O mais grande do mundo

Brasil ganó en todos lados; su gente y sus colores se impusieron por goleada sobre cualquier símbolo alemán en las calles de Yokohama, en el subte, en la cancha y también en las tribunas
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30 de junio de 2002  • 10:40

YOKOHAMA.– Bailaron las mulatas, los mulatos, los nietos y los abuelos. Bailaron los japoneses y las japonesas. A ellas les sienta bien el frenesí, tal vez por contraste con su estilizamiento acostumbrado. También bailaban al ritmo del samba las camionetas que, embanderadas de verde y amarillo, daban vueltas alrededor de la cancha. Muy pronto se notó que la victoria de Brasil era inevitable, ya que nadie, ni un inconmovible alemán, puede oponerse a una ola gigantesca semejante sin salir mojado de arriba abajo. Como una premonición, la estación del subte que llega al estadio está llena de banderitas brasileñas. Es que cada terminal fue dedicada a uno de los países que jugaron el Mundial, y a Brasil le tocó la más importante a los efectos de este campeonato: Shin Yokohama.

La citada ola era verde y amarilla. Llegaron muchísimos brasileños legítimos para reforzar a la torcida japonesa. Sólo los de espíritu de contradicción más arraigado se pintaron la cara de rojo, amarillo y negro. Las calles estaban llenas de puestitos que vendían cerveza brasileña, y también “salgadinhos” de Bahía. La legendaria Guaraná Antarctica aprovechó para hacer publicidad: vendía sus latitas de ese jugo que a pesar de su sabor se ha transformado en el trago nacional del vecino país por el módico precio de 150 yenes (un dólar con veinte), pero entregaba a cada comprador una de esas cintitas para atarse a las muñecas, con la leyenda: “Guaraná, original del Brasil, como tener fe en la selección”.

En cambio, hasta donde sabemos, no hubo demasiada demanda por un plato de jambonón con chucrut, y de hecho, tampoco había oferta de manjares alemanes de ése y otros tenores. Hubo mucho Gilberto Gil y mucho Tom Jobim en el aire, pero nadie silbaba la “Heroica” de Beethoven. Nadie vivaba a Rumenigge. Estos indicios se verían más tarde reflejados en el campo de juego, lo que demuestra que el estudio de las tendencias sirve, pese a las críticas, para comprender la realidad y en ocasiones aun para anticiparla.

Para volver a los carteles, el más gracioso decía: “Alemania es un gran equipo. Se merece ser subcampeón”, y estaba escrito en tres idiomas: portugués, inglés... y alemán. Y en materia de cantitos, el más insistente resultó también el más cortés: “Oé. Oé, oé, oé... Ari... gató...”, un reconocimiento a la insuperable cordialidad japonesa.

Es cierto: la calle estaba segura de que ganaría Brasil. Su estilo alegre y colorido es, además, muy contagioso. De inmediato, un posible espectador neutral se ve arrastrado a tomar partido por los brasileños, exuberantes y bullangueros, antes que por los alemanes, a pesar de su solidez pétrea. Pero semejante seguridad en la victoria podría haber estado precedida por cierto nivel de inquietud en los días previos.

Al menos, eso es lo que parecen sugerir ciertos mensajes dejados a Buda en el templo de Zuzenji, en Kamakura, por donde el cronista acertó a pasar un día antes del match decisivo. En las rejillas de metal en la que se atan papeles con pedidos a esa deidad serenísima, había varios indiscutiblemente surgidos de puños brasileños. Eran más bien escuetos en sus contenidos, aunque, como se verá, diferían en el tamaño de la ambición, en la magnitud del deseo: “Brasil 5-Alemania 0”, decían algunos. “Brasil 2-Alemania 1”, los más modestos. El que decide sobre todos los asuntos humanos en el Cielo oriental inclinó su sabia frente en señal de asentimiento.

Una gracia concedida siempre es motivo de regocijo, aunque en casos como el de un partido de fútbol la gracia del uno resulte una desgracia para el contrario. Pero la bendición más grande que todos los dioses en fraternal parlamento otorgaron a este Mundial fue que se realizara en paz y en concordia, y que los que ganaran y los que perdieran pudieran fundirse al final en un abrazo. No es poco favor, en un momento de tensiones tan graves en el seno del planeta Tierra, y la ceremonia de clausura, realizada por dos naciones, Japón y Corea, cuyas relaciones no siempre han sido fáciles, resultó el símbolo ideal para reforzar esta idea.

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