Gracias por el fútbol

Daniel Arcucci
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28 de agosto de 2000  

Hace unos pocos días, cuando Juan Román Riquelme había decidido protestar para que Boca le pagara por lo que su juego vale sin jugar y Ezeiza parecía la única salida posible para él, se escuchó lo que sigue: que jamás lo compraría el Milan, por ejemplo, porque por su personalidad jamás se adaptaría a vivir en aquella aristocrática ciudad del norte de Italia y por sus aparentemente lentos movimientos jamás alcanzaría el ritmo del exigente calcio.

Casi al mismo tiempo, cuando Ariel Arnaldo Ortega había arreglado su regreso a River y Ezeiza era la única puerta posible de entrada a su felicidad, también hubo cosas que decir: que vuelve, irónicamente claro, después de triunfar en Europa y que su fracaso, ya sin ironía, no hacía más que confirmar su irrecuperable condición de futbolista argentino de cabotaje.

Si cada una de estas definiciones fueran absolutamente veraces, no quedaría más remedio que caer en un dicho bien común y bien popular para calificarlas: no hay mal que por bien no venga, es posible afirmar entonces, si es cierto que estos... desechos del gran fútbol del mundo se quedaron o volvieron al nuestro, tan mal organizado y tan carente de figuras convocantes, para regalarnos una pisada, una gambeta, un toque. Una alegría.

La reaparición de Riquelme, allá en Rosario, contra Newell´s, fue un compendio de distinción futbolera sin pretensiones de demostrar nada. Porque también se dijo que el 10 de Boca se había esmerado especialmente para demostrar cuánto valía y, en realidad, cada vez que se encontró con la pelota -fueron muchas veces, la verdad- transmitió la sensación de estar haciendo todo el tiempo lo que más fácil le sale, esto es jugar y divertirse.

El... debut de Ortega, acá en el Monumental, ante Central, fue un revival de aquellos tiempos que los hinchas de River recuerdan como mejores que éstos, todavía. Porque también hubo respuestas para quienes temían -¡temían!- que tantos buenos futbolistas juntos (permítase la ironía, por favor) eran un riesgo excesivo. Quizá si aquel maravilloso equipo que había logrado conformar alguien tan poco afecto a los misterios tácticos como Alfio Basile, en Estados Unidos ´94, hubiera llegado al fin al destino que tenía escrito -el título del mundo- hoy no escandalizaría tanto un esquema como el que se animó a proponer Américo Gallego, juntando a Ortega con Pablo César Aimar, Javier Pedro Saviola y Juan Pablo Angel. En aquellos tiempos, recuerdo, un periodista italiano amigo me preguntó sobre el sistema de Basile. "Cuatro, dos, dos, dos", le escribí en un papel. "Ma, che cosa é questa?", me increpó, casi, entendiendo el español en birome y descreyendo de la estrategia del Coco. "Simeone-Redondo, Balbo-Maradona, Caniggia-Batistuta", le traduje la parte del esquema que menos entendía a los nombres. "Ah", contestó entonces él, doblegado ante los ejecutores. Lo otro, aquello de que Riquelme y Ortega pueden jugar aquí y no en otro lado, es posible que sea cierto. Más puntual y respetable todavía deber ser que no puedan vivir en otra parte. Esa elección sí que no deja resquicio alguno para la discusión: es personal y nadie tiene más derecho que ellos mismos.

La controversia que sí se permite es la futbolera. Y así como a estos talentosos, que por suerte siguen pisando nuestras pobres canchas, hay que decirles gracias por el fútbol, lo que ellos producen en sus equipos abre otro debate: el de las diferencias que marcan, en conjunto, los equipos a los que pertenecen. Hoy por hoy, River y Boca, con Ortega y con Riquelme entre otros, juegan un campeonato aparte. El del fútbol argentino, que no admite más que a ellos dos en la pelea.

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