Le dieron la espalda al hombre

Por Carlos Losauro
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23 de octubre de 2000  

No descubriré ahora los riesgos del boxeo; de todos modos diré -antes de que me lo recuerden- que me apasiona; pero hablo de boxeo; el arte de la defensa y el ataque -aunque parezca antiguo- bajo un estricto reglamento que lo sintetizo en pocas palabras: ponerle punto final a una pelea cuando son evidentes las diferencias entre los contrincantes. No es casual el comentario. El viernes último vi por TV todo lo que no debería observarse en un combate: la falta de sentido común -ya no hablo de reglamentos- de la gente que rodeó la pelea entre el norteamericano Mike Tyson y el polaco Andrew Golota realizado en Auburn Hills, en el estado de Michigan.

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El resultado es conocido: Golota no siguió la pelea y abandonó en el tercer asalto; lo triste -no encuentro otra palabra- fue que los responsables -arriba del ring y debajo de el- se olvidaron del hombre; el que había soportado un golpe tremendo en el primer asalto y que terminó desparramado sobre la lona; el que fue castigado con violencia en el segundo -con varios cortes pronunciados en su rostro-; el que tenía el espirítu astillado de dolor e impotencia; y justamente a ese hombre, vencido en el más cruel sentido de la palabra, pretendían que siguiese la lucha; desde su orientador-técnico Al Certo, que sin ninguna piedad por su pupilo -diría por la vida- intento colocarle el protector bucal para que continuase en el ring y, además, lo dejó en evidencia ante millones de espectadores; hasta el árbitro Frank Garza, que insinuó algo parecido. Y como si fuese poco hasta el cronista de la TV norteamericana le reclamó frente a las cámaras, minutos después de la pelea, ante un boxeador en crisis y con sus pulsaciones por las nubes, su falta de compromiso con aquellos que habían pagado casi 50 dólares por el servicio de cable a domicilio.

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Hoy, Golota, ese mastodonte polaco de 32 años, con más de 100 kilos, se recupera de los golpes en un hospital de Chicago; y nadie hizo nada por él...

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