Habrá que seguir orejeando...

Por Enrique Macaya Marquez Especial para La Nación Deportiva
Por Enrique Macaya Marquez Especial para La Nación Deportiva
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29 de agosto de 2000  

En el último fin de semana se destacaron dos aspectos que si bien están directamente vinculados con el desarrollo del juego y el resultado de un encuentro, difieren en lo que se emparienta con los actores. Por un lado, los graves errores de algunos árbitros, errores que vuelven a ser preocupantes en la medida en que no fueron un producto de diferencias de apreciación o equivocaciones por centímetros. Han sido, algunos de ellos, sumamente groseros. En momentos en que nuestro fútbol profesional ha dejado de ser, lamentablemente, un pasatiempo, una oportunidad para divertirse, y se ha convertido en un ganar-perder diabólico.

Los arbitrajes deben estar de acuerdo con la exigencia que tolera cada vez menos equivocaciones y requiere de los jueces un altísimo porcentaje de aciertos en la conducción. Lamentablemente, ha quedado la sensación de que los jugadores que se mueven dentro y fuera del reglamento están superando a quienes son los responsables de la aplicación de la ley.

El espíritu del juego limpio ha sido quebrantado y se conforma con no dañar físicamente al adversario. De allí en más pareciera que todo vale y que los árbitros de hoy, de ahora, no terminan de adecuarse a la demanda.

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El otro aspecto lo configuran las victorias de Boca y River. Por la respuesta futbolística y la calidad de la producción. Lo de Boca, aparentemente comprometido en su calidad de visitante, resuelto con amplitud, con ventajas claras en el desarrollo y un juego compacto, eficaz, que fue transformando en fácil lo que se suponía complicado.

Lo de River, montado sobre una gran expectativa derivada del regreso de Ortega, da la posibilidad de soñar con una interrelación que con primeros actores como Saviola, Angel y Aimar, le otorgan al equipo todo lo que el aficionado pretende. Belleza y eficiencia. Alta calidad técnica y poderosa definición.

A diferencia de un Boca que guarda sus secretos en la brillante sobriedad de algunos jugadores y en la expuesta calidad técnica de otros, como Riquelme, River puso en escena una fórmula nueva con un componente que, al menos el domingo, supo revitalizar el ya conocido poderío ofensivo del equipo.

Aquí obligadamente hay que intentar un análisis. Pues el mismo Gallego se apresuró a manejar la posibilidad de jugar con distintas estructuras tácticas según lo exijan las circunstancias. Más allá de lo que puede entenderse como una inteligente actitud del técnico, también puede leerse parte de una verdad. Porque no siempre River contará con la ventaja de enfrentar a un contrario que siempre fue sorprendido y que nunca encontró las respuestas adecuadas. La generosa contribución del entorno, creando un clima especial por la reaparición de Ortega, el altísimo rendimiento del equipo y la ventaja de saber explotar condiciones de un campo propicio para las características de Angel, Saviola, Aimar y Ortega terminaron por redondear una actuación sumamente positiva.

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No se puede ignorar que en el fútbol argentino pocas veces, casi nunca, los partidos se juegan once contra once. Y en este reparto River tiene una capacidad diferente y superior en los sectores donde se busca y se encuentra la definición. Hay situaciones que aún siguen abriendo interrogantes: la actitud de otros adversarios, la decisión de otros rivales, la posibilidad de sostener un nivel que el domingo llegó a momentos brillantes. Habrá que seguir orejeando... porque en la baraja se ve la pinta...

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