Un saludable primer round entre dos equipos con vocación para jugar

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
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11 de noviembre de 2018  • 23:14

El primer round fue empate, pero al mismo tiempo resultó una pequeña victoria para el fútbol, porque la final tuvo un atrevimiento casi impropio si se recuerda todo lo hablado previamente.

Debo reconocer que tenía mis reservas sobre lo que íbamos a ver y sobre la influencia que tendrían todos los factores externos. Tal como fue vendido el partido y con el significado de tragedia que se le da culturalmente a la derrota en el fútbol argentino, la tensión podía paralizar a los jugadores por exceso de responsabilidad. Por fortuna no fue así.

Me alegró comprobar que los protagonistas no se dejaron superar por la trascendencia del encuentro, que pudieran actuar con naturalidad, y que terminara enviando a quien quiera escuchar y entender el mensaje de que es posible jugar estos partidos sin caer en esa trampa instalada de que conviene no correr riesgos. De que en estos casos se debe apelar a lo más fácil –el fervor, la lucha y la fricción–, cuando ya debería saberse que en el fútbol no hay ninguna receta infalible contra el riesgo.

Me gustó la actitud de los dos equipos, que por otro lado responde al acento nada mezquino de Guillermo y de Gallardo. Así nos encontramos con 90 minutos que tuvieron mucha vocación de juego y pocas interrupciones, mucha emoción sin que nadie perdiera el eje. Tampoco el árbitro, fenomenal en la interpretación de cada acción.

En ese panorama volvió a quedar claro que se trata de dos equipos totalmente diferentes y que se puede arribar a un mismo resultado por vías muy distintas.

Para Gallardo primero está la idea y después la disposición de los jugadores en la cancha. Tiene volantes mixtos que utiliza para varias funciones y una versatilidad táctica que aplica como instrumento para llevar adelante su idea. Esta vez plantó una línea de cinco defensores para protegerse de Wanchope y simultáneamente tener en Montiel y Casco como apoyo y salida para atacar y ensanchar la cancha con el objetivo de crear espacios interiores para Martínez, Palacios o Pratto a espaldas de los volantes locales. Su gestión fue positiva durante los primeros 20 minutos, hasta que el antídoto apareció casi por accidente.

Boca es un equipo más lineal, que empuja, que tiene fuerza, pero al que le cuesta fluir, juntar pases, crecer a partir de la pelota. Carece de pautas prefijadas y de un estilo definido para atacar. Le falta juego, le sobra eficacia. Guillermo se ha resignado a confiar en la entrega antes que en la tenencia, la pausa y el criterio para juntarse alrededor de quienes contagian fútbol; a aceptar que debe vivir de la contundencia de unos futbolistas que tienen una relación muy natural con el gol.

La final no modificó el libreto. Boca no alcanzaba a cubrir bien los espacios en el arranque, con volantes indecisos entre apoyar a Barrios o sumarse en ofensiva, y necesitaba un desdoblamiento absoluto de los dos extremos, con la fatiga que eso implica y la indecisión de los volantes. Hasta que la lesión de Pavón le permitió reacomodarse. Villa cambió entonces de banda para tapar a Montiel, Nández se abrió para hacer lo propio con Casco, los dos 9 fueron contra los tres centrales y a River ya no le resultó tan fácil el movimiento de la pelota.

El efecto fue inmediato y el gol de Ábila, su resultado más evidente. Y más allá de que el empate llegase enseguida, ahí mismo comenzó otro partido, más parejo y rico en detalles curiosos.

El de Rossi, por ejemplo, un arquero a quien el fútbol le devolvió la alegría y el protagonismo después de sufrir percances y prejuicios hasta convertirlo en una de las figuras, por su aplomo, su solidez y sus excelentes reacciones. O el de Benedetto, un goleador exquisito que tuvo el triunfo en sus pies en la última jugada y definió como cualquier mortal, sin originalidad. Pero sobre todo el de Tevez. Uno puede imaginar lo que debe significar esta final para él, por eso es destacable su actual rol en el grupo, el de apoyar y colaborar casi sin jugar, el de aportar en los pocos minutos que tiene su categoría de jugador especial.

Los hinchas de Boca se fueron de La Bombonera con cierto aire pesimista y un halo de decepción. Pero sabemos todos, incluido el público de los dos lados, que queda mucho por jugar y que cualquiera puede ganar.

También el fútbol, si repiten lo demostrado en este saludable primer round.

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