La bronca como motor del envión

Ariel Ruya
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15 de mayo de 2016  

Un confidente cuenta lo que ve, lo que escucha. "Nunca, pero nunca, vi a los jugadores tan dolidos, con una bronca insoportable. Hubo derrotas, hubo tristeza después de otros partidos. Pero esto, esto que pasa, no lo viví jamás". Los ojos detrás de esos ojos descubren esa otra realidad: Jaguares es un mejor equipo que tiempo atrás; mucho mejor, en realidad; trastabilla por historias mínimas que dejan huella. Las caídas son aprendizajes, siempre lo son. Pero hoy, ahora mismo, son tomadas con una energía inspiradora. El dolor como motor, como envión anímico. El equipo argentino se alimenta de la rabia del presente, para contagiar el espíritu de lo que pretende ser. Y está cerca, más cerca que nunca.

No hay que ser un especialista para entenderlo: durante la primera mitad, en ventaja 14-6, estuvo a tiro de un try que habría provocado un shock de confianza ilimitado. No bajó los brazos, no cayó en la trampa del pesimismo. Porque su juego era mejor que el de un adversario con quilates, dispuesto a la destrucción, enemigo del movimiento y de la valentía. Los Jaguares tomaron nota: tienen individuales de jerarquía y, sobre todo, desprecian las derrotas dignas. Se nota en sus cuerpos magullados en el campo, se nota en sus rostros cuando cuentan del dolor. No buscan excusas viscerales en el arbitraje: de pequeños saben que la autoridad no ofrece blancos dóciles para la exclusiva responsabilidad. La primera experiencia en el Super Rugby es adversa en resultados, pero arrastra una lección reparadora: el enfado a modo de impulso, enemigo del conformismo.

Por: Ariel Ruya

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