Los escenarios del odio

Ezequiel Fernández Moores
La columna de Ezequiel Fernández Moore
La columna de Ezequiel Fernández Moore Fuente: LA NACION
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30 de octubre de 2018  • 19:55

"Nadie odia como un canalla odia a un leproso". La frase, citada en un libro del mexicano Juan Villoro, explica acaso por qué Rosario Central vs. Newell’s Old Boys, el clásico más antiguo del fútbol argentino, se jugará mañana sin público, en Buenos Aires, en horario laboral y, aún así, custodiado por un centenar de policías. Es la escena potente de una derrota. La rivalidad histórica de los rosarinos, cada vez más exasperada, se agravó primero cuando el fútbol argentino impuso el "prohibido perder" y luego cuando sus barras se vincularon con el delito narco y la sangre se hizo corriente. Balazos en casas de dirigentes, Los Monos, amenazas y hasta la imposibilidad –que lleva ya más de tres décadas– de que un jugador pase de un equipo al otro. Que ose pisar territorio enemigo.

Si Central y Newell’s jugarán mañana a escondidas, Boca y River, peor aún, no deberían siquiera enfrentarse. Lo dijeron hinchas temerosos de las consecuencias ante una hipotética final por la Libertadores. El clásico que, según The Guardian, todo amante del fútbol debería ver antes de morir, pero acá, presidente de la nación incluido, preferimos que no se juegue.

Semanas atrás, Estudiantes de La Plata recordó, a medio siglo, su coronación histórica en Old Trafford frente a Manchester United. Y también, a 49 años, la noche bochornosa contra Milan en la Bombonera, cuando terminó con tres jugadores presos. De "ejemplo" a "delincuentes", lamentó Osvaldo Zubeldía, DT pincharrata. Y ambas situaciones, ironizaba Dante Panzeri, "con los mismos métodos". En rigor, aquel Estudiantes que jugaba al límite, primer chico que rompió el monopolio de los grandes, brutalizó acaso como nunca antes la desesperación por ganar. Y sus miserias, sin la protección de la que gozaban los grandes, fueron expuestas como el inicio de una era: ganar como sea. Con el tiempo, todos copiaron métodos, grandes incluidos. No perder pasó a ser más importante que ganar. Sufrimiento extremo, aunque sepamos que gana solo uno y que ganar siempre es imposible.

Muchos que idealizan al fútbol como un escenario de puro juego, incontaminado, sin conflicto, se indignan ante una realidad que, por supuesto, es la opuesta, y lo condenan como si fuese el reino exclusivo de la salvajería. En su predilección por el Jorge Luis Borges de La biblioteca de Babel, el que cuestionaba si nuestra vida "pertenece al género real o al fantástico", Santiago Solari, flamante DT interino de Real Madrid, decía que "el fútbol definitivamente pertenece al género fantástico. Si no, no reflejaría tan bien la realidad". ¿Qué realidad refleja hoy? ¿Acaso este fútbol no expone de modo más brutal, como lo hacía aquel Estudiantes, alguna salvajería que también sucede fuera de la cancha? Hay un odio que se acrecienta y que no es exclusivo del fútbol. Y que –basta mirar lo que sucede en el mundo– tampoco es patrimonio de la Argentina.

Dirigentes e hinchas de Lazio visitarán este domingo Auschwitz, el mayor campo de exterminio nazi. Lo harán porque un año atrás hinchas antisemitas del equipo se burlaron de Ana Frank en pleno clásico contra Roma. Sucede en una Italia que, como está ocurriendo en muchos otros países, hoy vota a políticos que prometen mano dura contra el inmigrante, "culpable" de la crisis. Estados Unidos suele ser elogiado por su organización del espectáculo deportivo. Pero la violencia se traslada a otros escenarios. A shoppings, conciertos, escuelas y sinagogas, como en la matanza de la semana pasada en Pittsburgh. "El crimen está en uno de sus puntos más bajos, pero el odio está en el pico", editorializó esta semana The New York Times, al recordar también que dos personas fueron asesinadas días atrás en Kentucky por su piel negra. Judíos, negros, inmigrantes, extranjeros, gays o pobres. Para alimentar el odio, cada vez más países tienen una cadena como la Fox, hiperinstitucionalista solo cuando el gobierno no es de su agrado. Y presidentes como Donald Trump.

Anoche River, hoy Boca, definen su boleto a una final por la Libertadores en el país que representa la cuarta democracia más grande del mundo y que votó el último domingo a Jair Bolsonaro. Un equipo, Atlético Paranaense, volvió a salir a la cancha el día previo con camisetas que apoyaban la candidatura del exmilitar que hizo apología de la tortura y los torturadores. En cambio, hinchas de ese mismo club no pudieron entrar al estadio con inscripciones en favor de Fernando Haddad, candidato rival. "Los brasileños", avisó el músico Caetano Veloso, "pueden esperar una oleada de terror y odio".

El fútbol argentino cumplirá 10 años sin hinchas visitantes en los estadios. Pionero en eso de jugar sin el otro, expulsar al distinto. Pero desprecios, odios, insultos y burlas que parecían posibles solamente en esa zona franca que son los estadios, hoy se multiplican en la televisión y en las redes sociales, en el debate político reducido a un Boca-River del que, lejos de la fiesta colectiva, ahora deseamos que no se juegue. Como si el odio habitara únicamente en una cancha de fútbol.

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