La hora del gran salto internacional

Por Fernando Pedersen
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31 de diciembre de 2001  

El golf dio un salto de calidad en la alta competencia internacional y siguió con la misma tónica del resto de las disciplinas en la evaluación de la actividad interna. Las luces que llegaban desde afuera se opacaron demasiado aquí y el balance que asomaba brillante sólo alcanzó a tener una inclinación positiva.

Fue el año del gran salto en el exterior y de una golpeada situación dentro de nuestro país, que necesitará un fuerte impulso para revertir la tendencia. Un efecto dominó. Cualquier figura podría acercarse a una descripción acertada de la sucesión de éxitos consumada por los profesionales argentinos en una temporada sorprendente en el campo internacional.

Esa corriente ganadora, que arrancó en los primeros meses del año con Angel Cabrera en un Abierto de la República con sello del Tour Europeo, tal vez originó un saludable e inconsciente contagio, que terminó con cuatro festejos más en el transcurso del año.

Cabrera pudo y seguramente Ricardo González se dijo que él también, por qué no. Y se despertó en los Alpes suizos. El mismo pensamiento habrá invadido a Jorge Berendt pocos días después, para armarse de coraje y pegar su primer grito grande en Cannes.

Pero aunque formó parte de la formidable serie, lo que produjo José Cóceres se robó el centro de la escena; primero generó asombro y después ese reconocimiento que de alguna manera desvelaba por su ausencia a ese personaje controvertido y querible que encarna el chaqueño. Una victoria nacional en el PGA Tour después de 33 años parecía la obra cumbre de José; sus aspiraciones colmadas en aquel desempate infartante con Mayfair, en Hilton Head.

Sin embargo, el hombre sencillo de La Verde tenía reservado otro impacto para cerrar el año y volver a sacudir nuestra capacidad de asombro. Otra vez esa funda de almohada garabateada de apuro, que se convirtió en el sencillo y cálido símbolo de sus victorias, flameó ante los norteamericanos. Pero esta vez, en Salt Lake Buena Vista, el que lo miraba derrotado era Davis Love III. Y entre los muchos que no pudieron con su juego esa semana se contaba el mismísimo Tigre Woods. El mismo que en abril último consumó la hazaña de ganar en Augusta su cuarto Major consecutivo; el mismo que ganó cinco campeonatos y casi seis millones de dólares en estos doce meses.

En ese nivel de competencia y con ese tipo de adversarios se metió Cóceres y salió airoso. Dejando la sensación de que nada es imposible.

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