La copa linda y deseada por Messi se le transformó en la peor pesadilla

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
Messi, brazos en jarra, no le encuentra explicación a la eliminación
Messi, brazos en jarra, no le encuentra explicación a la eliminación Fuente: AFP
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7 de mayo de 2019  • 19:20

Lionel Messi corriendo de atrás a Fabinho hasta cometerle una falta que hubiera merecido una tarjeta amarilla. Iban tres de los cinco minutos de descuento y la escena retrataba la hecatombe de Barcelona y la impotencia de su capitán y figura. El mundo al revés, tan dado vuelta como quedó Barcelona en Anfield Road, un escenario volcánico por naturaleza y al que le sobraban razones para arder con un 4-0 de Liverpool que va derecho a engrandecer la leyenda del club.

"Esa copa tan linda y deseaba", como la describió Messi a la Orejona de la Champions League a principios de la temporada, cuando debió hablarle al Camp Nou como nuevo capitán, se transformó otra vez en una pesadilla, en una frustración profunda, una tristeza que no se irá de un día para el otro y que no se atenúa con el título de la Liga ni con ganar la final de la Copa del Rey frente a Valencia.

El desplome pareció una réplica del 3-0 de la última temporada ante Roma. Sin respuestas en la cancha ni desde el banco con las correcciones que intentó Ernesto Valverde. Otra vez la incapacidad para gestionar de visitante una amplia ventaja de local. Un equipo que se va desintegrando, que empieza concediendo goles por errores individuales (Jordi Alba tuvo noche fatal en defensa con errores en dos goles) y espiritualmente quebrado, sin reacción. El cuarto gol, el de la clasificación de Liverpool a la final, es el reflejo de un Barcelona ausente, insólito, en Babia: quedó desacomodado por un amago de Alexander-Arnold cuando iba a ejecutar un córner. El lateral simuló que le dejaba el tiro a un compañero y lo terminó haciendo mientras todo Barcelona miraba para otro lado. Origi tuvo más comodidades que en un jardín de infantes para definir.

Un estupendo Messi fue suficiente en el Camp Nou. Un Messi pésimamente acompañado no alcanzó para evitar la debacle. Barcelona dependió exclusivamente del argentino, con Luis Suárez y Coutinho desaparecidos –dos ex Liverpool que parecieron sobrepasados por la efervescencia del ambiente–, sin ayuda de los volantes ni de los laterales. Ante los ataques en oleadas de Liverpool, Messi quedó como un náufrago, y aun así generó las dos situaciones más claras: puso a Coutinho y a Alba cara a cara con Allison, vencedor en ambos duelos. Un par de remates desviados, un tiro libre en la barrera y uno que le tapó el arquero fue el registro en la planilla de Messi, que en el final se lo vio tan incrédulo de lo que sucedía e indolente como el resto del equipo.

Un equipo autodestructivo

Aquella última jugada del miércoles pasado, cuando Messi le sirvió el gol a Dembelé, que definió con la debilidad de un niño, parecía una anécdota insignificante en medio del 3-0. Este martes cobró un significado superlativo aquel despilfarro, aunque el Barça dio la impresión de ser tan autodestructivo en la noche inglesa que quizá no le hubiera alcanzado ninguna ventaja precedente.

Barcelona no pudo pasar con un 3-0 a favor y con Messi en la cancha. Lo consiguió Liverpool, sin Salah ni Firmino (entre ambos suman 40 goles en la temporada), con el ingreso en el segundo tiempo del volante Wijnaldum, que en el Camp Nou no funcionó como falso N° 9, y en Anfield definió dos goles como si fuera un artillero consumado. Dos tantos de Origi, el centro-delantero belga que hasta ayer había convertido cuatro en los 475 minutos que disputó en la temporada, y dos del holandés Wijnaldum, que tenía tres en todo el curso. Del actual mejor tridente de Europa sólo estuvo el vertiginoso Mané, que en la temporada acumula 24 festejos.

Messi terminará como goleador de la Champions, con 12. No le servirá de consuelo, despreciará esa estadística. Su Barcelona, que hasta este martes apenas había recibido seis goles (sólo uno en la etapa de play-off), fue un flan: le entraron cuatro en 80 minutos con una facilidad increíble.

Messi queda tocado en su orgullo y en su ambición. Como ya pasó en otras situaciones parecidas a esta, harán oír su voz los que le reclaman un liderazgo visceral para atravesar situaciones críticas, una descarga de adrenalina para sacudir la abulia del resto. Su mayor influencia siempre fue futbolística, contagia con la pelota en los pies y la cabeza pensando las jugadas un segundo antes que todos los demás. De eso hubo algo en Anfield Road, bastante menos que otras veces, es cierto, tanto como que sus compañeros parecieron no enterarse de nada.

En las últimas siete eliminaciones en la Champions, Barcelona se quedó en cero de visitante: 0-1 vs. Chelsea, 0-3 vs. Bayern Munich, 0-1 vs. Atlético de Madrid, 0-2 vs. Atlético de Madrid, 0-3 vs. Juventus, 0-3 vs. Roma y 0-4 vs. Liverpool. Con estos antecedentes, cuando Liverpool se puso en ventaja a los seis minutos, asomaron los fantasmas. Cuando entre los 9 y los 11 llegaron el segundo y el tercero, el pánico fue el paso previo al desastre que se concretó a 11 minutos del final.

Messi y Barcelona cometieron el mismo pecado que en la temporada pasada. Por tener la Champions entre ceja y ceja y por ser una experiencia repetida, esta debe de haber sido la peor amargura de Leo con la camiseta blaugrana. A la altura de varias de las que padeció con la selección argentina. Lecciones que no se terminan de aprender. En ambos lados, hay partidos que gana él solo. No siempre puede ser así en un deporte colectivo. Lo más lógico es que las hazañas sean de un equipo, de un equipazo como lo fue Liverpool.

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