Son amores

Las adolescentes se enloquecen por los ídolos de la seleccion coreana; los alaridos de las chicas surgen al paso del goleador Ahn, del arquero Lee y hasta del maduro DT Hiddink
(0)
24 de junio de 2002  • 10:29

SEUL.– Faltan como dos horas para que los jugadores de la selección coreana dejen sus habitaciones del Renaissance Seoul Hotel, pero ellas pueden esperar ese tiempo y mucho más, también. Son poco más de las cinco de la tarde y la lluvia, aunque tenue, no se detiene. Unas cuatrocientas chicas se apretujan a lo largo del cerco que rodea la entrada del hotel, buscando la mejor posición para observarlo todo. Aquí no domina el rojo tan extendido de las remeras “Be the reds” que pululan por todo el país: la mayoría de ellas está con uniforme colegial. La ansiedad era demasiada como para pasar por casa antes de venir.

La escena, una postal de la fiebre que los futbolistas coreanos despertaron aquí entre las adolescentes, es una más entre las que se repitieron a lo largo de todo el país desde que el equipo comenzó a hilvanar impactos en serie en el Mundial.

Los paraguas se aprietan uno contra otro, pero a las que no lo trajeron no les importa mojarse con tal de ver desde cerca a alguno de sus héroes. El mero rumor de que el ómnibus está por arrancar dispara la excitación colectiva, los gritos y las lágrimas. La locura generalizada.

El despliegue de seguridad es impactante. Da la sensación de ser algo desmesurado: decenas de agentes –en algunos de ellos sorprende su aspecto juvenil, incluso de una edad no muy superior a la de unas cuantas de las fanáticas– tratan de mantener a raya a las chicas. De todos modos, no hay peligro: no parece que la situación vaya a descontrolarse.

Además de ese personal que trabaja en la vereda, estacionados en doble hilera hay ocho ómnibus cargados de policías, esperando el momento de la salida hacia el estadio para escoltar al plantel que irá a hacer la práctica oficial previa a la semifinal ante Alemania. Mientras esperan, hacen lo que todo el mundo parece hacer aquí cuando tiene que esperar: comer, sea la hora que fuere.

La mayoría de estas pequeñas –da la impresión de que tienen entre 12 y 18 años, aunque también se ven algunas no tan pequeñas, de más de 20, como quien mira al pasar– apenas si tiene idea de lo que es el fútbol. Incluso, unos pocos meses atrás muchas de ellas no conocían a ninguno de los jugadores. Pero la onda roja todo lo consigue, y ahora pueden señalar desde el número de calzado hasta el plato favorito de sus ídolos.

Las cámaras les apuntan, porque la curiosidad en este momento son ellas, no el equipo. Algunas advierten la credencial del cronista y quieren preguntarle algo. La comunicación es imposible; obviamente, lo hacen en coreano. El ómnibus que traslada a los jugadores es una secuela móvil del fanatismo: entre los cientos de graffiti que le fueron dejando las chicas parece vetusto, aunque esté lejos de serlo.

La mecha que empieza a hacer detonar la histeria colectiva se enciende cuando se observan movimientos de fotógrafos, de policías y de personal del hotel. Y el súmmum del éxtasis surge al aparecer los jugadores. En gratitud por tanta veneración, las niñas sólo reciben alguna que otra sonrisa y un saludito, nada más, pero la mayoría sube al ómnibus indiferente.

Pero.... ¿Quién hace subir el griterío al máximo volumen? ¿Ahn, el ídolo del gol decisivo ante Italia? ¿El arquero Lee, héroe en la definición por penales ante España? No. El objeto del afecto es... Guus Hiddink, el galán maduro de la legión de pequeñas adoradoras. Ropa deportiva azul, bermuda, mano derecha en el bolsillo, el director técnico holandés saluda y dedica un guiño a la masa femenina de donde surge el alarido mayor. Las chicas, enloquecidas, agitan los brazos, se ríen, lloran. Lloran y se ríen a la vez.

El vehículo parte y es un desbande general; en el estadio esperan otras mil doscientas adolescentes mezcladas con otras trescientas personas y las muestras de fanatismo se repiten. ¿Hasta cuándo durará todo esto? Parece que a ellas les importa poco si el equipo queda primero, segundo, tercero...

Un país sale a la calle

SEUL.– Todos los servicios de emergencia surcoreanos fueron puestos en estado de alerta para el partido de mañana por las semifinales de la Copa del Mundo entre Corea y Alemania, cuando la policía espera siete millones de personas en las calles.

Las autoridades indicaron que anteayer, en el encuentro de los cuartos de final que Corea del Sur le ganó a España en la definición por penales, cinco millones de personas se congregaron en plazas de todo el país frente a pantallas gigantes de televisión.

Para mañana ya se alistaron 5000 bomberos de cara al encuentro de este martes.

Según las estimaciones gubernamentales, habrá siete millones de personas en las calles para seguir las alternativas del cotejo ante Alemania, lo que significaría uno de cada siete coreanos.

  • En medio de semejante fervor, el presidente Kim Dae-Jung anunció que el fin de semana próximo realizará una visita de tres días a Japón y asistirá a la final del Mundial, que se disputará el domingo en Yokohama. También se indicó que el mandatario compartirá la platea con el emperador japonés Akihito y el primer ministro Junichiro Koisumi.
  • Mientras los coreanos sueñan con jugar la final, los “Red Devils” (los Diablos Rojos), el grupo de fanáticos del seleccionado local, anunciaron que tienen preparada la sorpresa de su vida para los alemanes. Así como presentaron un cartel que decía “Again 1966” (de nuevo 1966), frente a Italia, “Go Kor 16”, ante Estados Unidos y “Orgullo de Asia” contra España, para mañana habrá un mensaje “secreto”, que se develará en el partido.
  • ADEMÁS
    Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

    Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?