Messi tiene razón: la selección no es candidata en la Copa América

Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
Andrés Eliceche
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15 de junio de 2019  • 21:36

SALVADOR DE BAHÍA, Brasil.- No eran palabras políticamente correctas nada más. El discurso amasado en las entrañas de la selección, defendido más que nadie por Lionel Messi, encontraron su reflejo en la primera parada de la Copa América: hace bien Argentina en no declararse candidata a llevarse el trofeo continental. No puede serlo una formación que adolece todavía de lo básico: aquello que un taller mecánico suele llamar alineación y balanceo. La derrota por 2-0 ante Colombia -que llevaba ocho partidos sin vencerla- fue exagerada en el resultado, aunque expuso una verdad grande como este país: en este tramo de su historia la Argentina puede perder con cualquiera del nivel medio y le costará mucho ganarle a aquellos rivales que tengan la calidad que a ella le escasea.

Si para comprabarlo había que pasar por esta prueba gris, solo matizada por algunos minutos decorosos, ya quedó expuesta. Ahora vendrá otro capítulo interesante de chequear: de qué madera está tallado este grupo, obligado a remar desde atrás ya en los primeros acordes de esta samba que deberá seguir bailando por la inmensidad de Brasil.

Roger Martínez puso el 1-0 con un golazo - Fuente: TV Pública

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El fútbol es un juego usualmente lógico, a veces atropellado por lo imprevisible. Pero solo a veces. Ese fenómeno no sucedió en ningún momento de la primera etapa en el Arena Fonte Nova: la selección argentina es un equipo sin horas de vuelo, en el inicio de un tiempo nuevo, por lo que extraño hubiera sido asistir a la exhibición de un bloque compacto, sin fisuras, agresivo. Por el contrario: unos minutos, los iniciales, de una postura tímidamente de ataque le dieron paso a un resto en el que el aspecto iniciático quedó al descubierto. La Argentina se replegó más cerca de Armani, no tuvo el control del juego y sufrió un par de arrebatos, generalmente encabezados por Falcao.

Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

Un gesto de Messi de desaprobación, allá por la media hora, tras un pase largo e incierto de Paredes lo graficó. Ospina quedaba tan lejos como lo está Ushuaia del norte de Brasil: no hubo un remate al arco rival en toda la etapa, un dato estadístico que desnuda la verdad. Si la idea de Scaloni, compartida públicamente incluso por Messi, es agruparse, ser precavidos y aprovechar alguna posibilidad que se dé ante un descuido del oponente, entonces lo que se observó en ese lapso lo habrá dejado disgustado. Es indudable: con cinco jugadores titulares -Saravia, Pezzella, Lo Celso, Paredes y Rodríguez- que nunca habían jugado un torneo oficial con la selección como parte vital de un nuevo grupo, las espinas iban a ganarle a las rosas.

Duvan Zapata puso el 2-0 - Fuente: TV Pública

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La jerarquía de jugador de selección se construye partido a partido, entrenamiento a entrenamiento. No le han faltado oportunidades a Di María, que llegó a 98 presencias con esta camiseta, pero no hay caso: como tantas otras veces, volvió a parecer una caricatura del que puede ser en el fútbol de clubes. Tan floja fue su prestación que Scaloni no le concedió ni la gentileza de los cinco o diez minutos de la segunda etapa que suelen ofrecérceles al que jugó mal. El ingreso de De Paul en su lugar demostró también que su frescura es bastante más que la de alguien que hace reír a sus compañeros en el hotel: dos arrancadas suyas por la izquierda le imprimieron al equipo un cambio de actitud, de postura y hasta de carácter.

Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

Vinieron entonces los tramos más favorables de Argentina, cuando dio ese paso al frente y empezó a gestionar el juego con un Paredes más activo -un remate suyo al principio rozó un poste y otro más peligroso fue despejado por el arquero- y un Messi implicado en cada ataque. Se mostraba Lo Celso, insistía con su saludable determinación Tagliafico, seguía desconectado Agüero, pero algo mejor había. El respeto reverencial de Colombia por la camiseta de la selección hacía su parte: si no había tenido decisión con el el desarrollo a favor, ahora se acomodaba en su media cancha. Con esos dos elementos, el partido cambió en su guion. Por eso sorprendió tanto el gol de Martínez: llegó cuando a Colombia le costaba hacer siquiera dos pases. Pero bastó uno solo, el de James Rodríguez cruzado, para que el delantero dibujara un golazo. Era el principio del fin.

Después vino el empuje argentino, pero sin inventiva, algo de brusquedades y un golpe letal asestado por Zapata, otro que, como Martínez, trajo los goles desde el banco. Un festejo que levantó a los colombianos, mayoritarios en el estadio, y dejó a la selección mirando el piso. Del que, una vez más, deberá aprender a levantarse.

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