Ganar triste

Crédito: FAM
El sábado pasado, la pista principal del Cenard recibió el certamen “Arnoldo Barreiro”, a cargo de Federación Atlética Metropolitana, que contó con la presencia de más de 350 competidores; aquí una crónica de Ezequiel Brahim, quien se impuso en los 5000 metros
Ezequiel Brahim
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21 de octubre de 2015  • 09:49

Tirado en el piso, apenas puedo respirar. Mi pecho y mi abdomen suben y bajan al compás, siento como empujan mi espalda contra la superficie de goma de la pista. Apenas puedo respirar. El cansancio me inmoviliza, nunca me había sentido así al terminar una competencia. Tengo que esforzarme para girar mi cuerpo, tumbarlo de costado y apoyar la cara sobre mi brazo para inhalar mejor. Así, de a poco, mis pulmones reviven. Me veo en una posición ridícula, pero no puedo pararme. Derrumbado sobre la pista principal del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD), mis ojos sólo ven el suelo, recién terminamos de correr la serie más rápida, acabo de ganar la carrera, y estoy triste.

Todo empezó hace veinte semanas, Junio no se decidía a mostrar el invierno y yo asomaba mis primeros trotes de pretemporada. Corrí más de dos mil kilómetros para llegar al lugar justo, donde mi cuerpo sintiera que estaba listo: para correr 5.000 metros en menos de 15 minutos.

¿Por qué ese número arbitrario? ¿Qué significa un cuarto de hora?

Los números redondos para los corredores, son como los juguetes para los bebes: queremos romperlos. Hay quienes anhelan romper la barrera de las 3 horas en la maratón. Otros sueñan con bajar los 40 minutos en los 10 kilómetros. Yo entrenaba para quebrar los 15 minutos en los 5.000 metros. Sonaba hermoso, no sólo dejaba atrás el 15, sino que corría debajo de 3’00"/km, otro precioso número redondo.

La marca era más que un juego numérico. Valía la clasificación al Campeonato Nacional de Atletismo en los 5.000 metros, una competencia que nunca había alcanzado. Sería un cierre de año perfecto, a principios de Diciembre, en la pista de Mar del Plata. La sal de mar sazonando en el aire y el sol dorando el orgullo de competir junto a lo mejor del país. Así me lo imaginaba.

Pero ahora no había sonido de mar, sino ruido de gran ciudad. El CeNARD, en el corazón de Nuñez, se inunda con el ronquido de Avenida del Libertador, pinchado por los disparos del Tiro Federal. Pero con los pies rozando la línea de largada, las piernas tensas y los oídos alertas, nosotros queríamos escuchar un solo disparo, el del juez, dando inicio a las doce vueltas y media sobre el tartán. Dieciocho atletas hombro con hombro flanqueando la línea de salida, las dieciocho mejores marcas inscriptas en esa jornada formábamos la primera, de las cinco series de la tarde. El sonido traspasó cada tímpano de un extremo al otro de la línea y las piernas respondieron al unísono.

Los códigos de la pista son claros: Cuando no sos mi rival, te ayudo

Fabian Manrique es uno de los grandes protagonistas en los torneos de la Federación Atlética Metropolitana (FAM). Hemos sido rivales muchas veces. La mayoría de la ocasiones, me ha mostrado cual letal puede ser en la recta final y he cruzado la llegada mirando su espalda; alguna vez, pude revertir la tendencia.

Crédito: FAM

Tantas luchas pecho a pecho han llevado, primero al respeto y luego a la amistad deportiva. Cuando se enteró que quería atacar los 15 minutos me dijo: "Te voy a ayudar todo lo que pueda". Haría el sacrificio. Cumpliría el papel de "liebre", un atleta que generalmente no termina la carrera, corre una distancia menor, a un ritmo establecido y constante, para ayudar a otros. Su deber era llevarme a cruzar los 3.000 metros en 9 minutos exactos.

Rodrigo Biedma, medalla de bronce nacional en los 1.500m, tiene una estrategia muy clara al subirse a la pista "Yo voy a correr todo lo más fuerte que pueda", nos dijo en la entrada en calor, y corrió delante de Fabian gran parte de esos tres mil metros. Yo refugiaba mis zancadas detrás los dos. Con cinco vueltas para terminar la carrera, pasé al frente dispuesto a matar los 15 minutos. Las sombras que veía de reojo empezaron a retrasarse, iba poco a poco ganando la carrera, pero el reloj me ganaba a mí.

Cada vuelta sufría "¡Mové las piernas más rápido!" me gritaba en silencio, sabía que estaba perdiendo la batalla contra el tiempo. Estaba a poco de lograr lo que soñaba, pero los segundos se me escabullían entre las piernas. La marca se me escapaba y yo me sentía más triste.

Alegrías indiferentes

Crucé primero la línea de llegada, clavé el cronómetro en 15’06,53" y bajé mi mejor marca dos segundos y medio. Había ganado pero sabía que había perdido. No había podido romper los 15 minutos, un cuarto de hora había sido más fuerte que yo. Lo peor era la sensación de que sucedían situaciones estupendas, que no sabría cuando se repetirían: segunda victoria consecutiva el CeNARD, mejorar mi marca, pero no podía disfrutar. Esas alegrías pasaban por delante sin mirarme, indiferentes, yo forzaba una sonrisa para que volvieran y me abrazaran, pero no me creían.

Crédito: FAM

Lamentar un triunfo es muy arriesgado, me expone a fallar escribiendo mis emociones, ser mal interpretado como soberbio, pero me tranquiliza ser sincero. El atletismo me ha dado felicidades, pero también ha desnudado a mis temores.

Correr nos puede hacer ver muy dentro de nosotros. La vida no siempre es tan feliz como se ve en la foto de un podio o en un muro de facebook. La realidad es tan extraña como la loca alegría de trotar solo bajo la lluvia, o el abismo incierto de enfrentar nuestros miedos. En nuestros pasos se alternan euforia y dolor. El alma humana es más compleja que un número en un reloj, y hoy siento que gané triste.

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