Ginóbili, Sabatini, Pareto, De Vicenzo..., y el mal paso de Messi

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
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13 de julio de 2019  • 21:33

¿Lionel Messi es argentino? Tanto como el dulce de leche. Vaya si se lo destrató en este país por ser diferente. "Messi es de los argentinos que podrían ser ingleses u holandeses. Es difícil delinear estos rasgos sin caer en los prejuicios o los clichés. Desde ese punto de vista, un argentino (o quizás habría que decir un porteño) de caricatura es un tipo prepotente, malevo, llorón, astuto, tramposo y gritón", diagnosticó alguna vez el escritor Álvaro Abós en un artículo para el diario El País, de España.

Probablemente Messi ha cuidado como nadie la marca Argentina en el mapa. Y lo hizo sin eslóganes, campañas ni poses. Siempre, con el agregado reparador de que nadie, jamás, le había escuchado un reproche ni le había visto un ademán de fastidio. Su cruzada, silenciosa, llevaba algo quijotesco. No había necesitado ser bravucón ni transgresor, rasgos que tantas veces en la Argentina parecen imprescindibles para hallar los atajos hacia la idolatría. ¿La fascinación debe incluir algún costado polémico para nuestra sociedad? Messi siempre enseñó otro camino.

Desde donde se lo observe, siempre produjo asombro. Por motivos que se escapan a la lógica, la Argentina durante demasiado tiempo observó con sospecha a Messi. Pese a que su compromiso con la selección fue incuestionable desde la cuna: eligió jugar por la Argentina cuando pudo hacerlo por España. Si su juego era atrapante para todos, su personalidad discreta abría la grieta: insulso e inexpresivo para muchos, educado y reservado para otros.

Ahora también divide, cuando acaba de mostrar un rostro desconocido. Sorprendió su repentina rebeldía. Ejemplo histórico de corrección, su discurso seguramente genuino pero apresurado, llamó la atención. Muchos festejaron la reencarnación 'maradoniana' cuando quizás solo se haya tratado de un desenfreno mal gestionado. Habrá que esperar, no se trata de sentenciar. Pero algunos se han afligido al descubrir el rostro impensado. Se atreven a discutirlo y hasta aconsejarlo. Son los que sienten que se confundió. Son los que se apenan por este paso de Messi, y no se trata de una derrota. Es algo más trascendente. "Messi no era el indicado para salir a hablar, no lo debió hacer porque la palabra de él es muy significativa y puede generarle un problema", confesó Marcelo Gallardo. "No sé si nació de él, pero más allá de hacerse cargo de una manera importante, queda expuesto. Tampoco lo cuidamos, más allá de que haya sido propia la decisión y está en todo su derecho", completó el técnico de River.

Ya no se podrá decir que no protesta, no reclama y no golpea. Puede enojarse por una derrota o por lo que considere una injusticia. Ese no es el conflicto, el tema son las formas. Y al menos esta vez, optó por los señalamientos y la descalificación. No fue prudente ni tan silencioso. Tal vez no se repita esta conducta, pero que lo arrope toda una carrera de modales y compostura, no invalida que un día se equivocó. Grandes deportistas también se encendieron y rugieron, como Maradona, Muhammad Ali o McEnroe. Y otros no abandonaron jamás la cortesía, como Ginóbili, Sabatini, Paula Pareto y Roberto De Vicenzo. Como Chris Evert o Arthur Ashe. Es más, nadie recuerda que Nadal haya arrojado una raqueta en toda su carrera.

Cerca del capitán, entienden que ha sido excepcional la situación. Que fue el vocero de un colectivo indignado ante varios atropellos. Que asumió el sentimiento de sus compañeros. Que después de recibir mil patadas en tantos años de trayectoria y nunca quejarse, un estallido no lo convertirá en otra persona. Cerca de los seleccionados juveniles argentinos lamentan este desborde.

Algunas voces, tibiamente, apuntaron en la misma dirección que Gallardo. "Querían que cante el Himno, lo cantó. Querían que proteste, protestó. Querían que se pelee con los árbitros, se peleó. Pero desgraciadamente no hizo goles. Yo me quedo con el otro Messi. A los argentinos les interesa más el exterior, lo que genere polémica en lugar de lo que es importante", destacó Néstor Gorosito. Guillermo Raed, vicepresidente 3° de la AFA, tomó riesgos, sin dudas: "Si Messi no tiene pruebas, deberá pedir disculpas". Roberto Saporiti, desde sus sabios 80 años, propuso una pausa: "Messi salió campeón del mundo juvenil, olímpico, jugó dos finales de América y fue finalista de un campeonato del mundo. Mi opinión es qué prefiero a ese Messi". Y agregó, con tono paternal: "Messi, lo invito a reflexionar. Si una palabra fue expresada en un momento especial, que todos los seres humanos tenemos, pedir disculpas es de los hombres como usted, de gran honradez y respeto a través de los años". Javier Zanetti encontró un buen resumen: "Leo no tiene que perder su esencia y tiene que seguir siendo siempre él".

Tal vez Messi es un poco víctima, también, del entorno. De la ausencia de liderazgos creíbles en la dirigencia de la AFA y en la conducción del plantel. ¿Alejandro Sabella hubiese permitido que no fuera a recibir la medalla por el tercer puesto? ¿Javier Mascherano no lo hubiese convencido de que no era la manera de actuar? Este Messi puede ser un efecto del contexto. Que muchos hinchas lo celebren es otra manera de auscultarnos. Parece increíble que se lo distinga ahora, cuando canta el Himno, acusa a la Conmebol y se involucra sin necesidad en un grotesco con Gary Medel, y se lo mantuvo bajo sospecha mientras rescató a la Argentina de varios cataclismos. Argumentaban que no ganaba nada. Ahora tampoco.

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