Rory McIlroy, el último romántico

El norirlandés de 20 años pega con una naturalidad asombrosa, a la vieja usanza; lo apuntan como candidato a llenar el vacío que dejó Tiger, retirado por tiempo indefinido
(0)
16 de diciembre de 2009  • 10:35

El drama existencial que vive Tiger Woods coloca en jaque la popularidad del golf para 2010. El gran titiritero se retiró de la actividad por tiempo indefinido y se busca urgente otro animador capaz de atrapar multitudes. O al menos que se le acerque al Nº 1. Entre los posibles candidatos para ocupar el trono, Rory McIlroy se perfila como una excelente alternativa. Lo tiene todo: juego, carisma y talento. Desde que en febrero se adjudicó el Desert Classic de Dubai, su nombre está asociado con los mejores augurios.

"Tiene ese factor X para hacer algo grande en el deporte. Sufrirá mucha presión, pero cuenta con todas las condiciones físicas a su disposición", asegura el sudafricano Trevor Immelman, campeón del Masters 2008. "Estamos viendo al próximo número uno", vaticinó el compatriota de éste, el gran Ernie Els. "Es un talento. La manera en que le pega a la pelota, en jugar con el putter, en los chips... dispone de los ingredientes para ser el mejor del mundo, no hay duda", aseguró Woods, poco antes de que cayera en desgracia con sus infidelidades.

McIlroy ya no es una apuesta a futuro. La furiosa actualidad indica que el norirlandés es el 9º en el ranking mundial con tan sólo 20 años, marca que sólo había quebrado el español Sergio García, el primero en entrometerse dentro del top ten a esa edad. Además, Rory concluyó esta temporada 2º en la Carrera de Dubai, ciudad que le sirvió de espaldarazo para confirmar sus capacidades e ilusionar aún más a sus sponsors. Su entorno y el público en general están cautivados por su desparpajo y por su swing natural, que parece guiado por el instinto de los jugadores de otras épocas.

En verdad todo es precocidad en él. A los 2 años se le registró un golpe de 40 yardas de distancia. Su primer hoyo en uno lo logró a los 9. Además, jugó su primer torneo profesional a los 16 años, en el British Masters de 2005, realizado en Forest of Arden. En el Abierto Británico de Carnoustie de 2007, aquel major donde brilló Andrés Romero, se presentó ante el mundo con una primera vuelta de 68 (-3). Y eso que todavía era un aficionado. A partir de entonces, su agencia de representación no se detuvo en pos de catapultar su imagen, más allá de que el chico ofrece entrevistas desde los 10 años.

Nació en Holywood, Irlanda del Norte. Siempre aclara que su ciudad, de 12.000 habitantes y ubicada a unos pocos kilómetros de Belfast, se escribe "con una sola ele". Es hijo único de una familia modesta. Sus padres, Gerry y Rosie, buscaron trabajos extra para pagar las clases de golf de Rory, que todavía hoy podría pasar como un hincha cualquiera del Manchester United, el club que lo conmueve desde pequeño. De hecho, jamás olvidará el campus que compartió en septiembre pasado con Sir Bobby Charlton, el mito viviente de los Red Devils. Por supuesto que en ese encuentro jugó al fútbol, su otro deporte-pasión.

Recorre los fairways balanceándose, como si se paseara despreocupado por un shopping. Es exactamente lo opuesto a la rigidez de los suecos o los alemanes en su manera de caminar y de pensar. Encima luce esos rulos indomables que rebalsan los dos costados de su gorra. Todo un tema lo de su cabellera: llegó a pasarse seis meses sin ir a la peluquería y hace unas semanas bromeó que, dentro de poco, teme ser confundido con su mascota, un perro labrador. "Puede ser que me corte el pelo cuando gane un torneo de Grand Slam; depende de lo que tarde en ganarlo", suelta.

Al menos por un día, Rory soñaría con encarnar la figura de Barack Obama. "Pero me gustaría volver a mi vida normal enseguida, porque ése debe ser un trabajo dificilísimo", sonríe. Más allá de las contingencias actuales, es un admirador de Tiger y se conoce de memoria todos los golpes que el californiano ejecutó para la conquista del Masters 97, el primer major de su carrera. "Lo veía por la tele y pensaba: ´bueno, puede ser que algún día yo consiga algo así´. Pero además valoro su humildad dentro y fuera de la cancha", apunta McIlroy, que no invierte minutos en pegarle a la pelota. Simplemente siente el golpe y se recuesta en su inspiración, por más que a veces se acelere de tan confiado que está.

Las Islas Británicas andaban a la caza de una figura con gancho y en Rory encontraron un tesoro. Su técnica, tan desprovista de estudios matemáticos, lo lleva a jugar con total frescura por cualquier campo. Y esta actitud frente al golf lo empuja a no detenerse ante nada, ni siquiera ante los ocho monstruos que hoy lo anteceden en el ranking mundial. En 2009 ya participó en los cuatro majors y se destacó en el US Open (10º) y en el PGA Championship (3º). Una temporada completa del PGA Tour lo espera en 2010. "No necesitás ser un tremendo pegador para ganar un torneo profesional del tour. La clave consiste en ser parejo y sólido semana tras semana. Esa filosofía te mantiene lejos de cometer errores estúpidos, como he cometido yo en años anteriores", aconseja McIlroy, el último romántico del golf y quizás el próximo Nº 1. Su futuro es el presente.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Deportes

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.