Los pilares de Brasil

Rivaldo, el conductor del scratch , y Marcos, el arquero, son las principales artífices del sueño del pentacampeonato
Rivaldo, el conductor del scratch , y Marcos, el arquero, son las principales artífices del sueño del pentacampeonato
Cristian Grosso
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25 de junio de 2002  • 12:10

Marcos, el portero del cielo

SAITAMA.– Se persigna tres veces y, por último, eleva la mirada y señala con el índice derecho hacia el cielo. El rito lo repite cada vez que va rumbo a un arco, ya sea en un partido oficial o en un entrenamiento. Antes de girar hacia el centro de la cancha, reza en voz baja una sentida oración. Siempre. San Marcos, lo llaman, porque en ese apodo conviven su fuerte fe católica y las epopeyas que ha conseguido bajo los tres palos.

El arquero brasileño es muy creyente. Pero también se entrega a las cábalas. Ya sabe –y lo saborea– que en todos los mundiales en los que el scratch se cruzó con Inglaterra (58, 62, 70), ese equipo tuvo destino de campeón. Y él mismo aporta un dato más para afirmar la confianza de su presagio: como ocurrirá mañana ante Turquía, en otras dos ocasiones Brasil tuvo que enfrentarse nuevamente con el mismo rival en una Copa del Mundo. Sucedió con Checoslovaquia, en 1962, y con Suecia, en 1994. Vale recordar que en ambos Brasil se consagró campeón.

El susto de la práctica de ayer quedó atrás. No hay dudas de que atajará ante los turcos. Como tampoco hay dudas, según afirman sus compañeros, de que es un gran asador. Si algo sí les molesta de Marcos es que no los deja en paz con la caipira. Esta todo el día con esta música típica del interior de San Pablo, de los alrededores de Oriente, su ciudad natal. Lo chantajean, le advierten que si no baja el volumen no lo ayudarán con los saques de arco. ¿Por qué? Es que Marcos arrastra una inflamación crónica en un tendón del pie derecho y no resiste hacer durante los 90 minutos todas las salidas desde su valla. Entonces, los demás jugadores alternan la función. Le prestan la patada.

–Eternamente, en Brasil los elogios se los han llevado los delanteros. ¿Cómo hacés para aceptar que en un equipo donde están Ronaldo y Rivaldo, difícilmente se hable del arquero?

–Es que no pretendo ser considerado el mejor arquero del mundo. Sólo quiero el título. Pese a lo que muchos han dicho, Brasil tiene una gran selección y puede ser campeón. Tampoco sentiría una satisfacción especial si de aquí y hasta el final del torneo no me convierten ningún gol más, pero sí me alegraría que mis compañeros de ataque siguieran anotando. Ellos están ganando los partidos. Brasil está donde está por ellos, no por Marcos.

–¿Pero la FIFA ya te preseleccionó entre los 33 mejores jugadores del Mundial?

–Bueno, está bien. Insisto: no me anima ningún deseo personal, sólo quiero que Brasil gane la Copa del Mundo.

Marcos es hombre de Luiz Felipe Scolari. Se conocen desde que el DT dirigía en Palmeiras. Juntos ganaron la Libertadores 1999 y al arquero lo eligieron como el mejor del certamen. Cuando Felipão asumió en la selección, Marcos, un especialista en penales, pasó a ser el arquero indiscutido. Hasta allí, para Wanderley Luxemburgo había sido el suplente de Dida. Y Leão ni siquiera lo había citado.

–¿No subestiman a Turquía? ¿No están muy seguros de la victoria?

–Recuerdo que Turquía nos opuso en aquella primera fecha la mayor resistencia que hemos afrontado a través del Mundial. Incluso, por encima del partido que jugamos con Inglaterra. Y durante el torneo han crecido. Brasil estará obligado a jugar de la mejor manera que pueda para superarlos.

–Brasil ya está entre los cuatro mejores, pero siguen las críticas a la defensa.

–Si los delanteros no tapan la salida rival, si los volantes no ayudan a la defensa... todo cae en nosotros, los de atrás. Si todos colaboran, nuestro trabajo se facilita. Eso parece que últimamente ha quedado más claro en el equipo.

