Un voto castigo a la vieja politica

Claudio Mauri
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7 de diciembre de 2009  

De River se dice que es el club de fútbol más politizado de la Argentina. Esa descripción quedó ratificada en las infartantes elecciones, con récord en cantidad de votantes. Sin embargo, el exiguo triunfo de Daniel Passarella debe interpretarse como un voto castigo a la política, al perfil tradicional del dirigente de fútbol. River, como institución, fue muy castigado y sometido a un progresivo desprestigio en esta década. El fantasma del oficialismo que sobrevoló en varias listas y la falta de renovación en algunas fórmulas, con apellidos rescatados del túnel del tiempo, ayudaron a que Passarella quedara a la vista de los socios como el reformista de los malos hábitos.

Passarella asumió el compromiso y el gran desafío de presentarse como la auténtica renovación. Lejos de un discurso articulado con una verba florida, el eslogan de campaña de Passarella fue "se acabó la joda". Suena a tolerancia cero con todos los vicios y desvíos que hace tiempo impregnaron la vida de River. Un papel similar interpretó cuando en 1994 asumió en el seleccionado para corregir las desprolijidades que, doping incluido de Maradona en el Mundial de los Estados Unidos, acabaron con el ciclo de Alfio Basile. No le fue bien porque se dedicó más a confrontar y dividir que a consensuar y a construir.

A Passarella le sobra trayectoria en el fútbol, pero no tiene experiencia en la función que le encomendaron los socios. Por temperamento y por personalidad, del Káiser cabe esperar una gestión muy presidencialista, con los riesgos y el desgaste que eso implica. Ninguno de los que lo acompañan en la lista le hace sombra. Siendo menos ídolo que Francescoli para la mayoría de los hinchas de River, se dio el gusto de vencerlo en las urnas. Passarella no tiene un carisma irresistible y le gusta pararse en el pedestal, pero estratégicamente tuvo una decisión popular muy acertada al estar codo a codo con los socios durante varias horas del sábado, mientras Francescoli practicó un ascetismo político (no estuvo en el Monumental) que lo distanció de la gente. Bajo la lluvia del mediodía había que embarrarse y Passarella fue al cruce como en su época de recio zaguero.

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