Igual que en Brands Hatch

Por Alfredo Parga Especial para La Nación
Por Alfredo Parga Especial para La Nación
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31 de agosto de 2000  

La película del domingo había sido estrenada el 16 de julio de 1978, en uno de los circuitos más hermosos que conocí en el mundo: Brands Hatch. Se corría el GP de Inglaterra. El rezagado de entonces era Bruno Giacommelli, sentado en un hinchado McLaren M26, uno de los autos de carrera más feos de todos los tiempos. Por adentro perseguía Carlos Reutemann, con una T3 de Ferrari. Por afuera enseñaba el camino el computer Niki Lauda con el Brabahm-Alfa. La roja de Maranello pisaba la sombra del coche del austríaco;era como decir una sola sombra. Así, durante 15 largas vueltas...

Al ver la inmovilidad de Zonta, imagino que encogido en el volante del BAR, y Schumacher tirándose por afuera, me hizo volver a ver a Lauda. Por adentro, casi angostando su McLaren, Hakkinen revivía a Carlos colándose mientras Zonta debía congelar hasta sus pensamientos. Todo igual en la jugada. El puntero perdiendo la carrera; el perseguidor pasando a ganarla. Una carrera definida por decisión. Autoridad. Aquello que dicen que hay que tener para ganar. En Brands Hatch 78 se lo vi a Carlos. El domingo fue atributo de Hakkinen.

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Entre una y otra cosa corrieron más de 22 años. Aquellas carreras, las de los años 70, se rodeaban de expectativas que mezclaban, como en cualquier cóctel, todo lo que pueden tener los hombres y las máquinas. Ferrari había dejado de ser a partir de la introducción del cambio de las cubiertas que Reutemann resistía hasta lo insoportable, anticipándose a la debacle que estallaría al concluir la temporada.

La F1 tenía en el Lotus-Ford 79 el coche por batir. Pero aquel día, en Brands Hatch, curiosamente los motores de Andretti y de Peterson estallaban uno detrás de otro. Y la carrera, que como los anteriores se estimaba aburrida repentinamente se abría en preciso abanico para las pretensiones de todos los lebreles porque, ausentes los zorros, los perros podían disfrutar de una casa distinta.

Para que Reutemann moderara su protesta, la empresa francesa constructora de cubiertas había intensificado febrilmente sus experiencias y aquel día el argentino se sentía repentinamente bien calzado. Como no lo había estado antes. Su Ferrari peleaba entonces con el Brabham de Lauda, casi al mismo nivel. Y por la maniobra de adelantamiento del argentino -que el domingo último parecía calcar un piloto finlandés que no vio correr a Reutemann, seguramente- el GP de Inglaterra conmovía al flemático público británico que se desentendía de la almidonada conducta cubierta de ceremonioso perfil para tirar al aire cuanto tenía en las manos, celebrando el precioso momento que servía para retribuir largamente el importe abonado por la entrada. Proporcionándole, de paso, al más famoso ilustrador de la categoría -Michael Turner- el motivo para pintar un episodio singular inolvidable.

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Reutemann recuerda hoy, todavía, que Lauda acusaba el impacto. "Lo vi conmovido. Como no lo había visto nunca. El no se imaginaba que yo podía ganarle aquella carrera. Creo que todavía hoy se está preguntando por qué dudó en el momento decisivo. ¿Cómo era posible que él dudara?

Aquello fue en Inglaterra. Lo de Brands Hatch no influía en el campeonato que ganaba Andretti sin mucho mérito. Lo de Spa desconozco hasta dónde podrá influir. La evidencia que tengo es que la historia se repite. Y que la realidad hizo añicos a la ficción, una vez más. Nada menos.

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