creíamos que tenían otros valores".

Así, el entonces técnico de Boca dejaba por el piso los valores propios. Lo mismo podría decirse de lo que hizo Gallardo en Porto Alegre. Decir que la Conmebol le quita "el derecho y la libertad de trabajo" es astuta demagogia, pero lo aleja de lo esperable en alguien al que tantos desearían ver como técnico de la selección. Aunque sea Napoleón y Alejandro Magno juntos, aunque nada ni nadie se le resista, ni siquiera la hoy penosa Conmebol, que tiene todo el poder y el derecho para volver a complicarle seriamente la vida a él y a su equipo.

Hay final River-Boca en la Libertadores, la final de todos los tiempos, la que el presidente de los argentinos no quería. La leyenda dirá que Gallardo encendió a sus jugadores en el entretiempo para encaminarlos a una victoria épica y a este duelo sin precedentes. Y la historia dirá si valió la pena arriesgar tanto, si tenía sentido perder tanto en el camino.

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