Tras denunciar a las mafias, Marco Trungelliti volvió a ser feliz: ganó en su regreso al circuito

Crédito: Marcello Zambrana/DGW Comunicação
Federico Cornali
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26 de febrero de 2019  • 07:59

SAN PABLO.- Desde el peloteo, se lo notaba suelto a Marco Trungelliti. El compromiso no era fácil. Primero, porque en la primera rueda del Brasil Open enfrentaba a Taro Daniel, un japonés con experiencia y mayor recorrido en el circuito. Segundo, y sobre todo, porque era su regreso a las canchas dos semanas después de la publicación de la entrevista con LA NACION, en la cual desafió a las mafias que arreglan partidos en el tenis, un quiebre en su vida.

A diferencia del último partido que Trungelliti había disputado antes de partir para su hogar en Andorra, en la primera rueda de la qualy del ATP de Buenos Aires, donde se lo vio desorientado y nervioso, tirando la raqueta al suelo y gritando en su derrota ante el italiano Alessandro Giannesi, esta vez al santiagueño se lo notó relajado, concentrado y con sed, mucha sed de triunfo.

En la noche pegajosa del estadio Geraldo José de Almeida, mejor conocido como Ginásio do Ibirapuera, ya que se ubica dentro del parque más famoso de San Pablo, Trungelliti demostró que lo que perdió con sus denuncias contra las mafias del tenis no fueron amigos sino mucho peso de una mochila que ya no soportaba. Una clara demostración de eso fue la serenidad que mantuvo en los momentos clave de su triunfo por 6-4, 3-6 y 7-6 (5) ante Daniel, un rival siempre peligroso, que es entrenado por Gustavo Marcaccio, nuevo subcapitán del equipo argentino de Copa Davis.

Si bien en algún momento su raqueta volvió a besar el polvo, inmediatamente Trungelliti supo controlarse, respirar y volver al juego. En el primer set, cuando ganaba 4-2 y dominaba, se fue por un segundo del encuentro y Daniel aprovechó para ponerse 4-4. Lo que en otro momento podría haber sido fatal, esta vez fue solo eso, un momento, un lapsus. El santiagueño se calmó, ordenó su mente y volvió de su rincón con fiereza, para cerrar en 6-4.

Crédito: Marcello Zambrana/DGW Comunicação

En el segundo set, Daniel puso en cancha algunas de sus mejores herramientas y, a pesar de la resistencia de Trungelliti, se lo llevó con solvencia, con un contundente 6-3.

Para quienes lo veían desde afuera, parecía venirse la noche para el tenista argentino cuando, 1-0 abajo en el tercero y definitivo, tiró su raqueta y amenazó con golpear su silla. Qué cosas estarían pasando por su cabeza. Ganar el partido, sin dudas, ya que no demoró en gritar como un gol el ace con el que se puso 3-2 arriba y no se guardó nada al lanzar un "¡vaaamos!" que todo el estadio escuchó cuando cerró el quinto game a su favor. El puño en alto, la mirada al cielo y otras señales demostraron que la noche de San Pablo sería su noche, la redención de un tenista con coraje, que puso mucho más que su carrera en juego, por algo que considera apenas un "acto normal, que debería ser costumbre".

A pura valentía y precisión, cerró el tie-break a su favor y consiguió su primera victoria en un cuadro principal de ATP desde el 20 de julio de 2018, cuando derrotó en cuartos de final de Umag al ruso Evgeny Donskoy, por 6-1 y 6-4.

Luego del partido, Trungelliti se mostró muy contento, pero aún más aliviado. "Estoy muy contento, no solo por el resultado sino por tener ganas de volver a competir de nuevo, quería volver a sentirme feliz en una cancha después de todo lo qué pasó", dijo, a pura sonrisa, en conferencia de prensa.

Y continuó. "Pude mantenerme estable por casi 3 horas de partido, antes no lo conseguía ni por 15 minutos. De alguna manera fue un volver a vivir, ser feliz de estar en una cancha, tener ganas de entrenar de nuevo. Estoy muy feliz de volver a ser competitivo", agregó. Mientras, parece haber encontrado un refugio en la honestidad. "Si robar está mal, entregar partidos también lo está, y eso es lo que siempre me enseñaron, no es una locura", sostuvo antes de marcharse bajo la lluvia, satisfecho.

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