La Argentina es finalista por dura y rebelde

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
La Argentina se clasificó para la quinta definición en la historia al vencer a Holanda en la definición por penales, tras el 0-0 en 120 minutos; Romero, la figura, atajó dos; el equipo se afirma en una identidad combativa, más sólida y menos vuelo en ataque
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9 de julio de 2014  • 23:56

SAN PABLO.- De rebelde alcanzó la final. De porfiada y tenaz. De convencida de que ese era su destino y ni la rocosa Holanda la iba a apartar. Cumplió con su idea fija, con su misión impostergable. Dura es esta Argentina , como la cabeza de Mascherano , que recibió un golpe en la cabeza como para causarle una conmoción cerebral y siguió jugando porque el corazón lo tenía intacto, le seguía bombeando sangre guerrera. Dura como la mandíbula de Zabaleta, que de un choque con Kuyt le quedó como si se hubiera cruzado con Mayweather. A morder una gasa y a seguir jugando, que la batalla necesitaba de todos los soldados, aunque estuvieran heridos y extenuados. Dura como ese brazo vendado de Biglia, que se retuerce de dolor tras un topetazo con Clasie, pero ni se le ocurre abandonar.

En el Itaquerao, un nombre que al pronunciarlo hasta se le encuentra alguna resonancia belicista, se disputó una batalla, no violenta ni con mala intención, pero sí muy táctica, áspera, de choque repetido, de conquista por cada centímetro del campo como si fuera la tierra prometida.

En capacidad de sufrimiento no le gana nadie a esta Argentina. Quedó demostrado una vez, como en anteriores partidos. Y de fútbol anda corta, pero tampoco se encontró con algún rival que la haya superado en ese rubro, en el que Alemania impresiona con su juego académico. Ese es el Everest que le espera el domingo en el Maracaná, pero no es menor que ya haya hecho cima con una final.

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El seleccionado que llegó al Mundial con la etiqueta de los Cuatro Fantásticos y un poder ofensivo que era la envidia de todos sigue adelante porque encontró la manera de ser un bloque compacto en defensa, de juntar esas líneas separadas que tanto desvelaban a Sabella, de dar un paso atrá y ser más selectivo en los ataques. Del golpe por golpe al estudio, el cálculo y la especulación. La Argentina no juega con una sonrisa, es seria. Por cada caricia que le niega a la pelota aprieta los dientes con más fuerza. Apechuga, resiste y asalta.

Antes del Mundial, desde estas líneas se aventuró que Sabella no es la clase de técnico de morir con las botas puestas, por aquello de mantener a los Cuatro Fantásticos contra viento y marea. Es de elegir calzado para cada ocasión. Y las circunstancias, las lesiones y su buen ojo lo llevaron a dar con esta horma que no muchos hubieran aventurado hasta hace unas semanas. Con la elección de Demichelis para darle seguridad y aplomo a una zaga central que tiene en Garay a uno de los mejores del Mundial en su puesto. Con Biglia levantando junto con Mascherano una aduana en la que quedan muchas pelotas. Con Enzo Pérez sumándose a la causa con solidaridad y sentido colectivo para cubrir la sensible baja de Di María.

Esta Argentina dependiente de Messi es capaz de sobrevivir a una noche apagada de Leo, y con poca compañía, que también hay que decirlo. El equipo, guste más o menos, fue apareciendo mientras fue superando etapas con un aporte individual decisivo por encuentro. Primero fue Messi, después se sumó Di María, otra tarde fue Higuaín y ayer fue el turno de Romero, este arquero sin continuidad en Mónaco que, en vez de olvidarse de atajar, acumuló ganas para demostrar su valía.

La semifinal fue fea para ojos imparciales y un parto para los que la siguieron con algún interés en particular. Una partida de ajedrez, con tablas constantes. Mucho estudio, poco atrevimiento. Con parejas: De Jong siguiendo a Messi, Sneijder tapando a Biglia. Fue un partido de defensores, sobre todo de los zagueros centrales, que impusieron condiciones. Notable la actuación de Vlaar en el anticipo y en el corte. Imponentes Garay y Demichelis. En ese contexto, era lógico que las ocasiones de gol escasearan. Holanda tenía un gran despliegue, pero poca creatividad para encontrar a Robben y Van Persie. Los ingresos de Palacio y Agüero suponían una mayor agresividad ofensiva que no fue tal, si bien el delantero de Inter resolvió mal con un cabezazo débil la situación más clara de los 120 minutos. El destino de los penales era inexorable. Situación límite para esta Argentina que no siente vértigo, especialista en salir con vida cada vez que está entre la espada y la pared.

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