Un paradigma, en más de un sentido

Claudio Mauri
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22 de diciembre de 2009  

El éxito provoca un instantáneo efecto de emulación en los demás. El resto se interesa por aplicar la fórmula y los mecanismos de aquel que fue un visionario arriesgado antes de que los resultados y la realidad le dieran la razón. En la actualidad, todos quieren tener la intuición y la capacidad de anticipación para encontrar el crack en ciernes, como Barcelona lo hizo con Lionel Messi cuando tenía 13 años.

El rosarino no sólo es el paradigma futbolístico de esta época por sus notables condiciones para jugar, gambetear y definir, sino también por el recorrido que siguió hasta llegar a la cima que tocó ayer en la ceremonia de premiación de la FIFA. En Messi se simboliza el adelantamiento de los almanaques a que se vieron obligados los clubes. A las grandes figuras hay que ir a buscarlas antes de que surjan y su cotización alcance valores estratosféricos, imposibles de pagar. Las cifras siderales por las transferencias quedan para los jeques árabes o para megalómanos, como Florentino Pérez.

Gustavo Mascardi, uno de los representantes argentinos con mayor experiencia en el mercado de pases, reconoció que la práctica más extendida en las potencias europeas es el rastrillaje entre chicos y adolescentes en busca del futuro Messi o de los que reúnen un potencial futbolístico más que interesante. Esa tarea de scouting y captación de materia prima se vale de las necesidades insatisfechas que afectan a vastas zonas de América latina y de Africa.

Messi no vivía en la indigencia en Rosario, pero fue Barcelona, y no Newell´s, ni ningún otro club argentino, el que decidió costear el tratamiento con hormonas de crecimiento que requería Leo. Obviamente, el club catalán lo hizo después de que Carles Rexach, uno de los responsables de la cantera, viera jugar a Messi en un video y recomendara su inmediata incorporación.

En la actualidad, empresarios y clubes especulan con los cuadros sociales poco favorables que rodean a esos diamantes en bruto. Chicos con padres desempleados o en situación laboral precaria, a los que se tienta con un traslado con empleo asegurado y casa. Una manera de empezar a salir de la pobreza antes de que se sepa cuál será el futuro futbolístico del chico.

El de Messi es el cuento perfecto con el final más feliz que él mismo pudiera haber imaginado. Pero aun así fue inevitable el desgarro que le provocó el desarraigo en su etapa de formación. Lo admitió en una entrevista con el diario El País : "De lo básico nunca me faltó nada, pero en lo afectivo sí. Lloraba solo, encerrado en mi casa, para que mi papá no me vie ra. Lo pasamos mal, hubo etapas que estábamos mi padre y yo en Barcelona, y el resto de mi familia en la Argentina".

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