Que la sensatez esté por sobre la euforia

Claudio Cerviño
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30 de agosto de 2001  

El exitismo es una característica demasiado arraigada en la Argentina. Y muchas veces invita a caer en la desmesura. Las últimas actuaciones a nivel selección, ya sea con la conquista de títulos o de clasificaciones, encendió la inevitable llama del optimismo desenfrenado. Entonces, no es inusual escuchar hablar sobre la lucha entre la Argentina y Francia en la final de Corea-Japón 2002; o deducir que nuestro Dream Team de basquetbol, que lleva 26 victorias sucesivas, pueda pelear bien arriba en el Mundial de Indianápolis. Hasta imaginar que las Leonas, tras su notable desempeño en el Champions Trophy, y ahora que llegaron a la cima, se radicarán a perpetuidad en lo más alto del podio.

Todo -o casi todo- es factible. Puede darse, como de hecho se concretaron estas inmensas alegrías recientes. Pero lo mejor es tener los pies sobre la tierra. Y de paso echar una mirada más profunda a estos sucesos de equipo, de gente que trabaja a conciencia, y valorizarlas en su justa medida.

Un largo repaso por la historia deportiva argentina nos traerá a la mente innumerables conquistas, hitos, momentos. Hoy, la secuencia recicla situaciones reconfortantes. Sin embargo, no sería lógico ir más allá de la realidad. No cuenta, la Argentina, con iconos deportivos mundiales ; entiéndase por esto un Woods, Schumacher, Agassi. ¿Por qué debería tenerlos con la escasa estructura y recursos del país en esa área? A veces se piden, se exigen o se dan por hechos rendimientos que están fuera de lo razonable. Con excepción del polo (sin equivalencias en el más alto nivel) y del fútbol, cuya legión puebla las canchas del Viejo Continente, la mayoría de las otras disciplinas, sean rentadas, semiprofesionales o directamente amateurs, encuentra un límite. Si surgen valores, ello obedece a una riqueza muchas veces circunstancial y a la tarea, actitud y esfuerzo que cada uno brinda. Por eso llegan a donde llegan.

Sirve ser campeón, como las Leonas, del mismo modo que sirve ser segundo en un Mundial, tal el caso del palista Javier Correa, habituado a entrenarse entre los residuos y hedores de la Pista Nacional de remo, en el Tigre. Como bastará un alma tenística erigida a pulmón que se mete entre las mejores raquetas norteamericanas, australianas o españolas; o golfistas que mutaron el pasado de caddies por renombre, sonrisas en circuitos competitivos y un futuro mejor. O boxeadores, hoy sin demasiados espejos, que persiguen un sueño que va más allá de ganarse la vida a los golpes.

Acaso los argentinos estemos mal acostumbrados. Y como se gana en algunas áreas, se pierde la perspectiva. No debe el basquetbol vencer a los NBA; ni el rugby a los All Blacks, o José Meolans a Ian Thorpe. Encontrar la medida justa de expectativas es lo más sensato. Un ejercicio que, con frecuencia, la euforia sobrepasa claramente.

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