Los códigos de la pista, una enseñanza para toda la vida

Crédito: Prensa FAM
Sensaciones y sentimientos de un atleta amateur que se cuela entre la elite; el sábado disputó los 3000 metros en el Torneo Primavera que se desarrolló por la Federación Atlética Metropolitana en el Cenard
Ezequiel Brahim
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22 de septiembre de 2015  • 21:36

Me despierta el teléfono. Un par de segundos después recuerdo donde estoy, en la combi que me lleva a Capital, mañana tengo una carrera. Entredormido veo el nombre en la pantalla: Félix Sánchez. Casi doce de la noche ¿Qué quiere a esta hora? Le contesto con un mensaje y vuelvo a mi sueño.

Antes de llegar al departamento devuelvo el llamado. No me sorprende con nada nuevo, sólo quiere asegurarse de que mañana corramos juntos en la pista. En realidad juntos corremos siempre, tenemos marcas muy similares. Pero la propuesta es que intercalemos, una vuelta cada uno, el liderazgo de la carrera. Mañana largaremos, una vez más, en la pista principal del país, en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard). Ambos hemos ganados varias competencias en ese escenario, y en casi todas las victorias, el otro ha visto la derrota. ¿Qué lleva a un atleta a llamar a medianoche, a su rival directo, para asegurarse que no falte a la cita? Los códigos de la pista.

La pista de atletismo es un lugar especial: para algunos mítico, para otros aburrido, para varios atemorizante; pero para nadie indiferente. Dentro de ese ovalo de 400 metros se disputan todas las competencias atléticas, entre los 100 y los 10.000 metros. Desde un campeonato provincial a un Juego Olímpico, el atletismo federado surca ese camino. Pero a pesar de ser el escenario donde se forjan las grandes hazañas, donde las glorias olímpicas labran sus medallas y las mejores marcas del globo pueden perder su estatus en una carrera decisiva. Para los amateurs que amamos la pista y su espíritu, es el mejor lugar para perder. Porque el código de la pista no valora el puesto, sino el tiempo.

El puesto desconoce el desempeño atlético del clasificado, sólo lo relaciona con respecto a los otros corredores. No se puede controlar el ritmo de los otros, sólo el propio. Eso mide el tiempo, y eso es lo que vale en la pista. Por eso se busca perder, pero por muy poco, para que el cuerpo y, sobretodo, la mente, se exijan al límite. O en el escenario ideal, ganar por fotofinish.

Las carreras de fondo (3.000 a 10.000 metros), nunca tienen más de veinte atletas. De esta forma se corre con comodidad. Si el número de inscriptos es mayor, como casi siempre sucede, se organizan lo que se denomina "series". Este sábado la distancia era 3.000 metros, al inscribirnos declaramos nuestro mejor tiempo en la distancia y en base a ese tiempo organizan las series. En la primera fuimos los 20 tiempos más rápidos, en la segunda la siguiente tanda, y así, hasta completar, este fin de semana por ejemplo, cinco series de hombres y dos de mujeres. El tiempo declarado es nuestra "tarjeta de presentación", nadie va a corroborar si lo que se declara es verdad, porque, código de la pista, a nadie se le ocurriría mentir: las mentiras tienen patas cortas, la pista las revela.

Crédito: Gentileza Sergio Espinola

De esa forma, cada cual corre en el grupo acorde a su nivel, encontrando los rivales que mejor exploten su potencial. Por eso Félix me llamó a media noche, porque buscaba a alguien que lo exija al máximo.

¿Pero quién es José Félix Sánchez? Sin duda no pasa desapercibido en el mundo del running, con una marca de 1 hora 9 minutos, cerró el top-12 en la última media maratón de Buenos Aires. Ha ganado infinidad de carreras en las calles de toda la provincia y ha competido en casi todo el país, pero su habitad en la pista. Atleta de FCMax, uno de los principales clubes de la Federación Atlética Metropolitana, se mide en todas las distancias de pista entre los 800 y los 10.000 metros, incluidos los 3.000 metros con obstáculos. Casi no hay fin de semana que no lo encuentre en la pista. No le importa que el jueves haya tenido que trabajar once horas como pintor, para poder descansar un poco el viernes y llegar al sábado en condiciones. Entiende que tiene que subir al ovalo de la mejor manera posible, ahí no alcanza con llegar o largar para divertirse. Los códigos de la pista exigen lo mejor del atleta, ese día y en ese momento, sin excusas.

Por eso me llamó. Por el mismo motivo yo le había escrito un mes atrás para que fuera a los 5.000 metros, para que me mostrara mi realidad. Y ninguno defraudo al otro. Él me desnudó en los cinco mil, y yo le di lo que buscaba este sábado. Pero esa historia aún no la conté, y empezó con un invitado sorpresa.

