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Memorias y acertijos

Por Alfredo Parga De nuestra Redacción
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27 de marzo de 2000  

Ferrari tiene tantas arrugas como la F.1. Si usted quiere contarle las arrugas, le digo que la casa del viejo commendadore tiene una menos que la categoría porque la marca estuvo ausente en la primera de las confrontaciones: en Inglaterra, el 13 de mayo de 1950. Después, Ferrari, corriendo o acompañando, fue la F.1 misma.

Una vez Ferrari comenzó un campeonato ganando las dos primeras carreras. Como este año. Allá por 1976, cuando con Niki Lauda hacía suyo el GP de Brasil, en Interlagos, el 25 de enero, y con Niki nuevamente el 6 de marzo, en Kyalami, en el GP de Sudáfrica.

1976. Sin embargo, ayer mismo los memoriosos que guardan culto del cavallino rampante preferían no recordar la temporada aunque aquel año ganaban el campeonato mundial de constructores; un año en el que la marca no ganaba para sustos después de un comienzo tan promisorio. Es que cuando todo marchaba a pedir de boca, el rendimiento de la máquina -la 312 T2- se desmoronaba. Ferrari ganaba media docena de GP y no le alcanzaba porque el auto iba del todo a la nada. O vencedora o la humillación de la derrota.

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Costaría descorrer el velo de tanta torpeza. El hombre que hacía evolucionar la máquina era Lauda. La computadora. Un hombre sin errores. El austríaco vivía una tormentosa relación con el equipo. Lo suele contar en sus libros, proclamando que sus indicaciones se tergiversaban. En medio de un año con 16 carreras, llegaba la convocatoria de Alemania. En el viejo Nurburgring, Lauda estaba a punto de ser calcinado por el fuego. Mientras trataba de no trasponer el mismo umbral de la muerte, Ferrari contrataba por necesidad y urgencia, a Carlos Reutemann. Ello enfurecía al equivocado Lauda, que forzaba su recuperación -inverosímil- para no verse desplazado del equipo en lo que a su juicio entonces le parecía una conjura. Ferrari, la casa que había empezado ganando abrumadora y potente el campeonato, pasaría a vivir una permanente crisis palaciega. La 312 T2 no evolucionaba. Lauda, aunque entero, anímicamente parecía mortificado por el fuego que devoraba sus intenciones.

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El remate del año pudo haber sido escrito en un laboratorio especializado en suspenso. Se equivocaba la dirección técnica de Ferrari al no utilizar en las carreras después de Italia, al argentino. Se equivocaba Lauda creyendo que enFerrari se corría contra él. Y volvía a equivocarse Lauda en el Oriente, cuando un temporal se descolgaba sobre el circuito del Monte Fuji, al que la F.1 llegaba por primera vez. Lauda solamente daba dos vueltas y se pronunciaba: No se puede correr; es una locura. Tomaba sus cosas y se fugaba del circuito, buscando su hotel.

Hunt, el rival directo a tres puntos, desalentado porque una cubierta tiraba abajo su performance, caía al quinto puesto y creía todo perdido. Unas vueltas después, Regazzoni y Jones deterioraban sus cauchos. Hunt resucitaba avanzando al tercer lugar cuando faltaba una vuelta. Con aquellos cuatro puntos le ganaría por uno el campeonato a la computadora, que esta vez había desequilibrado su cálculo.

Schumacher no es una computadora, pero está bastante cerca. Cada vez que se equivoca, asegura que no se repetirá más. Este año ganó las dos carreras que corrió. Un tanto a favor del deterioro mecánico de McLaren; otro mucho por sí mismo. En Imola, Ferrari es local ¿Usted quiere apostar? Cada tres años, Schumacher gana tres consecutivos. Una vez fue en 1995 (Nurburgring-Aida-Suzuka); otra en 1998 (Canadá-Francia-Inglaterra). Teóricamente, en el 2000 no le tocaría...

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