Guido Petti y Tomás Lavanini, dos chicos que juegan como grandes

Crédito: Anibal Greco
Tienen 20 y 22 años, respectivamente, y son el reflejo de la renovación de Los Pumas, que quieren reescribir la historia en las semifinales de este domingo ante Australia
Jorge Búsico
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24 de octubre de 2015  • 20:19

LONDRES.- En la segunda línea de los Pumas, la que integran Tomás Lavanini y Guido Petti , está reflejado, quizá mejor que en cualquier otro lugar, lo que ha significado todo este nuevo proceso en el seleccionado argentino. Tienen 22 y 20 años, respectivamente, casi no jugaron en la Primera de sus clubes y en su primera Copa del Mundo lograron lo que otras glorias nunca alcanzaron con la celeste y blanca. Son parte de un standart que en la historia podría llevar el título de La Superación. Representan, definitivamente, el modelo del futuro.

Lavanini y Petti fueron compañeros en los Pumitas y ya tienen en su mochila triunfos con los Pumas ante Sudáfrica, Francia, Irlanda e Italia, todos fuera de casa. En un puñado de partidos. Petti, por ejemplo, debutó en noviembre del año pasado con Italia, en Verona. Y en su debut en una Copa del Mundo le marcó un try a los All Blacks, en Wembley. Lavanini, en tanto, destruye a tackles a cuanto rival se le pone en el camino. Ese tackle que tala y lo clava de cabeza en el piso a un segunda línea irlandés en el último minuto del encuentro del domingo pasado significa mucho más que la viralización que alcanzó en YouTube. Los dos juegan como expertos. No les pesa nada.

Lavanini, por su locura, recuerda a otros emblemáticos segundas líneas, como Eliseo Branca, José Javier Fernández y Patricio Albacete. A Petti, que es más bajo (2.01 contra 1.94) se lo ve menos, pero sabe hacer el trabajo sucio que se necesita para el puesto y el empuje en el scrum. Están tan asentados que el seleccionado argentino tiene segunda línea al menos por dos Mundiales más. Porque, además, representan la otra parte del nuevo modelo: están contratados por la UAR y jugarán también el Súper Rugby desde el año que viene.

Son historias distintas las de ambos. Lavanini no tiene antecedentes familiares en el rugby. Su padre jugaba al fútbol. En San Miguel, en el ascenso del fútbol argentino. Por amigos y por el colegio llegó primero a otro club de la zona, Los Cedros, pero más tarde viajó por la ruta 202 rumbo a Don Torcuato, para instalarse en Hindú.

"No era muy fanático del rugby de chico. Me gustaba, pero no miraba ningún partido por televisión. A veces a los Pumas. Mi enfermedad y la locura por jugar la adquirí en Hindú, porque ahí el rugby se vive con enfermedad y locura. A mi me entrenaron en juveniles Nico (Nicolás Fernández Miranda), Manasa (Juan Fernández Miranda), el Ruso (Lucas Ostiglia) y muchos otros jugadores de la Primera. Pero además los escuchaba en el bar hablar de rugby y no te queda otra que ser un loco de esto", cuenta Lavanini, apodado Lengua por sus compañeros.

La de Petti tiene mucho más que ver con las costumbres del rugby argentino. Con el ir pasando la posta de generación a generación. La del ADN. Su padre, Roberto, El Pájaro, jugó varios años en la Primera del SIC y ganó, además, varios campeonatos. También segunda línea. Ahora, Guido usa casco, pero cuando jugaba con vincha era una copia de su padre. Por supuesto, empezó a agarrar una pelota ovalada en el SIC casi cuando comenzó a caminar.

"Viví el rugby desde muy chico. En mi casa era tema de todos los días. Y escuchaba a mi padre y a los que jugaban con él. Yo siempre quise jugar y ser como Brian Anthony. Él era mi modelo a seguir", recuerda Petti. Anthony también fue segunda línea y compañero del padre de Guido.

Lavanini no tiene recuerdos frescos del Mundial de 2007. Recién se empezaba a enganchar en serio con el rugby. Pero miraba con admiración a esos jugadores que lograron el Bronce. Petti, en cambio, tiene vivencias concretas. Con su padre (dueño de una conocida agencia de viajes) estuvo en ese torneo. Fue al partido inaugural y guarda entre sus más preciados recuerdos una foto junto a Juan Martín Hernández, a quien hoy tiene de compañero en la semifinal. "Nunca me lo llegué a imaginar", agrega. Y afirma que ahora el mismo Hernández y Juan Fernández Lobbe son los que más les hablan y tranquilizan en estos momentos de ansiedad por una gloria que está muy cerca.

"Trato de no imaginarme todo lo que logramos, porque sino me pongo muy nervioso. A veces se me pasa por la cabeza, pero trato de sacármelo de encima rápidamente. ¿Cómo? Hablo con los fisios, juego a las cartas, escucho música. Lo mismo antes de los partidos. El Cheto (por Santamarina, uno de los managers) siempre me habla en el vestuario para que no me pase de rosca, que juegue tranquilo", cuenta Lavanini, quien mejoró en los últimos problemas la disciplina y bajó la cantidad de penales. Es uno de los que trabaja en ese aspecto con Germán Fernández, entrenador de destrezas.

Todavía tienen cosas de chicos, que lo son. Como llegadas tarde. La máxima la tuvo Lavanini. En su primera gira con los Pumas, en noviembre de 2013, no estuvo en el momento que se dio el equipo para enfrentar a Gales. Se quedó haciendo otra cosa. Aprendió la lección. Hoy es el primero en llegar a todos los entrenamientos. ¿Son chicos? Juegan como grandes. Y para ellos, esto recién empieza. Vaya manera.

gs

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