River-Boca: Todo lo que nos pasa, nos pasa por ser argentinos

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
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24 de noviembre de 2018  • 17:39

Pasó. Lo que no podía pasar pasó. La final ya fue un escándalo. Pasó pese a las recomendaciones de los gobernantes y a los muy buenos mensajes que dieron juntos Daniel Angelici y Rodolfo D’Onofrio. Pasó. Y, quizá lo más triste, es que todos sabíamos –o intuíamos– que iba a pasar. Tarde o temprano. Aquella oportunidad para demostrarle al mundo de lo que éramos capaces de hacer los argentinos otra vez naufragó. Justo en el momento en el que no debía pasar, con el inminente G-20 blindando la Ciudad de Buenos Aires. Pasó. Pese a la foto de los nenes con camisetas de River y Boca abrazados y el mensaje de #RivalesNoEnemigos. También con la foto de Leandro Paredes y Sebastián Driussi desde Rusia. Pasó.

Hubo un ómnibus apedreado. Si fue una zona liberada, si los jugadores de Boca exageraron las lesiones. Si Gago insultó primero a la gente. Si Angelici quiso sacar ventaja. Si D’Onofrio se defendió y jugó otro partido. Si la policía no hizo su trabajo. Ningún argumento será válido para la barbarie. Pasó. Hubo alguien. Muchos, en realidad, que le tiraron piedras y adoquines a un vehículo en movimiento. Es cuestión de física y de cálculos. Por suerte a nadie le generaron un daño irreparable. Las consecuencias hubieran sido mucho más profundas con un golpe en la cabeza. Y, entonces, sí a nadie le hubiera importado quién levantaba la Copa. Porque lo que no podía pasar, pasó.

Qué nos queda si ya lo de menos era un partido de fútbol. Qué nos pasa por dentro cuando vemos las secuencias de lo que no podía pasar y, finalmente, pasó. La culpa es nuestra. De todos. Y así será hasta que no nos demos cuenta de que lo importante no es si el partido se posterga dos horas o, directamente, un día. Ni siquiera si alguna vez se jugará. Pasó. Y se estuvo al borde de una tragedia. Para que no haya susceptibles, se bordeó la misma tragedia en el entrenamiento a puertas abiertas en la Bombonera. Otra verdadera ruleta rusa.

Pasó porque nos ganó el monstruo que llevamos dentro. Pasó porque se impuso el que no entiende nada de nada. Pasó porque así somos. Vivos. Criollos. Argentinos. Y todo nos pasa por eso. Por argentinos.

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