La elección en manos de un vicepresidente: vaya paradoja argentina

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
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20 de noviembre de 2019  • 23:25

Alguna vez algún famoso relator de fútbol llamó torero a Juan Román Riquelme. Partido a partido. Era una forma de ensalzarlo. Hacía referencia a su capacidad en cuanto a los reflejos. Un manto rojo podía suponer cualquier amago o desplante a su favor contra aquel que quisiera embestirlo con la fuerza de, precisamente, un toro. Adivinaba la jugada del rival con el rabillo del ojo. El famoso Nº 10 de Boca toda su vida reaccionó así: con un amague o una gambeta contra el resoplido más furioso. Para la historia quedara el engaño más famoso del fútbol: el caño a Carlos Izquierdoz, por entonces en Lanús, sin siquiera tomar la pelota. Fue su despedida. Acaso, su inmortalidad. Casi un ilusionista.

Bien pueden interpretarse así las elecciones de Boca. A capa y espada. Tal vez, con un matador mediante. Sí, claro, un torero. Riquelme. Todas las listas se disputaron a Riquelme. El matador. El as de espadas. La carta fuerte. Cualquiera que tuviera en su lista al último gran emblema xeneize podría, virtualmente, considerarse ganador. Y a no dudarlo: Jorge Amor Ameal dio un paso fundamental hacia la presidencia de Boca con Román como vicepresidente segundo, detrás de otro nombre ilustre: Mario Pergolini. La jugada se veía venir.

Riquelme, más allá de cualquier movimiento distractorio, nada tenía que ver con la lista residual de Daniel Angelici. Nada. Eran como el aceite y el agua, pese a los lugares comunes. El actual presidente fue el tesorero que, en la gestión Macri, se negó a renovarle el contrato en nombre la salud financiera de los xeneizes. Angelici terminó renunciando. Es más, Román, habitualmente memorioso, pese a las últimas declaraciones conciliatorias en busca de un buen final para su partido despedida, siempre fue crítico de la gestión institucional y deportiva.

Juega. Riquelme siempre juega. Y, a la luz de los hechos, suele ser el más inteligente de todos. Incluso, aunque pocos podrán notarlo, para desafiar a Marcerlo Gallardo en el mejor momento de River, a punto de jugar la final con Flamengo, que para los millonarios significaría la quinta Copa Libertadores en su historia.

Riquelme hizo lo que todos le pedían: movió su ficha. Para él, el fútbol siempre fue mucho más importante desde la cabeza que desde el físico. Y lo logró. Otra vez. Vaya paradoja para la Argentina. Una elección podrá definirse a partir de una vicepresidencia. Y sí... Boca es un pequeño país.

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