San Lorenzo no sale de su laberinto y va a terminar último: las razones de la crisis

Fuente: FotoBAIRES
Ariel Ruya
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23 de marzo de 2019  • 22:57

Vive San Lorenzo debajo de una tormenta. En los escritorios, en el campo de juego. Impensada años atrás, cuando las aventuras solían acabar en lunas y soles. Es, tal vez, un espacio, un tiempo de transición, aunque la exigencia de nuestro medio no permite historias a medias. Hay que ganar, golear, gustar y hacer las cuentas, aquí y allá. Último en la Superliga, con deudas en el juego y en las escrituras, se desvive por escaparle a los demonios. No se queda quieto, mucho menos sobre el césped, ensaya, busca, intenta. Se tropieza, se levanta y vuelve a empezar. Anoche, en Santa Fe, empató 1-1 con Colón. El resultado, en sí mismo, no parece malo. Pero lo es el contexto: va a terminar último en la Superliga.

El encuentro había sido postergado el 9 de febrero pasado, por la 18ª fecha del campeonato, debido a la descompostura que sufrió un grupo de jugadores de Colón. La Superliga ya no tiene cuentas pendientes: todos jugaron 23 encuentros, sólo les quedan dos casilleros para completar el mapa.

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El Ciclón suma apenas 15 puntos, ya que en las últimas horas se supo que sufrirá la quita de seis unidades al final del torneo y no podrá incorporar jugadores en el próximo mercado de pases, por incumplimiento en el pago de sueldos e irregularidades en declaraciones juradas, según determinó el Comité de Disciplina. El club apelará la sanción y Matías Lammens, el presidente -como siempre, en la cancha-, se mostró optimista para revertir la medida. San Lorenzo juega de atrás, es el canto de la reconstrucción.

El Ciclón arrancaría hoy en el 13° puesto de la tabla de promedios para la temporada próxima; tiene 65 puntos y 1.300

En Rosario, una semana atrás, San Lorenzo cortó una serie de 13 partidos domésticos sin ganar, con 7 empates y 6 derrotas. El impensado triunfo por 1 a 0, en Arroyito, transformó la escena. Recuperó el optimismo, que le sirvió para ganar, también, en la Copa Libertadores, con el mismo resultado frente a Junior. Apartado de la billetera de otros colosos, como River, Boca o Racing, Jorge Almirón ensaya con instrumentos de otra categoría, respaldado en la experiencia de Fabricio Coloccini (37 años), Román Martínez (35) y Nicolás Blandi (29), los estandartes de cada línea. Un pase en las alturas del zaguero para el delantero -con una clase que hizo recordar los viejos buenos tiempos de Juan Sebastián Verón- derivó en el 1-0, apenas comenzada la acción.

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Con el resultado a favor, el desarrollo a su disposición y el optimismo a carne viva, San Lorenzo debió elevar el marcador, pero no puede afirmarse, se contrae ante la primera tempestad. Es noble -su propuesta es audaz-, pero tímido y frágil de cuerpo y mente. Se le notan las costuras. La Pulga Rodríguez, en el final de la primera etapa, clavó el puñal.

Suele golpear sobre la mesa con energía Almirón: en casi todos los partidos, hay un cambio de nombre -o de posición- en el entretiempo. Entró Herrera, salió Salazar en el sector derecho. La estructura no se modificó: el Ciclón es una formación dispuesta a atacar, con sorpresas en el repertorio, pero el pesimismo lo vulnera. Le recorta las alas.

Si gana los dos partidos que le quedan, sólo podrá alcanzar a los dos San Martín y a Belgrano. No podrá superarlos, instalado en el túnel.

Por: Ariel Ruya

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