Un equipo que se olvida de jugar y desde hace tiempo parece haberse olvidado de ganar

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Fuente: AP - Crédito: Natacha Pisarenko
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16 de junio de 2019  • 16:00

La tendencia continúa inalterable: la selección argentina no encuentra el modo de darse una alegría. Los resultados no le sonríen cuando el rendimiento es flojo, pero tampoco lo hacen cuando el nivel repunta y aparece algo del fútbol que se le supone a este grupo de jugadores.

La Copa América arranca con una derrota que podía estar en los papeles, pero lo hace de un modo extraño, en algún punto inexplicable. Porque a un primer tiempo decepcionante cuya mejor noticia fue que acabara 0 a 0, siguieron varios minutos de un juego remozado, activado por la presencia energizante de Rodrigo De Paul y la sensación de que la confianza aumentaba jugada tras jugada. Entonces, casi de la nada, se produjo el primer gol colombiano y la derrota en el debut hace que todo esbozo de satisfacción vuelva a quedar reducido a una expresión mínima.

Hay cuestiones de funcionamiento que dependen de la convicción y la seguridad con que se las realiza. Y el primer tiempo de Argentina en Bahía se ocupó de sacar a la luz todas las incertidumbres que este grupo trajo en sus valijas. La propuesta de una salida asociada desde atrás se diluyó demasiado pronto a partir de los errores propios y de algunos aciertos ajenos, y las dudas coparon el panorama.

El orden en la cancha es indispensable tanto para progresar en ataque como para tener posibilidades de recuperar la pelota sin sufrir en exceso. Pero se convierte en pernicioso si se transforma en rigidez para respetar posiciones. Esto implica no desmarcarse para abrir líneas de pase, no ofrecerse cuando un compañero avanza con el balón dominado, no juntarse para encontrar una secuencia de toques que permita disputarle el control del desarrollo al rival, no distraer entrando y saliendo.

El primer tiempo de Argentina fue, en ese sentido, especialmente decepcionante. La lentitud en el traslado simplificó la tarea defensiva al adversario, con Barrios –la figura– como jefe de operaciones en el barrido del mediocampo, y motivó la pérdida reiterada y demasiado rápida de la pelota. Forzada entonces a trabajar en la recuperación, la selección mostró lo que ya se sabía: que los jugadores elegidos estaban preparados para un plan diferente.

Colombia se sintió cómoda en ese período a partir de la ubicación de Cuadrado como volante interno por la derecha, y solo cierto apresuramiento en la terminación de los ataques permitió ahorrar mayores padecimientos en los alrededores de Armani.

La dinámica cambiaría a la vuelta de los vestuarios. A veces, una situación que parece anecdótica adquiere un valor impensado. Al jugar con el perfil invertido (diestro sobre la izquierda), De Paul, con la salida natural hacia adentro, habilitó encuentros más frecuentes con Paredes, con Messi, con Agüero. Argentina ganó esa confianza extraviada en la primera mitad y nació un partido tan diferente que incluso obligó al DT rival a sumar un volante que colaborara con Barrios en la marca.

Fue en ese contexto, tan favorable en el desarrollo a Argentina, cuando llegó el inesperado y letal martillazo de Roger Martínez para tirar por tierra toda sensación de mejoría y borrarnos la sonrisa que habíamos comenzado a dibujar. Para darnos un golpe más y poner a prueba la capacidad de recuperación de un equipo que en muchos momentos se olvida de jugar y desde hace tiempo parece haberse olvidado de ganar.

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