Un plan que se quedó sin resto y que careció de peso ofensivo

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21 de diciembre de 2009  • 03:07

Estudiantes no fue el mismo que ganó la Copa Libertadores y allí se encuentra la primera respuesta de por qué no gritó campeón en Abu Dhabi. Estuvo a dos minutos de la gloria, pero el partido (el control del partido) lo había perdido física y futbolísticamente mucho antes del cabezazo de Pedro. El plan táctico y la estrategia de Sabella cumplieron su rol en los primeros 45 minutos, pero fue poco teniendo en cuenta que en la final se jugaron 120.

El sistema 5-4-1, con Clemente Rodríguez y Díaz por las bandas más los tres centrales Desábato, Cellay y Ré, le sirvió en el primer tiempo para controlar a los atacantes de Barcelona (Messi, Ibrahimovic y Henry) y aun así sorprendió con una asistencia de Verón para Enzo Pérez a espaldas de Piqué y de Puyol, como en el mano a mano que le tapó Valdés.

Con el ingreso de Pedro por Keita, los dirigidos por Guardiola salieron a jugar con un sistema 4-2-4, con Busquets y Xavi como doble 5 y arriba Messi, Pedro, Ibrahimovic y Henry (después Jeffren). Y en la desesperación, antes de los 90, se sumó Piqué como centrodelantero, quien le ganó a Cellay en el primer cabezazo para el gol de Pedro.

Uno de los tantos centros se desvió en Verón y eso facilitó el primer impacto de Piqué, pero Estudiantes estaba muy atrás. Demasiado. No por el sistema de juego, sí por la línea que eligió para defender. En los dos goles, cuando salieron los pelotazos de Xavi y de Alves, Desábato estaba sobre la línea del punto del penal. Cuando los pases llegaron, estaban todos dentro del arco. Albil y Cellay debieron sacar al equipo.

Estudiantes luchó, pero tampoco pudo hacer diferencia con los tiros libres o córners, que tantos réditos le dio en el Apertura y en la Libertadores. No fue casualidad que en el torneo local 11 de los 27 goles que anotó fueron de pelota parada (seis de ellos de cabeza y dos de jugada preparada). Sin embargo, al no atacar sostenidamente, no generó foules de Barcelona. En los pocos córners que tuvo, tampoco aprovechó la defensa zonal (ocupación de los espacios sin marcas definidas) del conjunto catalán. El juego aéreo lo encontró con el gol de Boselli y la complicidad de Valdés, que se metió en su propio arco en lugar de corregir hacia delante. En el final, lo tuvo Desábato, en una de las pocas ocasiones que ganó en ataque.

Con respecto al equipo que conquistó la Copa en Brasil, no extrañó a Schiavi y sumó despliegue con Clemente Rodríguez, aunque sufrió no tener a Verón al ciento por ciento y la ida de Gastón Fernández.

Un reconocimiento para Sabella: a su planificación, independientemente de las coincidencias o de las discrepancias, a su perfil bajo, a su mensaje. El DT analiza, observa y, en función del rival, ve qué puede hacer y dónde lo puede lastimar. Sabía que Estudiantes no llegaba en condiciones óptimas y, por bajas y por lesiones, adaptó al equipo a la realidad del momento.

Sí, quedará para revisar lo debilitado que quedó el ataque ante el paso al costado de Calderón, la lesión de Morales Neumann y los irregulares Carrusca y Salgueiro. Encima Leandro González estuvo relegado y la FIFA no dejó inscribir a José Sosa. Nadie tapó el hueco que dejó la Gata Fernández. Porque allí debió improvisar con Enzo Pérez, un gran jugador que no actuó en su puesto natural. Sabella tuvo el mérito de adaptarse sobre la marcha al nuevo escenario del equipo, aunque sepa internamente que la falta de peso ofensivo fue una de las razones del traspié.

El periodista es Director técnico egresado de la Escuela Nicolás Avellaneda

cleblebidjian@lanacion.com.ar

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