Félix ya estaba conforme con los dos rivales que había conseguido, no sólo estaba yo, sino también Alan Niestroj, dos veces campeón nacional en 3.000 metros, hoy ya categoría sub-23. Pero minutos antes de largar, cuando, acorde a los códigos de la pista, se intercambian las últimas charlas sobre el ritmo al que partirá cada uno, se suma a la conversación Nicolás Melgarejo, y no sólo con palabras. Nico, con 25 años, es una joven promesa que ya se está materializando, forma parte de las filas de "Los Ñandues", la historia agrupación atlética donde corrió Antonio Silio, el más grande fondista argentino. Melgarejo afirmó que estaba preparado para salir correr a nuestro ritmo: 2’55" por kilómetro, o como se dice en la pista, 1’10" por vuelta. No le tembló el pulso para liderar el pelotón en la salida, y nosotros, respetando los códigos, lo dejamos hacer. Ya entrando en la segunda vuelta Nico se corre a un costado y le deja el paso al siguiente relevo: Félix pasa a dominar la cabeza de la serpiente de atletas que se va enroscando en la pista. Sánchez respeta el código y se abre en el siguiente giro para que Niestroj tome el control. Casi llegamos a la mitad de la carrera y se hace sentir la intensidad del ritmo, esa vuelta es más lenta de lo planeado y el reloj nos empieza a dejar atrás; en ese momento crítico llega mi turno.

No importa si al final voy a pagar el esfuerzo o si sería más sano quedarme atrás, es parte del código, debo poner el pelotón otra vez en ritmo, como sea: aprieto los dientes y estiro la fila al máximo. Nico muestra una actitud que ya no es de promesa si no de veterano y sale por su segundo relevo. Continuando con la secuencia, en la siguiente vuelta reaparece Sánchez. El griterío del público acompaña la lucha, queda sólo un kilómetro y el pelotón sigue rápido y compacto. Mi cuerpo empieza a sentir el rigor del grupo y ve muy complicado llegar al final junto con la punta. Pero faltando 800 metros un ataque sorpresa me despierta de mis cavilaciones. Fausto Alonso, con apenas 19 años, sale a correr como si todos estuviésemos paseando y él recién se despertara de la siesta. No estamos habituados a verlo en punta y la manada se altera.

La campana suena fuerte, es el aviso de que entramos en la última vuelta. Sólo 400 metros para mostrar las cartas de este quinteto de poker. La primera curva es viento en contra, todos preparan su posición para el ataque. Entramos en la anteúltima recta, conocida como "recta opuesta", y aquí me encuentro con la tercera sorpresa de la tarde.

Me lanzo decidido, sé que si tengo una chance es acá, faltando 300 metros y no en los pasos finales. Y me encuentro mucho mejor de lo que esperaba, de golpe se despeja el pelotón, quedo liderando, se "abre" toda la recta para mí y lo veo claro: es ahora o nunca.

Corro como si se me escapara el último tren, si quiero ganar tengo que abrir una brecha que no deje dudas. Me siento suelto al entrar en la última curva, pero no sería la primera vez que me confío y termino mirando una espalda. No volteo jamás la cabeza, sólo agudizo el oído para intentar percibir que tan acechado voy. La recta principal aparece ante mí y sé que tengo que dejar todo para sobrevivir. Los códigos de la pista son claros: no importan que tan amigo sea, no importa si te llamó la noche anterior, no importa quien ayudó más en la carrera: en el sprint final, el que puede matar, mata.

Sé que el público grita y los parlantes suenan, pero el esfuerzo me tapa los oídos. Por instinto lanzo mi cuerpo sobre la línea de llegada para robar las últimas centésimas. Un aluvión de cansancio y felicidad invade mi cuerpo. Descubro en el reloj la mejor marca de mi vida en la distancia y la euforia corre a gritos por mi garganta. Al darme vuelta el quinteto ya rompió la llegada. En menos de cinco segundos cruzamos todos la misma línea. Fausto y Alan, en ese orden definieron el podio por sólo ¡Cinco centésimas! Si: 0,05 segundos. Luego cerraron, con medio segundo entre ellos, Félix y Nico. Los códigos vuelven a mandar, los mismo que hasta hace instantes nos queríamos ganar, nos abrazamos y, más allá de las heridas, nos felicitamos por la batalla.

La guerra no termina, las siguientes series pueblan la soleada tarde del CeNARD y los combates se continúan. Los rivales logran explotar lo mejor de cada uno y los guerreros del atletismo luchan contra la última barrera, sus propios límites. Nadie teme al enfrentamiento, saben que dentro de la batalla se respetan unas reglas silenciosas y ancestrales: los códigos de la pista.

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