A la fiesta que desataron los Pumas sólo le faltó el triunfo

La gente vivió como nunca el match con los All Blacks, pero al final, al margen del reconocimiento, dominó la desazón
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2 de diciembre de 2001  

Emociona la fidelidad. Estremece el incondicional apoyo. Hasta el más frío espectador se contagia con las sensaciones que pueblan el estadio Monumental. El silencio de los minutos finales, incluso, hiela la piel. La de anoche fue la velada propicia, la cita ideal para certificar que la fiebre por los Pumas se puso en marcha y se sintió como nunca, aunque todo terminó en decepción por lo que parecía una victoria que se disfrutó en las manos y que se escurrió. Es cierto que enfrente estaban nada menos que los All Blacks, pero el dulce ya se había saboreado y quitárselo a la gente convirtió la explosión de 60.000 almas en pura desazón.

La enorme expectación que se palpó en las tribunas no fue más, por cierto, que la retribución del público, que se identifica con lo que juega y ofrece el seleccionado argentino de rugby cada vez que se presenta en un escenario de nuestro país. Tempranito se fue acercando la gente rumbo a la cancha. Con muchas caras pintadas de celeste y blanco y con una presencia mayoritaria de pibes. Y el ingreso se fue haciendo de manera ordenada, aunque con el típico toque argentino: autos estacionados en doble fila en la avenida Lugones o acomodadores de turno que se aprovechaban de la multitudinaria reunión para pedirles a los que venían "cinco pesitos"; ocasionales comerciantes que, terminado el partido, desaparecieron sin dejar rastros.

La masiva presencia no fue exclusivamente porteña. Muchos ómnibus llegaron desde el interior ; y así, a las clásicas camisetas del SIC, el CASI, Alumni o Hindú se sumaron insignias de Duendes, de Rosario; Universitario, de Bahía Blanca; Club Rafaela de Rugby y varias banderas de Tucumán. Todo esto, aderezado con el infaltable merchandising en dos versiones: a precios populares en las afueras del estadio y, en cambio, bastante más oneroso en los stands oficiales.

Y así se fueron completando las butacas del Monumental. No estuvo repleto, es cierto, pero sí en modo suficiente para que el panorama en la cancha se tiñiera de albiceleste. Tan sólo había en el estadio un punto negro : un puñado de hinchas neozelandeses. Eran no más de diez empresarios de esa nacionalidad, residentes en Brasil, que buscaban reencontrarse con el mejor rugby de su país.

El kick off encontró a las 60.000 personas plenas de expectación e ilusión. El recibimiento fue típicamente futbolero , con globos y petardos, buscando hacer sentir la localía. Y las sensaciones cambiaron al ritmo del partido. Los cánticos crecían y el público estallaba cada vez que los argentinos acorralaban a los All Blacks y, en cambio, el estadio enmudecía cuando la guinda estaba en poder de Jonah Lomu.

Explotó el estadio con el primer try de Arbizu, tras la falla de Robinson. Y la Argentina, que dominó en esos minutos en que se puso adelante, sintió más que nunca el apoyo de la gente. El silencio se hizo dueño, empero, cuando Agustín Pichot salió por diez minutos por pegar un cabezazo. Y, para colmo, enseguida llegó la conquista de Lomu.

Los sentimientos iban en constante cambio, pero el final de esa primera etapa encontraron satisfacción y tranquilidad, porque los Pumas se fueron al descanso arriba en el marcador por 10 a 8. Y el público aprovechó para decir presente con más cánticos y apoyo.

El clima del estadio, en la segunda parte, fue bien arriba, bien caliente, durante los cuarenta minutos. Ya no importaba el tanteador: la actitud de los Pumas se veía en la cancha y se sentía en el ambiente. Y mucho más cuando los minutos pasaban y el equipo argentino seguía arriba. La gloria ya se podía oler y percibir. La hazaña estaba en manos argentinas. O al menos eso parecía, porque llegó el try de Robertson y la alegría se tornó decepción y desazón. Hubo, tras el final, apoyo para los quince guerreros, pero la sensación era de vacío, por lo que se tuvo y se dejó escapar.

Maradona, en un palco

Agustín Pichot se lo pidió y él accedió: Diego Maradona vivió el partido de los Pumas en un palco en la platea San Martín del Monumental. Como si estuviera en su lugar de privilegio en la Bombonera, gritando los goles de Juan Román Riquelme, El 10 -con la camiseta oficial de los Pumas- vivió con todo cada try de los argentinos y cada tackle del Yankee Martin. Cerca de ahí se encontraban Ramón Díaz y el plantel de River, para hacer amena la concentración para el match de hoy ante Racing. Otros famosos que también asistieron fueron Julián Weich; el campeón de TC 2000, Gabriel Ponce de León; el actor Gabriel Goity y los polistas Gonzalo Pieres y Eduardo Novillo Astrada, entre otros.

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