Un año con mensajes para la dirigencia

Claudio Mauri
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26 de diciembre de 2001  

Para la clase dirigente del fútbol argentino, el año que se apaga le dejó más de una señal y advertencia. La conducción de manera insensible y omnipotente, aunque pretendiera sacralizarse con algunos éxitos deportivos, no fue legitimada por el socio y el hincha. Algunos ejemplos puntuales dejaron en claro un reclamo ético y moral insatisfecho por quienes ejercían el poder.

El fútbol tiene sus paradojas para determinar el mando en los clubes. Las autoridades quedan ungidas por la participación de una ínfima porción del caudal de adeptos a una camiseta o a una entidad. Aunque sus hinchas se cuenten por decenas de miles en todo el país, el destino de River lo decidieron menos de 10.000 personas, y el de San Lorenzo , apenas 5000. O en Argentinos, donde ninguno de los dos candidatos alcanzaba a reunir 1000 voluntades, un aval casi irrisorio para autoridades que después tendrán la responsabilidad de administrar activos futbolísticos de importantes sumas.

Ya es una situación establecida que la representatividad de los dirigentes corresponde a una pequeña escala del caudal que movilizan los equipos. Dentro del pequeño universo que conforman, las últimas elecciones dejaron significativos mensajes. Fernando Miele comprobó amargamente lo poco que prendió en el padrón el "voto-vuelta olímpica", con el cual pensaba capitalizar el gran año deportivo del Ciclón. No sólo no sobrevivió a esa ley natural que dice que el ejercicio ininterrumpido del poder desgasta, sino que termina por ser condenatorio si se lo hace en forma dictatorial y con gran desaprensión económica. Como lo hizo Miele. Al consagrar a Alberto Guil , el socio dejó en claro que el ordenamiento institucional le interesa tanto como un circunstancial título.

En River, el trabajo de base de José María Aguilar , apelando a un proyecto de gestión realista y responsable, pudo más que la distante imagen de Hugo Santilli , agitando lo que más le convenía de su pasado. Evidentemente, el socio prefirió mirar para adelante en vez de hacerlo para atrás. Y le dio el mando a quien se bajó al llano para, si hacía falta, ir al conurbano para conversar con cinco socios, por encima de la atracción que podían irradiar dos tótem de la historia riverplatense: Santilli, único presidente campeón europeo-sudamericano y hombre de promesa fácil (Davids, Riquelme), y Norberto Alonso , uno de los ídolos en las últimas tres décadas de River.

En Boca , sin necesidad de pasar por las urnas, Mauricio Macri vivió un fuerte revés al no poder retener a Carlos Bianchi , cuestión vinculada con la arrogancia con que la dirigencia se relacionó con el técnico y el plantel. Y el público la fustigó. Pasó un año con claras demandas para la dirigencia, obligada a incorporar el factor humano a la cabeza de todo proyecto.

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