Correr desnudo

Crédito: Cristian Schualle
Crónica de un atleta amateur con pretensiones que, luego de casi 1400 km de entrenamiento, buscaba mejorar su marca en los 5000 metros; qué siente y qué piensa al momento de dar 12 vueltas y media en la pista del CeNARD
Ezequiel Brahim
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1 de septiembre de 2015  • 12:28

Competir en una pista de atletismo, es desnudarse frente al espejo: sólo tu realidad y vos. No hay cuestas que cansen, aglomeración en la largada que frene, retomes a cero que saquen de ritmo, adoquines donde patinarse o parciales mal medidos. Es un óvalo, un reloj y tu cuerpo.

En la pista, lo que se conoce como carreras de fondo, o resistencia, comprenden 3000, 5000 y 10.000 metros. Tanto en los Juegos Olímpicos y Panamericanos, o en los Mundiales de Atletismo, la distancia de 3000 metros es con obstáculos y los 5 y 10.000 metros, llanos. Pero fuera de estas grandes competencias, es muy común que los 3000 metros también sean llanos. Para los fondistas, esas son las tres opciones Ahora bien, ¿cuál es la mejor?

Los 3000 metros llanos suelen quedar cortos para el fondista, quien a veces también compite en maratón o media maratón. Además, en esa distancia también corren atletas habituados a 800 y 1500 (denominados medio fondistas). Los fondistas llevan las de perder en las definiciones ajustadas frente a los medio fondistas. En el otro extremo, los 10.000 metros, necesitan una gran energía mental. La pista tiene 400 metros, es decir, son 25 vueltas al mismo circuito, una prueba de fuego para la concentración y el cuerpo padece varios días el esfuerzo. Además, en esa distancia se depende del clima para lograr buenos resultados, y no todos los días brilla el sol. Los 5000 metros en cambio, no son tan cortos como para necesitar un gran sprint, ni tan largos como rezar por un buen día. Doce vueltas y media, mentalmente es más accesible y permiten una recuperación rápida luego de la carrera. Para muchos, es la joya del fondista.

Brahim, al frente del pelótón que arribó detrás de Luis Molina
Brahim, al frente del pelótón que arribó detrás de Luis Molina Crédito: Cristian Schualle

Y esa perla del atletismo, brilló este sábado en la pista más importante de Argentina, la principal del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD). Dentro del torneo organizado por la Federación Atlética Metropolitana, se disputaban los 5000 metros. La convocatoria, fue récord, casi 600 participaciones, cuando lo usual es poco más de 300. Todo el mundo quería correr. Y yo también.

Después de tres meses de preparación, y casi 1400 kilómetros de entrenamiento, llegaba a mi primera carrera de la temporada en pista. Corro hace algo menos de cinco años. Es poco. Como tantos, empecé para bajar la panza. Como muchos, luego de bajar la panza; no paré de correr. Al año y pico, descubrí la pista y me flechó. Ya llevo doce carreras de 10.000 metros (incluidos dos campeonatos nacionales), tres de 3000 y estaba por largar mi octava competencia en 5000 metros. ¿Por qué? ¿Para qué? Simplemente para saber qué había construido en los últimos tres meses, para bajar mi marca de 15’09" y por sobre todo, para saber donde estaba parado: para verme desnudo.

El viento apenas ondeaba la bandera Argentina situada al medio de la recta principal, justo en frente de la tribuna mayor. El sol se apoyaba en las azoteas que flanquean la avenida Del Libertador. La primavera mandaba un saludo, recordando que en tres semanas haría su arribo al hemisferio sur. En la pista, 20 atletas nos apretábamos tras la línea de largada. No importa cuántos inscriptos haya, nunca largan más de 20 juntos, a fin de que compitan con comodidad. Se realizan varias carreras, denominadas series, en las cuales se agrupan los atletas por marcas similares. Yo estaba en la primer serie, la más rápida, el último en entrar, el registro más lento del grupo, tenía una marca de menos de 17 minutos para la distancia. Prometía un lindo espectáculo.

Sonó el disparo y así salimos, nosotros también, disparados. Luis Molina, Campeón Nacional de 10.000 metros en 2014, reciente tercer puesto en el Campeonato Nacional de Cross y dueño de una marca de 14m21s, demostró, desde el primer paso, que está un escalón por encima de todos nosotros y salió fuerte a buscar su marca. El resto de los mortales, todos con marcas arriba de los 15 minutos, quedamos con el segundo puesto como la mejor opción de la tarde, y por él salimos a luchar.

