Y llegó la hora... desde lo más profundo liberó el festejo sagrado

La Academia empató 1-1 con Vélez y cerró las frustraciones de 35 años; un premio al esfuerzo del equipo
Claudio Mauri
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28 de diciembre de 2001  

Racing campeón. Existía ese día. No era una abstracción imposible en el tiempo. No había quedado sepultado por la paciencia infinita, no era una metáfora vacía de un club que siempre fue grande y hace mucho había sido glorioso. Ese almanaque que se engrosaba a modo de afrenta deportiva ayer detuvo su marcha para inaugurar una nueva época, para dividir la historia, para alumbrar la era que esperó más de una generación racinguista.

El archivo y la evocación remotamente pretérita ya no son los únicos motivos que le dan sentido a la gloria de la Academia. Hay un nuevo grupo de jugadores, humildes y futbolísticamente sencillos, menos impactantes que el zurdazo del Chango Cárdenas ante Celtic, quienes se encargaron de la reparación histórica y de sanar el orgullo herido.

Es inmensa y contagiosa la fiesta de Racing. Le puso el cuerpo y el alma a una celebración que se intuía cercana por el liderazgo con tres puntos de ventaja sobre River. El éxtasis desconocido llegó de la mano de un equipo ya acostumbrado a convivir con sus apuros, su juego precario y una concepción extremadamente resultadista. Si todo esto ya era evidente en los últimos partidos, ayer se incrementó por el carácter de final que tenía el partido con Vélez.

Si uno lo desmenuza, a este conjunto de Racing le podrá encontrar más de una carencia y desarreglo. El análisis se fue haciendo más riguroso a medida que Racing armaba el perfil de campeón. En descargo de este equipo habrá que consignar que se hizo cargo de una ilusión cuando en un comienzo había sido proyectado para objetivos más modestos, si bien la camiseta siempre exige mucho.

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Repasemos. Este Racing se terminó de delinear al borde del arranque del torneo. Con la llegada de varios refuerzos, ninguno que garantizase un gran salto cualitativo ni que permitiera imaginar que las soluciones se iban a concentrar en una o en un par de individualidades.

Quizá lo más inteligente del flamante campeón fue darse cuenta de que la fuerza colectiva debía convertirse en la razón de ser dentro de la cancha.

Y así lo fue. Lo recitan a coro los jugadores: “Acá no hay figuras”. No es falsa modestia. Es la realidad asumida a fuerza del corazón y los pulmones de todos, de la sobria seguridad de Campagnuolo –un pilar a lo largo de la campaña–, del caudillaje que transmite Loeschbor, del emblema de la resistencia que se encarna en Bastía, de los recortes imprevisibles de Estévez en el ataque, quizá lo único que se sale de la pauta dentro de una formación en la que la imaginación ocupa un lugar secundario.

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Racing enfrentó a Vélez con el único deseo de que el partido pasara rápido, sin importar cómo. No interesaba que fuera en medio de imprecisiones, de forcejeos, del exceso de pelotazos, de las interrupciones, de pequeñas argucias para que el cronómetro avanzara a paso vivo mientras la pelota quedaba muerta y sin muchos interesados en reanimarla.

Quedó claro que Racing puso su mira en la igualdad que le daba el pasaporte al título. Se agrupó en su campo y atacó espaciadamente y con escasos hombres. Apeló a su estilo de ataque fragmentado, ese que va ganando metros con laterales, córners e infracciones para que lluevan centros.

Y Vélez, integrado por varios pibes a los que les gusta la pelota, se lanzó a un manejo un poco más cuidadoso, pero sin encontrar canales de profundidad. Cortaba Méndez de un lado y rechazaba Loeschbor del otro; la pisaban Falcon y Gracián y atropellaban Chatruc y Maceratesi. Las pocas veces que la pelota merodeaba las áreas no lo hacía con un mensaje de peligro cierto para los arcos.

Racing fue consecuente con su imagen y se puso en ventaja con un tiro libre de Bedoya y el cabezazo goleador de Loeschbor, ante una defensa que quiso provocar el offside y la tardía reacción de Sessa.

A su mejor control de la pelota, Vélez se esmeró para darle más agilidad ofensiva. Creó algunas situaciones, mientras Racing procuraba que la excitación del momento, con el rugido de la hinchada a su espalda, no transformara su fiereza en desorden. Pero se traicionó Vitali, que en vez del despeje expeditivo intentó un gesto técnico al pasar una pelota con el pecho, que cayó en los pies del debutante Chirumbolo: 1-1. ¿Fantasmas? ¿Miedo? Algo de eso sobrevoló, pero la expulsión de Gutiérrez pareció un mensaje de alivio. Los últimos minutos tuvieron la tensión que precede a la explosión. Esa que Racing tuvo contenida durante 35 años. Esa que le permitió romper cadenas con el oscuro pasado. Racing campeón: un grito en libertad.

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