Los que pagan los platos rotos

Por Andrés Prestileo De Nuestra Redacción
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7 de mayo de 2003  

Las razones que esgrimen los dirigentes locales y los de la Federación Internacional de Voleibol que decidieron sancionarlos en un conflicto que ya lleva meses están explicadas por separado. Son farragosas y múltiples, como reflejo acorde a su índole político, legal y financiero. Además, esos argumentos seguirán engordando las carpetas de antecedentes tras las que se parapetan ambas partes en pugna, aquí y en Lausana.

Nos interesa inmiscuirnos en el costado más lamentable del problema. De una batalla de intereses que se discute entre escritorios, las peores consecuencias las pagan quienes menos hicieron para atizar el fuego. Vale decir, los jugadores, lo que es lo mismo que hablar del deporte en sí. Es una pena y un despropósito que todo redunde en interrumpirles las ilusiones a decenas de deportistas.

En lo inmediato no vamos a poder constatar si las emociones vividas entre septiembre y octubre últimos, en ocasión del Mundial -disparador, por otra parte, del escándalo entre cúpulas dirigenciales-, le sirvieron de impulso al voleibol argentino. O si el sexto puesto de la selección, por entonces dirigida por Carlos Getzelevich, funcionó como aliciente para superarse en la Liga Mundial, un torneo de elite que ahora nuestro equipo tendrá que seguir por televisión. O si el fervor del público que siempre acompañó al representativo nacional se potenciaba en nuevas -hoy sólo imaginarias- tardes del Luna Park. O si han surgido jóvenes con carácter y condiciones para vestir la camiseta argentina. Todo eso, por imperio del desaguisado, queda postergado hasta nuevo aviso.

Hay un orden para todo y es imposible pretender que quienes juegan también se ocupen de los complejos temas de organización para los que deben, supuestamente, estar capacitados los dirigentes. Sin embargo, no deja de hacer ruido que los deportistas paguen los platos rotos por las riñas ajenas y lejanas a la cancha. Lo más triste es que, como suele decirse, el golpe se veía venir . No se lo detuvo, y pegó de lleno en el blanco menos indicado.

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