Viaje a una profunda amargura

Los jugadores y el cuerpo técnico de River no pudieron contener el dolor; Ameli y Coudet lloraron en el vestuario; el silencio dominó durante el vuelo de regreso
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29 de mayo de 2003  

Después de la derrota ante América, después del escándalo en la cancha, que incluyó agresiones de todo tipo entre los jugadores, el silencio, un profundo y doloroso silencio se apoderó de River.

La primera hora de ayer estaba a punto de consumirse en Colombia. La soledad del aeropuerto caleño agobiaba. Fue entonces cuando la zona de preembarque, con su tenue luz, se transformó en el paisaje para una postal de la amargura millonaria.

Los jugadores, el cuerpo técnico y los colaboradores se desplomaron sobre los asientos. Nadie se movía, nadie tenía ansiedad por subirse al vuelo chárter que los devolvería a Buenos Aires. El piso parecía a punto de quebrarse por la profundidad de las miradas. Los rostros, contenidos por las manos. Y Manuel Pellegrini, sentado entre la multitud, posaba sus ojos celestes sobre ningún lugar. Su mano izquierda revolvió el cabello algunas veces. Intentó mover el cuello para relajarse. Eran ejercicios sin sentido.

Ariel Garcé, uno de los expulsados, se alejó y se sentó solo. Improvisadamente, en otro rincón, apartado del grupo más nutrido, charlaban en voz baja, inaudible, Horacio Ameli y los hermanos Husain, también expulsados. Eduardo Coudet, que, como Ameli, lloró en el vestuario, se sumó luego. Cerca de ellos, Fernando Cavenaghi se acostó en varios asientos, con los brazos cubriéndole la cara.

El llamado para subir a la nave movió los cuerpos, no las almas, que seguían quebradas.

La oscuridad de la noche y del avión envolvieron a todos. Muchos trataron de dormir, casi todos los más grandes esperaron hasta que el agotamiento los venció.

Alrededor de las nueve, hora de la Argentina, el sueño empezó a diluirse y a dejarle paso a otra pesadilla: la realidad. Estaban otra vez en casa, pero lejos del espíritu con el que habían partido.

Castro: una rara explicación

"Yo estoy parado al borde de la pista, viene un balón, lo quiero parar y entonces el árbitro se equivoca y me echa. Luego vino Claudio Husain y empezó a tratarme de manera anormal. Entonces me dije: yo ya estoy echado. Y por eso aproveché, lo tomé del pelo, él reaccionó y lo expulsaron", fue la curiosa explicación que dio el entrenador de América de Cali, Fernando Castro, en Radio Continental, sobre el incidente que derivó en un tumulto generalizado y en las expulsiones de los hermanos Husain y Luis Asprilla, durante la victoria de anteanoche de su equipo sobre River por 4 a 1.

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