Las redes del arco e Internet

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27 de junio de 2002  • 10:05

SEUL, Corea del Sur (De un enviado especial).– A los 33 años –los festejó en Seogwipo, el día de la victoria ante Paraguay por los cuartos de final–, a Oliver Kahn le quedan pocas cosas por ganar. Llegó al Mundial como la gran estrella de una Alemania que no venía acompañada de grandes expectativas. No es caprichoso: al arquero de Bayern Munich lo avala una trayectoria que lo hace estar considerado hoy, para muchos, como el mejor guardavalla del mundo.

Corea-Japón significa la tercera y la vencida para él. Ya estuvo en dos mundiales, pero paradójicamente ésta es la que marcó su debut en el certamen: en Estados Unidos 94 lo postergó Bodo Illgner, y en Francia 98 quedó a la sombra de Andreas Koepke. Tras el retiro de éste, ya nadie lo discutió como el dueño del arco alemán.

Kahn apareció en la Bundesliga defendiendo el arco de Karesruhe, el equipo de su ciudad natal, en 1987, con apenas 18 años. Su figura creció temporada tras temporada, lo cual lo transformó en una ambición de Bayern Munich, que lo incorporó en 1994 por dos millones y medio de dólares. Fue un récord para la transferencia de un arquero en su país. Pero a fines de ese año debió asimilar uno de los peores tragos de su carrera: un desgarro en los ligamentos cruzados de una rodilla lo marginó de las canchas durante cinco meses.

Su fortaleza mental le permitió volver aun con más confianza, y a ese mal momento le sucedió, tiempo después, uno gratificante: el debut en el seleccionado, en un amistoso frente a Suiza (triunfo por 2 a 1), en junio del año siguiente. El año 2000 lo vio llegar a la cúspide del reconocimiento, en su país y en Europa: al final de esa temporada se lo eligió como el mejor futbolista alemán del año y el mejor arquero del continente. Su carácter firme, incluso a veces demasiado vehemente, se fue consolidando hasta transformarlo en la figura del equipo que ganó la Liga de Campeones de 2001 (al derrotar en la final a Valencia) y la Copa Europeo-Sudamericana, tras vencer a Boca, en Tokio.

Lo apasiona el golf, seguir los vaivenes de la bolsa de comercio y sentarse a navegar por Internet. Especialmente esto último: fue el primer jugador alemán que tuvo su página personal. Para él, estar en la final del Mundial es, entre otras cosas, una manera de emular a su ídolo de siempre, Sepp Maier, y de resarcirse a sí mismo del negro recuerdo de la goleada sufrida ante Inglaterra (5-1) en Munich, en las eliminatorias. Ahora es el puntal de un equipo que busca extender la gloria para Alemania.

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