La Argentina debuta en Francia 2019: el regreso a la elite en el Mundial de las reivindicaciones

Crédito: Prensa AFA
Ayelén Pujol
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10 de junio de 2019  • 09:07

PARÍS.- En la patisserie hay una croissant tentadora: tiene un brillo perfecto, una curvatura que se observa crocante en los dos extremos y una textura hojaldrada. Son las 3 de la tarde en la zona de Villenueve-Saint Georges, en las afueras de París, y la gente se mueve al ritmo de un día cualquiera: aquí nadie parece saber que en el país se está jugando un Mundial. Tampoco en la Ilé de la Cité, en el medio del río Sena, con Notre Dame intentando renacer de las cenizas, y con los miles y miles de turistas que disparan fotos sin parar en una ciudad que recibe más de 30 millones de visitantes por año.

Sin embargo, el partido inaugural entre Francia y Corea mostró un Parque de los Príncipes repleto. Esta es una de las grandes victorias de los últimos tiempos de las futbolistas: demostrar que llenan estadios y que eso de que "el fútbol femenino no le importa a nadie" es un mito que es parte del pasado.

Aquí y ahora completaron de hinchas un estadio mundialista por antonomasia: los varones jugaron los Mundiales de 1938 y 1998 en esta cancha; y en el presente estas jugadoras -todas las de este torneo- le dieron inicio, además, a la Copa del Mundo de las reivindicaciones. ¿Quiénes más que ellas para hacer la revolución de los botines?

Las leyendas del Mayo de 1968 no se leen por las calles parisinas, pero podrían decorarlas: "Prohibido prohibir"; "Nosotros somos el poder"; "Rompamos los viejos engranajes"; "Seamos realistas, pidamos lo imposible". Francia 2019 puede ser un Mundial que marque un antes y un después para el fútbol femenino. Ruth Bravo, la subcapitana de la selección argentina, contó que la ataban a un árbol para que no se acercara a la cancha del barrio San Remo de Salta, donde vivía. No la querían ahí: ese era un terreno para varones y ella era superior a todos con una pelota. Vanina Correa, la arquera que es mamá de mellizos, dejó el fútbol durante seis años harta del destrato: de usar ropa que descartaban los varones y le quedaba enorme, del gasto físico y económico que le implicaba dedicarse a lo que amaba. A Estefanía Banini, la 10 del equipo, su mamá y su papá quisieron convencerla de que practicara otro deporte: básquet, hockey, voleibol.

Desde el inicio de la historia, el fútbol fue un lugar prohibido para las mujeres: en Francia, cada equipo y en cada una de las seis sedes de este campeonato, todas -absolutamente todas- quieren terminar con eso.

Prohibido prohibir es un lema que subyace, por ejemplo, en el spot de la selección alemana, ocho veces campeona de Europa y con un Mundial en su haber: "No tenemos pelotas pero sabemos cómo usarlas". Entre 1955 y 1970 el fútbol estuvo vetado allí porque fue considerado "ajeno a la naturaleza femenina". Cuando Alemania ganó la Eurocopa en 1989, el premio fue un juego de tazas de café, con un diseño floral.

La selección estadounidense inició una demanda judicial por discriminación de género contra la Federación de su país: firmado por 28 jugadoras, es un documento a través del cual reclaman igualdad salarial y condiciones de entrenamiento como las de los varones.

En tanto, las jugadoras chilenas disputarán su primer Mundial tras un proceso clasificatorio que es fruto del esfuerzo de las propias jugadoras. Después de dos años sin competir y habiendo desaparecido del ranking de la FIFA, abandonadas por la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP), las futbolistas crearon un sindicato (ANJUFF). Así, empujaron para organizar la Copa América 2018, terminaron segundas y lograron el boleto a Francia. ¿Su deseo? Ser consideradas como trabajadoras, que les otorguen condiciones dignas de entrenamiento y poder trabajar en un proyecto que incluya la creación de divisiones inferiores.

Aldana Cometti y el entrenador Carlos Borrello, en París
Aldana Cometti y el entrenador Carlos Borrello, en París Fuente: Reuters

En la tierra de Simone de Bouveair los deseos trascienden la pelota de fútbol. En rigor: los acompañan. Para jugar mejor hay que romper cadenas que atrasan. ¿Quien acaso puede hacer goles o inventar jugadas hermosas con grilletes en los pies?

La selección argentina está alojada en el Hotel Meliá, a pasos de la estación de metro Esplanada de La Defense, poco antes del barrio La Defense, una zona tan moderna que es comparada con la City de Londres. Está integrada por hoteles de lujo, rascacielos y militares o policías armados que caminan por acá de un lado para el otro. Resulta llamativo: no se ven tantos en otros barrios.

Si bien la FIFA ya anunció que hay un millón de entradas vendidas para todo el torneo (y el contador sigue andando, 20 de los 52 partidos ya están agotados) todavía quedan tickets para el partido del debut, contra Japón, que oscilan entre los 9 y los 30 euros. "Nosotras somos fuertes en lo táctico y lo de ellas es mucho más físico. Ya estamos preparadas para que llegue la hora del partido", dijo la delantera Milagros Menéndez, después del entrenamiento en el estadio olímpico Yves Du Manoir, en Colombes.

Florencia Bonsegundo, volante que aporta creatividad -una que también colabora con eso de la imaginación para tomar el poder- contó que está viviendo un sueño. "Hace mucho que venimos trabajando para estar acá. Nos tocaron tres equipos muy difíciles en el grupo. Japón e Inglaterra, por ejemplo, son potencias, subcampeonas y terceras en el último Mundial. Nosotras sabemos que en estos partidos se juega lo deportivo pero también lo social, sobre todo en Argentina. Necesitamos que cambien muchas cosas, como ya está pasando. Este es el comienzo y ojalá sigamos así".

El Mundial que marcará un antes y un después ya comenzó. El diario inglés The Guardian publicó que la FIFA tiene un récord de 206 titulares de derechos de transmisión, incluida la BBC, que ofrece cobertura en vivo de todos los partidos. La entidad madre del fútbol aumentó este año el premio en efectivo para las chicas: será de 30 millones de dólares, el doble de lo que entregaron en las finales de 2015 en Canadá. Por supuesto, no es comparable a lo que perciben los hombres.

Las futbolistas buscan dar un paso para transformar su realidad. Quieren que las conozcan por sus nombres porque lo que no se nombra, no existe. Quieren que no les digan más "varoneras", "machonas", "Carlitos". Que no las manden a lavar los platos. Quieren ser consideradas trabajadoras y tener condiciones dignas de entrenamiento. Que sean los clubes o las marcas quienes les paguen sus botines para no jugar con calzado viejo. Quieren ropa para ellas y no usar lo que sobra. Pero sobre todo anhelan que todo esto se concrete para que el futuro sea mejor: para que de ahora en más cualquier mujer del planeta pueda jugar al fútbol con libertad.

"Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche", dijo alguna vez el escritor Edgar Allan Poe. Aquí, en Francia, las mentes de las futbolistas vuelan durante las 24 horas.

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