Un diagnóstico "remendado" para una selección que necesita que le confirmen el camino a seguir

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Fuente: AP
(0)
7 de julio de 2019  • 09:00

Hacer un análisis serio de un equipo de fútbol precisa de una serie de condiciones. Por ejemplo, un entrenador confirmado en su puesto, una alineación más o menos estable, un número de partidos suficiente como para enfrentarse a diferente clase de rivales y de circunstancias. Nada de esto se ha cumplido en la actuación argentina en esta Copa América y cualquier diagnóstico que se haga puede pecar de incoherente, de ser un análisis "remendado".

La imagen dejada ante Brasil y Chile permite ver, por sobre todas las cosas, que Scaloni cuenta con un capital de vital importancia: los jugadores están de su lado. Nadie le perturbó el ambiente, le respetaron decisiones difíciles como quitar en su momento a Agüero o Di María, y el grupo terminó exhibiendo en el partido por el tercer puesto una energía contagiosa a base de carácter, compromiso y solidaridad en pos de una causa común.

¿Alcanza con esas virtudes para encarar lo que está por venir? Es muy difícil saberlo. Queda claro que, hoy por hoy, la palabra "equipo" le queda grande a la selección argentina. Pero ojo, también al resto, sobre todo en Sudamérica. En un modelo de competencia en el que la prioridad son los clubes y la categoría universal la dan la Champions League o la Libertadores, el fútbol de selecciones se encamina a ser cada vez peor jugado porque tiene lugar al final de temporadas extenuantes, con futbolistas agotados y conjuntos sin tiempo de ensayo suficiente.

Argentina fue, en los primeros encuentros, una colección de parches de duración variable que fueron estirándose hasta alcanzar su mejor versión frente a Chile. Los retoques que el entrenador iba haciendo sobre la marcha se acabaron acomodando y permitieron observar algunas actuaciones aceptables, como las de Paredes, De Paul, Acuña, Lautaro Martínez o la reivindicación de Dybala demostrando que puede jugar al lado de Messi. Así, la selección mejoró un poco ante Brasil y jugó decididamente bien ayer.

Messi, por cierto, siguió el mismo sino. Predecible y descifrable hasta el duelo contra los locales, recuperó sus señas de identidad en las condiciones más adversas y demostró que sus condiciones continúan intactas. El hecho de asumir roles de líder fuera de la cancha como nunca antes es otro factor que no puede pasar inadvertido mirando hacia el futuro.

En todo este contexto, y mirada desde la vereda de la AFA, la continuidad de Scaloni parece lógica, más allá de sus errores en los cambios o en la lectura de algún partido. Aunque nada es más importante que confirmar ya al entrenador que vaya a llevar al equipo en las eliminatorias. No queda claro cuál es la intención, si esperar que alguien con más trayectoria se desocupe en diciembre para ofrecerle el cargo o si tirar la pelota hacia adelante y darle tiempo al propio Scaloni para ganar experiencia y consolidarse. El elegido, en todo caso, debería empezar a trabajar ahora, sin esperar a marzo cuando llegue el primer partido rumbo al Mundial.

No quiero acabar sin una reflexión general. El torneo nos enseñó sin tapujos el peligroso camino que está tomando el fútbol. Estuvimos más pendientes del VAR y los árbitros, de denunciar corrupciones o devoluciones de favores, de tramas, intereses y conflictos que del juego. Y de ese modo, la pérdida de credibilidad acabará atentando contra el propio negocio.

El gesto y las palabras de Messi ayer no pueden pasar inadvertidas. El fútbol nunca necesitó adornos ni artificios para ser atractivo. Es el juego en sí mismo el que atrae a millones de personas desde siempre. No sé qué, no sé cómo, pero es hora de hacer algo para recuperarlo.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Deportes

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.