Las claves de un River-Boca de entrecasa que lucha contra la devaluación

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Boca y River comienzan la serie de encuentros por Superliga y Libertadores
Boca y River comienzan la serie de encuentros por Superliga y Libertadores Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
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31 de agosto de 2019  • 23:40

Se juega el River-Boca por la Superliga y me lleno de interrogantes. Los gigantescos operativos de seguridad, el micro blindado, el lenguaje del odio, del revanchismo y la rivalidad mal entendida me cuestionan si vamos a asistir a una fiesta popular, a un hecho cultural o a un suceso policial.

Por otro lado, la exaltación de la Copa Libertadores como meta obsesiva, la glorificación de la inmediatez, estimulada por el mundo del negocio y el deseo de los hinchas, me hacen dudar sobre el valor, el prestigio y la vigencia de un clásico que en el contexto de un torneo argentino devaluado se va empequeñeciendo lentamente.

Y por último, las decisiones de los entrenadores en función de la comprensión de esta nueva realidad llevan a preguntarme dónde queda el contenido futbolístico en medio de todas estas confrontaciones.

Gustavo Alfaro dio una pauta sobre este último punto el miércoles pasado. Más allá de que no le haya salido bien (las lesiones son accidentes que pueden ocurrir en cualquier momento), el hecho de haber utilizado futbolistas que él considera titulares en un partido no tan relevante y con la serie casi definida invita a pensar que ya ha incorporado la idea de que la Libertadores lo es todo. O por lo menos, es más que un superclásico que no decide nada sustancial en la 5ª fecha del campeonato.

La dimensión que los entrenadores le den al partido de esta tarde determinará su rumbo. Parece sensato imaginar un Boca que espere, asentado en la seguridad defensiva alcanzada en estos tiempos (relativa, porque los rivales le llegan bastante y Andrada es la figura del equipo) y en la importancia que le da al orden y a los espacios, sin duda por encima de la que le otorga a la pelota, la secuencia de pases o la elaboración. Del mismo modo que se puede suponer un River que, incluso cambiando algunos matices, nunca renuncia a tomar las riendas y ser dominante, a partir de la recuperación adelantada, la agresividad, el anticipo, el afán por jugar en campo rival y ser ofensivo en todo momento. La ausencia de varios hombres lesionados por el lado de Boca y el regreso de Enzo Pérez, que le brinda al River de Marcelo Gallardo mejores opciones en la salida desde atrás, acentúan esta impresión.

El encuentro del Monumental, en todo caso, cuenta con otros factores igual de interesantes. Todavía está reciente en la memoria la final de Madrid y el futuro inmediato anuncia otro choque en las semifinales de la Copa. La cuestión psicológica juega entonces un papel a tener en cuenta.

Lo ocurrido en el Bernabéu, y también algunos episodios anteriores, dejaron en el aire cuestiones intangibles, difíciles de traducir en palabras. River utiliza lo hecho en estos años como un combustible mental que lo retroalimenta. El presente ciclo le ha dado una fortaleza que le permite jugar más sereno, sin deudas, sin urgencias, sin nada más que complacer la ambición normal de sus hinchas. La paz interior le brinda la posibilidad de pensar mejor en los muchos momentos límite que se presentan en 90 minutos. Solo hay que ver el comportamiento del equipo cuando recibe un gol o las cosas no funcionan. No se vuelve loco, no pierde los papeles, no abandona las consignas, no suelta el partido, espera su momento sabiendo que va a llegar. Y si no llega y pierde, cuenta con la tranquilidad de un proyecto que lo respalda y el replanteo después de una eventual derrota no tendría muchas preguntas que responder.

Boca vive un momento distinto. Ha jugado buenos partidos apoyado en el pragmatismo extremo y en la solvencia defensiva, con la salvedad de que ha enfrentado a rivales de escaso poderío atacante. En ese sentido, River es "el" examen, y si no lo supera, si no juega bien, el efecto negativo del tropiezo sería mayor. Básicamente, porque juega con las presiones y la obligación que, sobre todo en el histérico fútbol nuestro, generan el hecho de no haber cumplido con la exigencia del hincha y de la camiseta.

En todo caso, un entrenador y un grupo de jugadores no pueden entrar en esa vorágine. Un equipo de fútbol es un diagnóstico permanente. Cualquiera puede perder un partido y hay un mundo exterior donde hay repercusiones que afrontar. Pero al mismo tiempo existe una realidad futbolística, que es donde los protagonistas deberían poner el foco.

A veces perder es una consecuencia, otras es una excepción que puede coincidir con una evolución, con señales positivas, con ajustes que hayan funcionado más allá del resultado final. Buscar el rendimiento ideal, determinar qué cosas están bien y cuáles no, percibir hacia dónde va el equipo y sacar conclusiones para poner la cabeza en sintonía y tener expectativas de jugar mejor el siguiente encuentro es el esquema de pensamiento del que no pueden apartarse un técnico y sus futbolistas.

Es tan obvio que si Boca gana hoy reforzará sus convicciones como que quedará más debilitado si pierde. En cualquiera de los dos casos, preguntarse por el nivel de juego sería un buen antídoto para intentar que la línea en la que lleva moviéndose desde hace tiempo no siga siendo tan fina.

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