Runner Fest, un espacio para correr como un nene

Ezequiel Brahim relata qué siente y qué le pasa en una carrera distinta en la que lo más importante es colaborar y regalar una sonrisa a los más chicos
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11 de agosto de 2015  • 13:36

No son veloces. No tienen buena técnica. No son resistentes. Pero pocos logran, en forma tan pura, lo que logran al correr los nenes. Desde el jardín de infantes, ya queda claro, que los más chicos aprenden de los adultos. Lo mismo se repite, a lo largo de la vida, en décadas de enseñanza. Ahora ya somos grandes, aprendimos muchas cosas. Pero quizás deberíamos mirar para abajo y aprender algo más, de los más chicos. Aprender a correr para divertirse.

El sábado fui a la RunnerFest, una carrera que busca, entre otras cosas, eso: divertirse corriendo. Antes de la prueba principal de 7 km, se largó una competencia para chicos de un kilómetro. Al lado de los lagos de Palermo, la humedad era tal que algunos peces salían a pasear por la costa. Ningún nene se quejó del clima. El circuito no tenía exactamente mil metros. Ningún nene se quejó de la medición. Muchos no pudieron, por motivos diversos, entrenar correctamente la semana previa. Ningún nene se quejó de la marca. Pero todos, absolutamente todos, se divirtieron corriendo.

Yo, ya pasado del límite de edad para la competencia de 1 km, largué en la de 7 km. Necesitaba poner las piernas en exigencia de carrera, y la distancia y la fecha me quedaban bien. Ya había corrido en la primera edición, a finales del 2012, y sabía que era una ocasión para pasarla bien, muy bien. El estilo descontracturado me quedaba justo, para una prueba que era parte de mi preparación en vista a los 5.000 metros del 29 de Agosto. Así que invité a un par de amigos, a mi novia, y todos juntos fuimos a buscar algo más que un tiempo.

Ezequiel Brahim intenta seguir el paso de Luis Molina
Ezequiel Brahim intenta seguir el paso de Luis Molina

En la línea de largada nos conocemos mucho. Al vernos las caras empezamos a proyectar la carrear antes de largar. En primera fila estábamos: Luis Molina, campeón nacional, y gran favorito, Julio Portillo, con un nivel parejo al mío, Marcos Billen y Eusebio Moyano, experimentados corredores de calle, que sin duda atacarían de entrada, y yo, a punto de largar mi segunda carrera de la temporada. Sabiendo de cada uno, imaginé el siguiente escenario: Marcos y Eusebio saldrían muy rápido, Luis lo seguiría sin gran esfuerzo, yo prefería vigilar de cerca y ver quien sufría más el esfuerzo inicial, para poder atacar arriba, y Julio no me iba a perder pisada, pero me tenía fe. Esa fue la teoría, otra fue la práctica.

Al principio la historia se desarrolló como lo imaginaba, Billen, Moyano y Molina, en un pelotón compacto y fuerte adelante; Portillo codo a codo conmigo. Pero los kilómetros empezaron a pasar y la historia no avanzaba. Al menos no como la tenía en mi cabeza. El pelotón de punta se alejaba cada vez más, y Julio no me perdía pisada. Pasado el cuarto parcial, con los tres de punta bastante lejos, intenté, al menos, asegurarme el cuarto puesto, y quedar listo por si alguien aflojaba arriba para poder subir al podio. Logré una pequeña brecha con Julio, recordé que hacía casi un año, en la misma distancia, yo había podido ganar con holgura y él llegó segundo. Pero parece que él no recordó lo mismo, y la siguió peleando. Antes del kilómetro cinco me había conectado nuevamente y no mucho más tarde el que buscó abrirse fue él. Y lo logró.

Crucé la línea quinto, lejos del segundo puesto que había logrado en el 2012. Adelante habían llegado, Luis Molina, Eusebio Moyano y Marcos Billen, y Julio Portillo, en ese orden. Compartí la punta con atletas a los que admiro, respeto y valoro como compañeros. Esperé en el arco de llegada a que arribaran los amigos que me habían acompañado. Ellos mejoraron las expectativas que tenían, consiguieron victorias que yo no pude.

Mi hermano alentó en el público, y luego de la carrera me acompañó a aflojar las piernas al trote. Mientras le contaba la historia de esos 7 kilómetros, veía otro de los logros de la carrera. Se habían juntado los miles de juguetes, que la gente donó. Pensé en todas las sonrisas que esos juguetes lograrían. En lo personal, es cierto que no llegué al podio. Y que no me gusta perder. Pero me saqué treinta años de encima, y volví a correr para divertirme, como un nene que juega al policía y al ladrón. Y esa fue mi victoria. Ahora yo también quería mi juguete.

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