Un final a puro sentimiento maquilló a un clásico pobre

Racing le igualó 1 a 1 a Independiente en el último minuto; ambos equipos jugaron mal, sin fútbol ni ideas
Claudio Mauri
(0)
27 de agosto de 2001  

El clásico de Avellaneda volvió a demostrar la inmensa capacidad que tiene el fútbol para enmascarar lo fundamental a partir de un par de episodios puntuales y aislados. Porque lo esencial e incontestable de ayer es que se jugó un mal partido, con dos equipos sobrepasados por la liturgia del entorno, empeñosos sólo para internarse en una selva de piernas, tensos hasta la equivocación reiterada, indecisos para todo lo que no fuera destrucción y fricción, famélicos de fútbol. Pero esto pasó a ser algo accesorio porque el cierre se tiñó de sentimientos, al fin, el único soporte para un clásico soporífero.

Un telón que dejó un reparto de puntos -algo lógico y equitativo porque ninguno tuvo más merecimientos- y una desigualdad emocional, como ocurre cuando un resultado se modifica en el último minuto. El empate de Loeschbor congeló el jolgorio de Independiente y encendió a la tribuna de Racing. El contrapuesto de matices en el ambiente era la única pintura impactante para un partido repleto de trazos burdos y de brocha gorda.

Los dos venían de estrenos triunfales, con la moral alta y un respaldo multitudinario, pero si la evidencia es la de ayer, las expectativas le llevan la delantera al contenido. El primer tiempo fue como para pensar seriamente en pedirle disculpas a la gente y devolverle el dinero. Tanto color abigarrado en las tribunas no tenía por qué cargar con ese fiasco futbolístico.

Independiente arrancó un poco más decidido y suelto, con Franco como eje, las subidas de los laterales y algunos movimientos inquietantes de Silvera. El convencimiento le duró poco y su proyecto no fue más allá de algunas insinuaciones concretadas únicamente a través de centros. Racing tuvo una postura más conservadora y prefirió hacerse fuerte en su campo. Cerca de su área levantó una guardia pretoriana con la fortaleza física de Loeschbor y Ubeda y la movilidad de Maciel, Vitali y Arano para armar una defensa de cinco hombres. Ambos compartieron un alarmante déficit de juego en el medio. Guiñazú se enredó en imprecisiones y nunca encontró su lugar en la cancha. El panorama de Racing no era mejor, porque el mellizo Gustavo arrancaba muy retrasado y Torres no se hacía notar.

El cielo plomizo y la amenaza de tormenta trajeron la última oscuridad que faltaba.

En el segundo tiempo, Racing se adelantó un poco, controló más la pelota y hasta dispuso de una ocasión muy favorable con un remate de Maciel que Ramírez despejó sobre la línea. A Independiente se lo veía desorientado y Trossero metió mano en el banco, aunque tardó varios minutos para satisfacer el clamor de la gente pidiendo a Prieto, que junto con Vuoso maquilló al demacrado equipo; hubo más atrevimiento, alguna combinación profunda, gambetas que invitaban a la ilusión. De un intento de Vuoso le quedó la pelota a Forlán para que definiera de zurda.

Un gol suele ser un buen remedio para un partido enfermo. Y más cuando se acerca el final. Los papeles se definían: Racing a la carga y el Rojo diseñado para el contraataque. Empezaron a llover centros en el área local y Rocha los cortaba con seguridad. Quizá eso lo llevó a creerse Superman y no un simple arquero al salir demasiado lejos y quedar pagando ante el cabezazo de Loeschbor .

Empate para un duelo chato. Racing terminó festejando por ese sentimiento que no necesita de resultados heroicos para sentirse vivo. En la otra vereda, Independiente puede dar fe de empates intrascendentes que duelen en el alma.

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?