Las lágrimas pueden con todo

Daniel Arcucci
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14 de diciembre de 2009  

Hay que remontarse a la temporada 2005/2006 para encontrarse con el último bicampeón del fútbol argentino, cuando Boca se consagró en el Apertura que cierra un año y el Clausura que abre el otro. A partir de allí, se alternaron los campeones, sin repetir y sin soplar: Estudiantes, San Lorenzo, Lanús, River, Boca, Vélez y ahora este Banfield que golpea a las puertas del Club de los Fuertes, ubicado en la vereda de enfrente del Club de los Grandes, presentando las mismas credenciales de los que ya lo integran: trabajo de base, sobriedad, identidad...

Y no hay que remontarse tanto, porque todavía está fresco el recuerdo, para encontrarse con la fecha-final del pasado torneo, en la que el Vélez de Gareca le arrebató el festejo al Huracán de Cappa en el último suspiro. En aquel momento, en medio de la polémica y del escándalo, pero sin perder de vista una objetiva escala de merecimientos, se escribió: "¿Qué pretendíamos? ¿Una final así nomás? ¿Un campeón y punto?"

Ahora, frente a este Banfield que se consagra campeón con el corazón en el mano, perdiendo en la Bombonera y pendiente de la derrota de Newell’s en el Parque Independencia, vale una reflexión similar.

Son tiempos, éstos, de fútbol emocional, en los que se llora en las tribunas por alegría o por tristeza como nunca antes, porque así se vive este juego. Y son esas lágrimas de los hinchas las que borran todo lo que pueda escribirse desde lo racional, si es que en el fútbol hay razón.

Con lo que haya o con lo que quede de ella, en todo caso, hay que escribir que Banfield es campeón, legítimo campeón, porque ganó más partidos que nadie y perdió menos que ninguno. Que tuvo un arco casi blindado, difícil de batir (11 goles en contra), y un goleador implacable, como Silva (14 gritos). Que hizo de la solidez su arma y de la regularidad su estilo, moldeándose en la humildad que une y estimula. Que se ganó su título con nobleza, en definitiva. Que no se lo robó a nadie… aunque tampoco nadie quiso robárselo.

Y es en este punto cuando las lágrimas de la pasión –comprensibles, históricas– empiezan a borronear lo que uno –fríamente, tal vez inoportunamente– pueda seguir escribiendo. Que fueron los propios protagonistas los que le escamotearon una pizca de grandeza al logro, antes de la puntada final, apelando a una victimización innecesaria e incomprensible. Que el fútbol argentino deberá replantearse si este sistema de torneos, que evidentemente elevan la competitividad, también hace lo mismo con la calidad. Que los clubes grandes deberán tomar nota de lo que pasa…

Las lágrimas de los hinchas y de los protagonistas, de emoción y felicidad por el primer título de un club de barrio y centenario, borronean el párrafo anterior. Y está bien. No es momento de pensar en eso, ahora. Es momento de saludar a un campeón.

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