Sólo tres días después de la final, cuando ya esté de regreso en su país y su actuación en el Mundial haya enterrado definitivamente las críticas por el gol de media cancha que le hizo Bolivia en las eliminatorias –aún se lo recuerdan–, Marcos festejará su cumpleaños 28. Entonces, aunque no haya ni un arco ni testigos, volverá a persignarse tres veces. Elevará la mirada y apuntará con el índice derecho hacia el cielo.

Rivaldo, la llave del gol

SAITAMA.– Apareció caminando como sólo él lo hace, bamboleándose sobre sus piernas extremadamente chuecas, y habló con una sonrisa colgándole todo el tiempo de la cara. Son momentos de revancha, éstos, para Rivaldo y los está disfrutando. En definitiva, es lo que había buscado desde hace mucho tiempo, más todavía cuando empezaron a arreciar las críticas para el equipo en general y para él en particular. Entonces, era lógico que dijera lo que dijo, en la vigilia de la semifinal contra Turquía: “Por ayudar a la selección juego de cualquier cosa”.

–¿Hasta de arquero?, se le preguntó.

–Sí, de arquero también.

Y la reflexión, seguramente, no tenía tanto que ver con el susto que les había dado su compañero Marcos sino con su disposición para ponerse esa camiseta verdeamarela que sigue enriqueciendo su historia, Mundial tras Mundial. Son 17 participaciones sobre 17 Copas del Mundo y quizá con eso solo pueda entenderse cómo los brasileños acumulan récord tras récord en el libro grande de esta competencia: al gran sueño de festejar el pentacampeonato –obviamente, algo inédito–, le agregan pequeñas perlas, como la posibilidad de que Cafú se convierta en el primer jugador en el mundo en disputar tres finales consecutivas o que el mismo Rivaldo se transforme en el más letal de los goleadores en serie, ya que acumula cinco tantos en otros tantos partidos y, si convierte en los dos que le restan –le queda la alternativa de la final o el encuentro por el tercer puesto–, sería definitivamente inigualable. Igual, no debería llamar la atención lo que dijo puntualmente sobre el tema: “No pienso en eso; prefiero ser campeón del mundo antes que llegar a esa marca”.

–¿Pero no te atrae quedar en la historia?, se le consultó.

–Ser campeón del mundo marcaría toda mi carrera y eso es lo que queda en la historia.

Pero aquella marca lo tiene a él, hoy, compartiendo el mismo escalón del podio con el portugués Eusebio, el alemán Gerd Müller, el italiano Salvatore Schillaci y el búlgaro Hristo Stoitchkov. Si señalaun tanto más, contra los turcos, igualaría al francés Just Fontaine, que lo hizo en Suecia 58, y a su compatriota Jairzinho, que lo logró en México 70. Y con otro en la despedida se convertiría –lógicamente– en un jugador único.

Hasta aquí, con pinceladas de su talento, viene demostrando serlo. Su raid goleador, al ritmo de uno por partido, incluye como víctimas a Turquía (87 minutos, de penal, el del triunfo; 2-1), China (32 minutos, el segundo; 4-0) y Costa Rica (62 minutos, el cuarto; 5-2) en la primera rueda; a Bélgica (67 minutos, el primero; 2-1) en los octavos de final, e Inglaterra (47 minutos, el primero; 2-1), en los cuartos.

Tan contundente es lo suyo que, de a poco, empiezan a desdibujarse las sombras de aquel primer encuentro, justamente contra los turcos, que lo tuvo a él como protagonista: además de marcar el gol tras un controvertido penal a Luizão –la falta fue vista sólo por el juez coreano Kim–, provocó la expulsión de Unsal, al simular y exagerar una supuesta agresión. Volver a enfrentarse con los turcos significa para él un regreso a todas aquellas imágenes. Por eso, no llama la atención lo que dijo: “Desde el momento en el que pasó, allí quedó. Es pasado”.

–¿Imaginás que los turcos vendrán todavía con más ganas por su sed de revancha?, se le preguntó.

–Sólo quiero pensar en que juguemos nuestro fútbol.

Volvió a sonreír y se marchó, bamboleándose sobre sus piernas chuecas. Las mismas que calzarán esos ya característicos botines blancos, con dos nombres impresos en cada uno de ellos: Rivaldinho en el izquierdo, Thamirys en el derecho. Son sus hijos. Seguramente pensará en ellos si, en las próximas horas, ingresa en la historia de las marcas futboleras más asombrosas. Aunque él diga que el tema no le importe demasiado.

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