Crédito: Nancy Gacitua

El primero en tomar las riendas del pelotón fue Félix Sánchez, flamante Campeón Metropolitano de Cross Country. Atrás suyo nos fuimos acomodando. Al tener dos curvas cada 400 metros, no se suelen hacer pelotones muy anchos, nadie quiere correr por el lado externo de la curva y se termina formando una larga fila india. Yo intentaba mantenerme cerca de la cabeza de esa serpiente de atletas que giraba loca, como queriendo comerse la cola. Hasta que al llegar a los 2000 metros, tuve una corazonada: tenía que comandar al reptil. Con Félix llevamos demasiadas carreras codo a codo: nos conocemos de memoria. Le grité que pasaba a tirar del pelotón y entendió enseguida. En la próxima, vuelta él me pasó. Así, giro tras giro la fila cambiaba de líder, entre los dos luchábamos por mantener el ritmo y lograr desmembrar la serpiente. Que el cuerpo se desprenda de la cabeza y alejarnos del grueso de los atletas que nos perseguían. Mientras, otra carrera iba por dentro, sin mirar mucho el reloj, sentía que a mi cuerpo le faltaba soltura, se empezaban a caer las ropas, la marca se iba lejos y yo no podía responder. Me empezaba a quedar desnudo.

En las últimas cuatro vueltas, quedamos cuatro atletas. Iván Gutiérrez, había logrado mantener el ritmo pegado a nuestras espaldas, Cristian Urtasún, con quien hemos definido muchas carreras y dueño de un registro de 15’10" logrado este año, también venía prendido, y faltando poco menos de tres vueltas, salió él a marcar el ritmo. La carrera llegaba a ese punto en que un pequeño empuje define todo. Novecientos metros para terminar, Félix y Cristian me abrieron una luz, se alejaron unos metros, y desnudaron mi debilidad. Aún faltaba para el sprint final, sé que, de nosotros tres, uno iba a quedar afuera del podio, debería guardarme algo de energía, pero no era el momento de ser conservador. Puse lo que me quedaba para mantenerme conectado. Pasamos por la recta principal por anteúltima vez, el público se volcó todo sobre la baranda y el griterío se hizo más fuerte. En la pista no se escucha nada, pero eso igual empuja.

Setecientos metros hasta la línea de llegada y Sánchez recuperó la punta. El instinto de supervivencia me llevó a seguir tras de él, y a pasar también a Urtasun. La gente enloqueció con los cambios de puestos. Estábamos lanzados a un ritmo de menos de tres minutos por kilómetro. Sonó la campana: eran los 400 metros finales. Félix tiene un gran sprint final, ya lo he padecido otras veces, por lo que a menos de 300 metros, tomando la recta opuesta, decido pasarlo. "Si tengo alguna chance es ahora", pensé. Dejé todo en esos metros, desnudé mis reservas. Pero él contraatacó, y antes de finalizar la recta me volvió a pasar y tomó primero la última curva. "Al menos de algo me ha servido la apuesta", cavilé, "lo dejamos atrás a Cristian".

La curva es amplia para correr, no frena la velocidad, pero, cuando vas al límite, es difícil pasar por afuera. Intenté ir pegado, si hay una oportunidad en la recta final, debía estar ahí para aprovecharla. Todos los gritos, todos los aplausos, todos los alientos se volcaron en esos últimos metros. Luis Molina ya ganó la carrera sin sorpresas, pero la batalla estaba acá, en nuestro pelotón, en la última recta. Intenté el último cambio, pero Félix era implacable. Me dejó mirando desde atrás, solo, rodeado de tanta gente.

Crucé la línea en tercera ubicación, último escalón del podio, parando el reloj en 15’26". Y volví a la realidad: eso es la pista. Veinte segundos por arriba de mis expectativas, un abismo. No hay atenuantes, no hay excusas, no hay culpables. Lo hice yo solo. De nada sirvió el podio, las felicitaciones de los que llegaron atrás, el aplauso de la gente que disfrutó el espectáculo. La pista te pone solo frente al espejo, te muestra dónde estás parado. No importa que tan mal te veas, o cuanto éxito muestres; cuando terminás, querés volver. Para mostrarte una mejor versión tuya, sin vueltas, otra vez, al desnudo.

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